Capítulo 1
La capital amaneció con la quietud tensa de los días históricos. Alberto Vargas se ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo de su vestidor, escuchando el traqueteo de los carruajes sobre el empedrado de la calle. Era una mañana clara de 1840. Las campanas de la catedral llamaban a la primera misa y, en las plazas, las urnas de madera ya estaban listas para recibir la voluntad de la nación.
—Si aprietas más ese nudo, vas a llegar asfixiado al Congreso —dijo una voz suave a sus espaldas.
Elena estaba apoyada en el marco de la puerta. Llevaba un vestido oscuro de diario y sostenía en brazos a su hijo menor, mientras el mayor jugaba en la alfombra. Ella tenía esa mirada aguda que siempre lograba aterrizar a Vargas cuando su mente volaba demasiado alto.
—Es el día, Elena —respondió él, girándose con una sonrisa que intentaba ocultar su propio nerviosismo—. El norte habló entero. En Monterrey y Tampico las plazas estaban a reventar. El Presidente no puede ignorar esos números. Hoy vamos a recuperar el país con la ley en la mano.
Elena caminó hacia él y le acomodó el cuello de la levita. Su expresión era cautelosa, casi triste.
—El Presidente no llegó a esa silla para entregarla por unos pedazos de papel, Alberto. Ayer vi a la guardia patrullando cerca del mercado. No marchaban para cuidar las casillas; marchaban para vigilar a la gente. Ten cuidado.
—Las instituciones son más grandes que las ambiciones de un solo hombre —aseguró Vargas, besándole la frente—. Cuando termine el conteo esta noche, la legalidad tendrá que respaldarnos. Te lo prometo.
Se despidió de sus hijos guardando en la memoria el olor a jabón limpio de su casa, ajeno a que esa sería la última mañana en que saldría por esa puerta con el alma intacta.
Doce horas después, el optimismo de Vargas yacía muerto en un cenicero.
El despacho de don Manuel, el candidato de la oposición, olía a tabaco rancio y a encierro. Afuera, la noche había caído sobre la capital y, con ella, las cifras preliminares impuestas por el Ministerio de Gobernación. Vargas observaba fijamente las manecillas del reloj de pared, sintiendo que el pecho le ardía por la impotencia.
Frente a él, don Manuel, el viejo estadista que debía liderar el cambio, estaba hundido en un sillón de cuero. Tenía la mirada clavada en un vaso de licor.
—Se acabó, Alberto —murmuró el anciano, con la voz rasposa—. Las cifras oficiales ya están impresas y los gobernadores alineados. Noventa por ciento a favor de la reelección.
Vargas dio un paso al frente, apoyando las manos sobre el escritorio.
—Es un fraude absurdo, don Manuel. Todos en el Congreso lo saben. Usted ganó el norte. Si aceptamos esos números, estamos legitimando un robo a plena luz del día. Tenemos que exigir que se abran los sacos con las actas originales.
Don Manuel levantó la vista. Sus ojos reflejaban la resignación de un hombre que prefería su propia paz a la justicia.
—¿Y qué quieres que haga, muchacho? ¿Que llame a las calles a arder? ¿Que mande a la gente a estrellarse contra las bayonetas del ejército? —El anciano negó lentamente con la cabeza—. Ya no, Alberto. Mejor así la dejamos. Un fraude pacífico siempre será mejor que una guerra civil.
El silencio cayó sobre la habitación. En ese preciso instante, algo se quebró dentro de Vargas. Miró al hombre que había sido su mentor y comprendió que el sistema no estaba fallando; funcionaba exactamente como el gobierno quería, aplastando a los decididos y domesticando a los cobardes.
Don Manuel se puso de pie con esfuerzo, ajustándose el saco.
—Vete a casa con tu esposa. Mañana el Presidente dará su discurso, nosotros protestaremos formalmente en el estrado y la vida seguirá.
El viejo salió del despacho arrastrando los pies. Vargas se quedó solo. Recordó la advertencia de Elena por la mañana. No iba a volver a casa. Sabía que los sacos de lona con las actas reales de las provincias habían llegado esa tarde por diligencia y estaban retenidos en los sótanos del archivo del Congreso.
Apagó la lámpara de la mesa. Si los líderes de la oposición se rendían, él mismo tendría que adentrarse en las entrañas del edificio y robar la verdad.
El sótano del Congreso era un laberinto de estanterías de madera, polvo acumulado y un denso olor a papel viejo. Vargas forzó la cerradura de la sección de correspondencia electoral con un cortaplumas. Llevaba una pequeña lámpara de aceite cuya luz apenas cortaba la penumbra.
Empezó a revisar los sacos de lona marcados con los sellos postales del norte. Al abrirlos, encontró lo que buscaba: las actas originales de las casillas de Monterrey y Tampico, escritas a mano y firmadas por los jefes locales. Todas daban por ganador a don Manuel con un margen indiscutible.
Pero en la mesa contigua reposaban los libros de registro oficiales que se presentarían a primera hora ante la cámara. Vargas los abrió. Eran documentos impecables, con caligrafía perfecta, donde los números habían sido invertidos sistemáticamente. Era un robo de cuello blanco, burocrático y silencioso. Un golpe de estado hecho a pluma y tinta.
Con el pulso acelerado, Vargas tomó un fajo de las actas originales, doblándolas de prisa para guardarlas en los bolsillos interiores de su abrigo. Era la prueba irrefutable. Con eso obligaría a los magistrados a actuar.
De pronto, el crujido de unas botas sobre la madera lo hizo congelarse.
La luz de otra linterna barrió el pasillo de las estanterías, proyectando una sombra alargada que cubrió a Vargas por completo. El inconfundible chasquido del percutor de un rifle rompió el sepulcral silencio del archivo.
—Siempre he dicho que la política es un oficio sucio, diputado Vargas —dijo una voz metálica desde la oscuridad, serena y sin prisa—. Pero nunca imaginé verlo aquí abajo, robando como un ladrón de poca monta.