La nota en la oscuridad
La tormenta comenzó antes del anochecer.
Primero fue una llovizna suave que se deslizó sobre los jardines como una advertencia discreta. Después llegaron las nubes negras, pesadas, cubriendo el cielo sobre la costa italiana hasta borrar cualquier rastro de luz. Y finalmente llegó el viento.
Un viento salvaje.
Implacable.
Capaz de hacer temblar los ventanales de la Mansión Mendoza.
Valeria observaba el mar desde una de las ventanas del segundo piso.
La espuma blanca chocaba contra las rocas del acantilado situado bajo la propiedad, desapareciendo después entre la oscuridad.
Aquella vista siempre le había transmitido tranquilidad.
Aquella noche no.
Aquella noche todo parecía diferente.
Más frío.
Más vacío.
Más triste.
Apoyó una mano sobre el cristal y cerró los ojos por un instante.
Seis años.
Habían pasado seis años desde la desaparición de su madre.
No muerte.
Desaparición.
Aunque durante años todos insistieron en llamarlo de otra manera.
Accidente.
Pérdida.
Tragedia.
Pero jamás encontraron un cuerpo.
Jamás hubo una despedida.
Jamás hubo respuestas.
Y aun así, la vida había seguido adelante.
O al menos eso intentaban aparentar.
Un relámpago iluminó el jardín.
Valeria abrió los ojos.
Durante una fracción de segundo creyó ver una figura junto a la fuente central.
Una silueta inmóvil.
Observando la casa.
Su corazón dio un pequeño salto.
Parpadeó.
La figura desapareció.
Solo quedaban los árboles agitándose bajo la lluvia.
—Estoy imaginando cosas —susurró.
Pero no estaba completamente convencida.
Desde hacía semanas tenía esa sensación.
La constante impresión de que alguien la observaba.
Como si unos ojos invisibles siguieran cada uno de sus movimientos.
Se apartó de la ventana.
La habitación parecía demasiado grande para una sola persona.
Antes la mansión estaba llena de vida.
Empleados.
Invitados.
Reuniones.
Celebraciones.
Ahora reinaba un silencio incómodo.
Muchas habitaciones permanecían cerradas.
Algunos corredores llevaban meses sin utilizarse.
Y la cantidad de trabajadores se había reducido a menos de la mitad.
Algo estaba ocurriendo.
Algo grave.
Y su padre seguía negándose a explicarlo.
Tomó su teléfono.
Ningún mensaje.
Ninguna llamada.
Nada.
La soledad comenzaba a pesar más de lo habitual.
Respiró profundamente.
Después abandonó la habitación.
El corredor principal estaba casi a oscuras.
Las lámparas de pared proyectaban sombras largas sobre los antiguos cuadros familiares.
A veces Valeria sentía que los retratos la observaban.
Como si guardaran secretos que ella desconocía.
Bajó las escaleras lentamente.
El eco de sus pasos resonó por toda la casa.
Al llegar al vestíbulo principal vio una luz encendida al fondo.
El despacho de su padre.
Otra vez.
Era casi medianoche.
Y Ricardo Mendoza seguía despierto.
Valeria caminó hasta la puerta.
Golpeó dos veces.
—Adelante.
Su voz sonó cansada.
Cuando entró, lo encontró sentado detrás del enorme escritorio de roble.
Tenía una copa de whisky frente a él.
Y varias carpetas abiertas.
Pero no parecía estar leyendo.
Parecía perdido.
Como si estuviera mirando algo que solo él podía ver.
—Deberías dormir.
Ricardo levantó la mirada.
Intentó sonreír.
No lo consiguió.
—Podría decirte lo mismo.
—Yo no llevo semanas encerrada aquí.
—Hay asuntos que resolver.
—Eso dices siempre.
Un trueno sacudió la casa.
Las ventanas vibraron.
Ricardo desvió la mirada.
Y fue entonces cuando Valeria volvió a verlo.
El miedo.
Aquella expresión aparecía cada vez con más frecuencia.
Su padre estaba asustado.
Y eso era algo que jamás había visto antes.
—¿Qué está pasando?
Ricardo permaneció en silencio.
—Papá.
—No es nada.
—Ya no puedes seguir diciendo eso.
Él suspiró.
—Todo estará bien.
—Mentira.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Ricardo cerró los ojos unos segundos.
Como si hubiera envejecido diez años de golpe.
—Valeria...
—Solo quiero la verdad.
—No puedo dártela.
Aquella respuesta la dejó inmóvil.
Porque no dijo “no quiero”.
Dijo:
“No puedo”.
Y había una enorme diferencia.
Antes de que pudiera insistir, el teléfono del escritorio comenzó a sonar.
Ricardo palideció al instante.
Lo vio.
Lo notó.
Y aquello le provocó un escalofrío.
Su padre observó la pantalla durante varios segundos.
Como si temiera responder.
Finalmente tomó aire.
Y contestó.
—Sí.
Silencio.
Valeria observó cómo la tensión se apoderaba de cada músculo de su cuerpo.
—Lo entiendo.
Más silencio.
Entonces ocurrió.
Una sola palabra.
Un solo nombre.
Y fue suficiente.
—Moretti.
El corazón de Valeria se aceleró.
No conocía ese apellido.
Pero reconoció el efecto que tenía sobre su padre.
Porque el color desapareció de su rostro.
Porque sus manos comenzaron a temblar.
Porque parecía un hombre frente a una sentencia.
—Sí... mañana.
Ricardo colgó.
La habitación quedó en silencio.
Un silencio pesado.
Incómodo.
Peligroso.
—¿Quién es Moretti?
Ricardo levantó la vista.
—No importa.
—Claro que importa.
—Valeria.
—¿Quién es?
Su padre negó lentamente.
—Ve a dormir.
—Papá...
—Por favor.
Aquello fue peor que cualquier respuesta.
Porque sonó como una súplica.
Y Ricardo Mendoza jamás suplicaba.
Jamás.
Valeria comprendió que no conseguiría nada más.
Al menos no esa noche.
Así que salió del despacho.
Pero mientras cerraba la puerta escuchó algo.
Un susurro.
Tan bajo que apenas pudo distinguirlo.
—Dios mío... ayúdala.
El miedo se instaló en su estómago.
Y ya no la abandonó.
Intentó dormir.
Lo intentó durante más de una hora.
Sin éxito.
La lluvia seguía golpeando las ventanas.
El viento seguía recorriendo los corredores de la mansión.
Y las palabras de su padre seguían dando vueltas dentro de su cabeza.
Moretti.
¿Quién era?
¿Por qué le tenía tanto miedo?
Miró el reloj.
1:43 de la madrugada.
Se rindió.
Abandonó la cama.
Se puso una bata ligera.
Y salió de la habitación.
El corredor estaba vacío.
Silencioso.
Oscuro.
Avanzó sin rumbo fijo.
Simplemente necesitaba despejar la mente.
Mientras caminaba terminó llegando al ala norte de la mansión.
La parte más antigua.
La zona que llevaba años cerrada.
Cuando era niña le prohibían acercarse allí.
Nunca le explicaron el motivo.
Solo le decían que era peligroso.
Aquello siempre despertó su curiosidad.
Se detuvo frente a una de las puertas clausuradas.
La madera estaba cubierta por una fina capa de polvo.
El corredor parecía más frío allí.
Más silencioso.
Entonces escuchó algo.
Tac.
Valeria se quedó inmóvil.
Tac.
Otro sonido.
Al otro lado de la puerta.
Como pasos.
Lentos.
Suaves.
Su respiración se aceleró.
Tac.
Tac.
Tac.
Alguien caminaba allí dentro.
O algo.
Se acercó lentamente.
Apoyó una mano sobre la madera.
Los pasos continuaron durante unos segundos.
Después se detuvieron.
De golpe.
Silencio absoluto.
Valeria contuvo la respiración.
Esperó.
Nada.
Ni un solo sonido.
Como si nunca hubiera habido nadie.
Retrocedió.
Un escalofrío recorrió su espalda.
No quería admitirlo.
Pero estaba asustada.
Y por primera vez en mucho tiempo decidió escuchar a sus instintos.
Volvió sobre sus pasos.
Rápidamente.
Sin mirar atrás.
Cuando finalmente regresó a su habitación sintió alivio.
Abrió la puerta.
Entró.
Y se congeló.
Había algo sobre el suelo.
Justo frente a la cama.
Un papel blanco.
Doblado.
Su corazón comenzó a golpear con fuerza.
Porque estaba segura.
Completamente segura.
De que aquel papel no estaba allí cuando salió.
Cerró la puerta.
Se acercó lentamente.
Lo recogió.
Sus manos temblaban.
Abrió el papel.
Y sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Solo había una frase.
Escrita con tinta roja.
NO TE CASES CON ÉL.
Valeria leyó aquellas palabras una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Sin comprender.
—¿Qué...?
No tenía novio.
No estaba comprometida.
Nadie le había hablado jamás de una boda.
Aquello no tenía sentido.
Ninguno.
Miró alrededor de la habitación.
Todo parecía normal.
La cama.
El escritorio.
La ventana.
El armario.
Nada fuera de lugar.
Y sin embargo alguien había entrado.
Alguien había dejado aquella nota.
Alguien quería decirle algo.
Un relámpago iluminó la habitación.
Y entonces ocurrió.
Valeria levantó la vista hacia la puerta abierta.
Y la vio.
Al final del corredor.
Una figura pequeña.
Inmóvil.
Parecía una niña.
Tenía el cabello largo.
Y llevaba un vestido claro.
No se movía.
No hablaba.
Solo observaba.
El mundo pareció detenerse.
Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
La figura permaneció allí apenas unos segundos.
Después giró lentamente.
Y desapareció en la oscuridad.
Como si nunca hubiera existido.
—¡Espera!
Valeria salió corriendo.
Atravesó el corredor.
Encendió las luces.
Miró a ambos lados.
Nada.
Absolutamente nada.
El pasillo estaba vacío.
Silencioso.
Desierto.
Revisó cada esquina.
Cada puerta.
Cada recoveco.
No encontró a nadie.
Y aquello era aún peor.
Porque sabía lo que había visto.
Lo sabía.
Permaneció varios minutos allí.
Intentando recuperar la calma.
Finalmente regresó a su habitación.
Todavía temblando.
Todavía confundida.
Todavía aferrando la nota.
Pero cuando cruzó la puerta se detuvo en seco.
La hoja había desaparecido.
Su mano quedó suspendida en el aire.
Vacía.
—No...
Miró el suelo.
La cama.
El escritorio.
Nada.
La nota ya no estaba.
Como si jamás hubiera existido.
Un miedo helado se apoderó de ella.
Entonces vio algo más.
El espejo.
El gran espejo situado frente al armario.
La superficie estaba empañada.
Y alguien había escrito una frase con el dedo.
Tres palabras.
Nada más.
Valeria sintió que el corazón dejaba de latir.
Porque aquellas palabras parecían esperar por ella.
Como si hubieran sido escritas apenas unos segundos antes.
Como si quien las escribió todavía estuviera cerca.
Observándola.
Sonriendo.
Esperando.
La frase decía:
ÉL YA VIENE.








