Cuento 1. Llévame
Y ahí estaba yo, desnuda, sobre una losa fría, en medio del dibujo de la estrella de David de seis puntas, con pintura roja en spray.
No entendía muy bien que tendría que ver el símbolo del judaísmo, con una invocación al Infierno. Aún así, le resté importancia, puesto que había sido yo quién se había ofrecido como ofrenda.
Inquirí, incluso, en más de una ocasión las inconsistencias que estaban cometiendo. Las velas sustituidas por pantallas de móviles, la luz blanca y nerviosa de las linternas en lugar del fuego antiguo. Nadie me escuchó. Los nuevos tiempos, supongo. Todo degradado al consumismo estúpido de mentes viciadas.
¿Dónde quedó el misticismo y las ofrendas ceremoniosas que, por siglos, se fueron haciendo en honor al altísimo Rey del averno?
Si esto fuese real, Lucifer habría arrasado con todos ellos, exceptuando la mía, puesto que parecía disfrutar de mantenerme en el plano terrenal. A mí siempre me ha dejado para el final. Disfrutando de este intervalo entre la llamada y la respuesta.
Ya no me quedaba más remedio que intentar cualquier método, por muy bizarro que pareciese, para reencontrarme con él y demostrar mi valía en ser merecedora de entrar en sus dominios.
Recuerdo aquel día en 1910, en el que los miembros de una pequeña comunidad alemana, asentada en Toluca, disfrutaban de un picnic, incluida yo. Todos murieron tras la copiosa comida. Debería haber usado otro tipo de veneno, quizá, debería haber esperado a su regreso. Por mucho tiempo que pasara. Pero estaba cansada.
Siglos y siglos esperando a quien parecía haberse olvidado de mí existencia.
¿Puede la muerte olvidarse de arrebatar una vida?
Deja que responda. Sí. Se olvidó de mí, me marcó con la pesadilla de vagar por el tiempo, en busca de él.
Aunque, la verdadera pregunta es: ¿Por qué una simple muchacha del siglo XV desearía entregarse directamente al infierno, sin contemplar la idea de pasar por el escudriño de San Miguel y sus puertas doradas en el cielo?
Supongo que, después de mucho rezar a un Dios vengativo, que permitía la muerte de inocentes, él, jamás me eligió, jamás me escuchó en las plegarias y rezos, jamás me tuvo en cuenta. Sin embargo, el Ángel Caído, se fijó en mi miserable existencia, una tarde de verano de mil cuatrocientos quince.
Ahora que lo pienso, no debería haberme marchado de la granja, siguiendo a aquel hombre misterioso y bien vestido, que solo necesitó mirarme, para introducirse en mi cabeza y arrebatarme la capacidad de decisión y libre albedrío.
Todo comenzó con aquellos sueños, en el que me encontraba perdida en un páramo baldío, las aguas del río estaban infestadas de parásitos y teñidas de sangre y yo moría de sed. Aguanté, Dios sabe que lo hice.
Horas, días, semanas, incluso años de la misma escena, hasta que empecé a dudar de cuál era la vigilia. Sin probar una sola gota de agua o alimento. El sueño, era real, podía sentirlo en mi interior, como si toda mi vida, hasta ahora, hubiera sido una falsa quimera, una falacia creada para ser sometidos a la gracia divina de Dios, como sus pequeños títeres bobos y alienados por deseos primitivos y banales.
Hasta que entendí la regla más importante, no era libertad. Era pertenencia.
Y de esa pertenencia nacía todo lo demás. Incluso lo imposible.
La verdad, estaba alejada de cualquier mortal. El vicio, la violencia, la desidia, el placer carnal… tan sólo habíamos rozado una capa ridícula de todo lo que se rumoreaba que podría haber sido el Edén, arrebatado a los mortales por sus pecados futuros.
Yo, a la corta edad de dieciséis años, lo había comprobado por mí misma. Había sucumbido al hombre extraño y sus deseos. Me había entregado a él como su fiel esclava y servidora. Mi misión en el mundo, era ser merecedora de un lugar en sus dominios. Poco me importaría ser un simple esbirro en su infierno, si con ello, conseguía tocar de nuevo el nirvana que ofrecía. Su verdad absoluta. Un mundo lleno de placeres y dolor llevados al extremo.
El hombre, jamás dijo su nombre, jamás abrió la boca o separó sus labios y aún así, fue la primera vez que mantuve una conversación trascendental con alguien, que poseía el mismo nivel de comprensión y entendimiento que el mío.
No todo era libertinaje y experimentación, también, me dio unas reglas. Unas pautas que debería seguir al pie de la letra si quería ser ascendida a convivir con el mismísimo diablo.
1. Le entregaría mi cuerpo y mi alma, sin reproches, sin pegas, sin preguntas. Me convertiría en su fiel concubina, hasta que estuviese preparada para albergar a su hijo.
2. No hablaría de esto con nadie. Ni siquiera los que una vez fueron mi familia. Debía mantener el secreto hasta que los tiempos cambiasen y la autodestrucción de los hombres en la Tierra comenzase.
3. Debería formar un séquito, un puñado de personas envilecidos, que no se opusieran a las exigencias del ser supremo del inframundo.
4. Estaría obligada a vagar por la Tierra, hasta que recibiese la llamada para poder al fin estar al lado de mi Señor.
Acepté sin oponer resistencia, mientras me dejaba llevar por el placer sublime de mi primera orgía, en la que las personas participantes, descubrieron su verdadero ser. Seres infernales disfrazados de mundanos, que representaban los pecados capitales que había escuchado al párroco de la abadía nombrar.
Los acontecimientos, fueron sucediéndose conforme iba aceptando mi nueva vida. La lujuria, No tardó en tomar mi cuerpo con pasión, arrancándome los harapos que vestía, dejando mi joven y virginal cuerpo a merced del resto, mientras bebía de mis jugosos labios la vida que exhalaban y posaba sus manos por cada centímetro de piel expuesta. La gula, me observaba con deseo, con hambre voraz y sólo pude cerrar los ojos, dejándome llevar por las sensaciones que por primera vez encendían e inflamaba mi cuerpo intacto, para enseguida, tomarme como si fuese lo más sabroso que existiese. La soberbia, me observaba como si fuese un ser inferior y sin más, se introdujo en mi cuerpo, obligándome a sentir su veneno y la humillación.
La avaricia, me obligó a desear más de cada uno de ellos, me dejaba expectante y deseosa de seguir experimentando cada una de las sensaciones que emanaban de ellos, obligándome a sentir la ira del quinto. Una que aludía a la más grande de las pasiones provocándome indignación y deseo de vengarme por lo que el resto hacía con mi cuerpo y mi voluntad.
La pereza, era un hombre delgado y apático, que tan sólo me instó a que manejase su miembro viril, evitando hacer el mínimo esfuerzo, cada sensación, cada pecado, iba gestándose en mi interior, volviéndome inestable emocionalmente. Por último, la avaricia, fue la última en jugar aquél juego perverso, bajo la atenta mirada del que de ahora en adelante sería mi Señor.
La avaricia se coló entre él, introduciendo una idea en mi subconsciente, la del deseo de poseer más, mucho más, tanto de ellos, como del resto del mundo.
Y así, tras ser merecedora de un puesto en las filas del averno, desperté del sueño tan real que había vivido.
Nueve meses después di a luz algo que no debería haber existido. No respiró como respiran los vivos. Pero pesaba como si el mundo entero hubiera decidido concentrarse en un solo error. Una criatura nacida muerta. Una criatura que representaba toda la maldad del mundo.
Vagué durante siglos, convirtiéndome en el terror de quienes se acercaban a mí. Sexo, muerte, codicia… sembré la semilla en el corazón de hombres buenos y luego, vendí su alma al diablo, esperando que fuese suficiente para dejarme ir a su lado.
También lo intenté todo para quitarme la vida, envenenamiento, prenderme fuego, saltar desde las alturas… por algún motivo, siempre volvía, lo que me obligó a alejarme del resto, me abracé a la soledad esperando el día que nunca llegaba. Mi descanso eterno. El abandono de mi yo terrenal.
Hoy, veo a mi pequeño séquito de maleantes, asesinos, psicóticos y vagos, que se encuentran a mi alrededor, con máscaras negras en el rostro, repitiendo siete veces "Mortem et resurrectionem vaticinati".
Mal, todo mal pronunciado y repetido.
Y aunque lo intente mil o un millón de veces, tan sólo le veo entre las sombras, observándome, sin decidirse a arrancarme la vida y la existencia.
Puede que al final, no sea lo que buscaba, o simplemente me engañó para divertirse con el alma putrefacta de quien ha vivido más de lo que debería.
Aún así, seguiré esperando al momento en el que reclame por mí y entonces, llevaré a cabo mi venganza. Será el final de mi Señor. Deseará no haberme mantenido siglos a la espera, tras mostrarme su verdad.
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