Sacrificio de una Madre
12 de febrero.
Sacrificio de una madre
Las gotas de lluvia golpeaban el suelo con insistencia aquel doce de febrero. Corrientes de agua bajaban de los techos, formando hilos que se unían al Laberinto del Estado de Noxaria. Entre el chapoteo de las pisadas sobre los charcos y el silbido implacable del viento, una silueta avanzaba con dificultad. Era una mujer. Sus respiraciones agitadas se escapaban entre sus delicados labios.
Justo detrás de ella, se escuchaba un aliento más suave y unos pasos con mucho menos peso. Un niño corría tomado de su mano, con los ojos abiertos, sin entender la situación de peligro en la que se encontraban.
—M... Mamá... —alcanzó a murmurar el pequeño.
—¡Shhh!
La madre le tapó la boca con suavidad pero con firmeza, obligándolo a guardar silencio mientras continuaban el camino. Las lágrimas de la mujer se camuflaban con el agua que caía del cielo, dibujando en su rostro una mezcla trágica de tristeza y terror absoluto. Corrían pegados a la pared, próximos a un hueco oculto dentro de aquella ciudad abandonada; un paraje repleto de callejones oscuros, mugre, ojos que vigilaban desde las grietas y paredes que daban la espantosa impresión de estarlos escuchando.
Al llegar a uno de esos huecos, la mujer se detuvo y miró a su hijo con desesperación.
—Ocúltate, Az, por favor —le pidió en un susurro quebrado—. Cuídate mucho, trata de crecer fuerte y valiente. Te amo. Busca a tu hermano Leif y cuida de él.
Entre el llanto y los labios empapados por la tormenta, entornó los ojos e intentó dibujar una sonrisa compasiva.
—Mamá los ama, los ama mucho. Perdóname, pequeño.
La mujer estrechó al niño contra su pecho en un último abrazo. Con un movimiento sutil y rápido, deslizó una mano hacia su saco, sacó una jeringa y hundió la aguja en el cuerpo del pequeño. Az cayó profundamente dormido a los pocos segundos. Su madre lo arropó de inmediato con un trapo blanco que llevaba en el bolso y lo acomodó en el fondo del escondite.
El eco de unas botas pesadas comenzó a resonar en la distancia.
—¡Aquí debe de estar, señor! —bramó una voz militar.
—¡Búsquenla y tráiganme su cabeza! —ordenó otra.
La mujer giró la cabeza por última vez y colocó una lámina metálica sobre el hueco para sellar el refugio. A través de la última rendija, sus ojos café, sollozos y tristes, se despidieron del alma de su hijo con una mueca de ternura.
—Los amo, hijos míos —susurró para sí misma.
Los pasos retumbaron en el pasillo, cada vez más cercanos. La mujer corrió con todas las fuerzas que le quedaban en las piernas, escuchando el chapoteo de las botas enemigas justo detrás de su espalda. Dobló en un callejón ciego, desesperada, agobiada y completamente sola. Sus zapatos resbalaron con un trozo de chatarra abandonado y cayó pesadamente sobre el barro.
Mientras intentaba recuperar el aliento y levantarse, un impacto brutal en el estómago la despabiló de golpe, dejándola sin aire. Los golpes continuaron uno tras otro, acompañados por una voz cargada de desprecio que resonaba en el fondo del callejón.
—Esto es lo que pagan las zorras de sangre inferior —escupió el hombre con total repugnancia—. Solo contaminan el mundo, ustedes con sus hijos bastardos y mestizos. ¡Me dan asco, me repugnan!
El soldado escupió al suelo y desenvainó una fría cuchilla militar de su cintura. La mujer, con una mirada feroz que demostraba que no pensaba darse por vencida, dio un brinco desesperado. Con un reflejo sorprendente, aferró la mano del hombre que la pateaba y hundió la hoja del arma directamente en el estómago del agresor.
—Ahg... Maldita… —alcanzó a quejarse el soldado.
Sin darle tiempo a reaccionar, ella desprendió la cuchilla con fuerza y la redirigió hacia el cuello del uniformado. Unos labios ensangrentados intentaron articular alguna palabra, pero el hombre, llevándose una mano a la garganta, descubrió demasiado tarde que la hoja ya estaba clavada y que su sangre se desparramaba a chorros sobre el barro. Durante unos segundos se escucharon sus intentos desesperados por respirar, hasta que el fluido terminó por ahogarlo. Su vista se apagó y su cuerpo se desplomó inerte sobre el charco rojo.
La mujer se giró de inmediato para embestir al segundo soldado, pero un hombre enorme apareció desde un costado, cortándole el paso. Era una figura aterradora, de casi un metro noventa de estatura, repletas sus extremidades de placas de acero tosco.
Una voz casi inhumana, rasposa y cruda, llenó el callejón:
—Lo siento, Sussan.
La mirada de la mujer se desvaneció en medio de un estruendo ensordecedor cuando una luz roja y brillante le traspasó el pecho. Su cuerpo cayó sin vida al suelo, mientras las gotas de lluvia continuaban golpeando su piel, todavía tibia.
—Señor Carb... —comenzó a decir el segundo soldado, aliviado.
—¡Cállate! ¡Malditos buenos para nada! —bramó el gigante de metal.
El subordinado agachó la cabeza, aterrorizado.
—L-Lo siento, señor. Nosotr...
No pudo terminar la frase. De un solo golpe colosal, el comandante le voló la cabeza, salpicando de rojo el rostro del compañero que ya yacía muerto en el suelo. El soldado sobreviviente, paralizado por el shock y el terror, intentó elevar las manos para cubrirse, pero una enorme mano metálica lo tomó por el cuello.
—Siempre debo hacer todo por mi cuenta... —gruñó el ser de acero.
Un crujido seco, similar al de una cáscara de nuez al partirse o al papel rasgándose, indicó que los huesos del cráneo del soldado habían cedido. Las gotas de lluvia continuaron cayendo sobre aquel misterioso asesino envuelto en metal frío.
A unos metros de allí, en la absoluta oscuridad del hueco, el niño continuaba arropado con lo único que le quedaba de su madre: un trapo blanco que lograba amortiguar el frío de la noche. Aquella madrugada marcó un antes y un después en la vida del pequeño Az. La tormenta finalmente cesó, pero el suelo siguió mojado y el barro permaneció en los callejones, inalterable, como el peso de su memoria.
Años después
El año 2177 traía consigo la misma miseria de siempre. A lo lejos, un par de adolescentes caminaban entre los escombros luciendo ropas viejas, rotas y sucias por el hollín. Uno de ellos, un joven de unos quince años y cabello negro rebelde, rompió el silencio del trayecto.
—Hey, ¿qué podríamos hacer hoy, Az?
El otro joven, de unos dieciséis años, lo miró de reojo. Tenía el cabello castaño con reflejos casi rubios y unos ojos Hazel muy expresivos. Dibujó una mueca pícara en el rostro.
—Jeje, jejejeje.
—Ay no... ¿Otra vez? —se lamentó el pelinegro.
Az, manteniendo la sonrisa, apretó un papel arrugado en su mano derecha. Se acercaron a un montón de chatarra abandonada, apoyaron la hoja sobre la superficie oxidada y la observaron con detenimiento.
—Este viejete es de la Colmena —explicó Az, señalando las anotaciones—. Viene a Noxaria una vez al mes, más específicamente a la ciudad.
El otro joven, que llevaba un corte mullet, piercings en la boca, las cejas y varios aretes, escuchaba con absoluta atención.
—¿Y eso qué? No podemos meternos en la ciudad, sería un suicidio.
—Ay, pequeño Won —respondió Az en un tono burlón, haciendo un ademán dramático con las manos—. El viejo pasa siempre por los callejones. Le encanta buscar mujeres, especialmente las que no cobran mucho...
Won volvió a clavar la vista en las anotaciones del papel, analizando las variables.
—¿Andará con guardaespaldas?
—Jamás.
—Eso es raro.
Az sonrió con suficiencia.
—¿Verdad?
—¿Y nadie ha intentado robarle antes?
—Hasta donde sé, no.
—Eso es todavía más raro —concluyó Won, frunciendo el ceño.
—Por eso mismo vamos nosotros.
Won guardó silencio un instante, asimilando la lógica de su amigo, hasta que se le encendió la bombilla.
—Ya entendí... Le robamos el dinero y le pagamos a la mujer para que pase el rato con nosotros en vez de con él.
Az lo miró con los ojos abiertos de par en par, completamente descolocado por la respuesta de su compañero.
—A veces me pregunto seriamente si te caíste de la cama cuando eras un bebé —bufó Az, incrédulo.
Ambos soltaron una carcajada limpia que resonó entre los muros caídos, chocaron los puños y salieron disparados a planificar los detalles del golpe. Won se las había ingeniado días atrás para fabricar una cadena improvisada con un gancho oxidado en la punta; una herramienta casera con la que se había especializado en arrebatar sacos de dinero a larga distancia, siempre y cuando su puntería no fallara. Az, por su parte, prefería un método mucho más rudimentario: un puño reforzado con un pedazo de metal tosco. ¿Para qué servía exactamente? Ni él mismo lo sabía con certeza.
Con aquel arsenal sumamente táctico —claramente una completa porquería—, los dos muchachos se adentraron en las entrañas del Laberinto, en los callejones más profundos de Noxaria.








