Chapter 1: Estúpido primer día
«Jodido hábito». En cuanto fui consciente, solté mi labio inferior de entre mis dientes.
Entré de nuevo al dormitorio y me topé con Mika en topless, revolviendo el armario abierto de par en par.
—Holly, no tengo el puto push-up... ¿dónde mierda está mi push-up? —su cara estaba completamente contorsionada en una mueca de horror.
Negué con la cabeza.
«¿Realmente estamos hablando de un jodido sostén?»
—Ya es tarde, Mika —recalqué intentando acercarme al armario, donde había bultos, uno tras otro, de ropa—. Vamos a llegar tarde.
—No puedo verme horrible. Es el primer día —gimió, sosteniendo una blusa de encaje—. ¿Qué tiene de malo querer que mis nenas destaquen?
«Mierda, ¿en serio acaba de llamar "nenas" a sus tetas?»
—Ponte cualquier cosa. Nadie va a estar mirándote las "nenas".
—Pero yo sí quiero que las vean —respondió, desesperada.
Negué con la cabeza y me dejé caer en la cama. Sabía que esto iba para largo. Mika siempre se obsesionaba con los detalles. Era naturalmente guapa, pero desde que cumplió veintiuno juraba que la grasa se estaba acomodando en los lugares equivocados. Algo que yo no veía por ningún lado.
Después de que su madre le gritara desde abajo que saliéramos de una vez, finalmente se rindió y se puso un sostén deportivo.
—Maldita sea... maldito primer día —murmuró.
—Tranquila, no es para tanto.
—Sí lo es. Me veo horrible.
—No te ves horrible. Te ves genial.
—Mentirosa.
Llegamos al tren y Mika siguió quejándose todo el camino. Cuando bajamos en Bern Hbf, tomamos el tranvía hacia el campus.
Yo ya solo quería llegar y terminar con el día.
Mika se separó de mí en la entrada de la universidad y se fue hacia su facultad —la de derecho—. Yo me dirigí a la clase de Gestión de Proyectos, una de las más aburridas del semestre.
La BFH Campus Thun no era especialmente grande ni imponente como las universidades de las grandes ciudades. Se trataba de un conjunto moderno de edificios blancos y acristalados situado a orillas del lago, con vistas constantes a las montañas.
Estaba sentada al fondo del salón, dibujando motores en la parte trasera de mi cuaderno, cuando la profesora mencionó que tendríamos que formar equipos mixtos entre arquitectos y economistas.
Odio los trabajos grupales; es una mierda tener que rogar para que envién su parte.
El sol ya estaba bajando detrás de las montañas cuando salí del edificio. Eran más o menos las seis de la tarde y el cielo se había teñido de un naranja quemado que se reflejaba en el lago Thun.
Me detuve un segundo en la entrada del campus, con la mochila colgando de un hombro. El aire estaba fresco, casi frío, ese típico aire suizo que te recuerda que el verano aquí es solo una ilusión. Las luces del campus empezaban a encenderse una a una, mientras el cielo pasaba de naranja a un rosa violáceo profundo.
Era bonito.
El lago se veía calmado, casi plateado bajo los últimos rayos de sol, y las montañas al fondo ya empezaban a oscurecerse, como siluetas gigantes vigilando el pueblo. Desde aquí se podía ver parte de Spiez a lo lejos, con sus casitas ordenadas y el castillo iluminado.
Suspiré, metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta.
Otro día más terminado. Otro día más en este lugar que no era ni mi casa ni mi país. Otro atardecer que, aunque hermoso, me recordaba lo lejos que estaba de todo lo que conocía.
Tragué saliva con solo recordar...
—Disculpa, ¿sabes dónde está el tranvía? —preguntó una voz con acento italiano marcado.
Sobresaltada, levanté la vista. El chico frente a mí era alto, de cabello oscuro revuelto y una sonrisa demasiado confiada.
«Genial. Justo lo que faltaba.»
—Estoy esperando a una amiga—. Respondí de forma seca, claramente marcando distancia—. Si quieres, puedes quedarte y te guiamos entre las dos.
Él asintió con una sonrisa amplia.
«Sonríe menos, idiota.»
Me ajusté los auriculares, ignorándolo deliberadamente. Se quedó parado a mi lado en silencio.
Un par de minutos después vibró mi teléfono:
"Lo siento, mi mamá vino por mí. Tengo que ir a recoger a Scott."
«Mierda...»
Guardé el móvil y solté un suspiro resignado.
—Parece que mi amiga no viene. Te acompaño.
—Gracias, de verdad me estás salvando la vida —dijo, visiblemente aliviado.
«No exageres, solo te estoy indicando dónde está el tranvía, no te estoy salvando de nada.»
—No es para tanto —respondí secamente.
—Para mí sí lo es.
Empecé a caminar con los auriculares puestos. Sabía que era de mala educación, pero no tenía ni la más mínima gana de entablar conversación con este desconocido. Solo quería llegar a casa, quitarme los zapatos y no volver a ver a otro ser humano en lo que quedaba del día.
Llegamos a la estación, y él tomó el tranvía que iba hacia el centro. Antes de que las puertas se cerraran, lo vi mirándome desde el otro vagón con esa misma sonrisa molesta y segura de sí misma.
«¿Qué carajos estás mirando?»
Aparté la mirada y me crucé de brazos en un intento de entrar en calor.
Este semestre apenas estaba empezando y ya me sentía realmente tensa.
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