Capítulo 1. La casita del caserío
La casita de Helena quedaba al final del caserío, donde el camino de tierra se volvía sendero y el sendero se perdía entre milpas. Tenía paredes de adobe pintadas de blanco cada diciembre, techo de lámina que sonaba como tambor cuando llovía, y un patio tan pequeño que a veces se quedaban sin espacio para tender la ropa y para jugar.
Eran cuatro hermanos. El mayor era Carlos, después venía Helena como segunda, luego Luis, y la menor era Sofía. Cuatro bichos que no paraban quietos.
Los días de escuela salían corriendo con los cuadernos forrados con papel de azúcar y los lápices amarrados con pita porque se gastaban rápido. Los días sin escuela eran días de guerra y de risa. Peleaban por el último pedazo de pan.
Carlos: Ese es mío, yo lo vi primero.
Helena: Mentira, vos ya te comiste dos.
Sofía: Yo no quiero pelear, solo quiero desayunar.
Y los tres terminaban riéndose hasta que se les olvidaba el hambre.
Carlos siempre quería mandar. Helena le discutía todo.
Helena: Vos no sos mi mamá para mandarme.
Carlos: Y vos no sos la mayor para decidir.
Helena: Pero soy la más inteligente.
Luis, desde el patio: Ya pues, pónganse a jugar.
Y al minuto siguiente los cuatro ya estaban tirados en el suelo inventando historias, riéndose hasta que les doliera la barriga.
La pobreza se sentía. Se sentía cuando el frijol no alcanzaba y había que ponerle más agua al caldo.
Luis: Mami, hoy hay poquito.
Mamá: Pero hay, mijo. Y hay salud. Eso es más que muchos.
Y remendaba los zapatos rotos con aguja e hilo.
Se sentía en las noches de viento frío, cuando los cuatro se juntaban en la misma cama para darse calor, con Carlos en la orilla cuidando que nadie se cayera y Sofía en medio abrazando a todos.
Helena: Carlos, no me empujés.
Carlos: Yo no te empujo, es el frío.
Pero al rato le pasaba su cobija sin decir nada.
Pero también había alegría. Alegría en la tarde que la vecina doña Marta les regalaba una taza de café con pan dulce recién horneado. Doña Marta tenía siete hijos. Los cuatro mayores ya se habían ido a trabajar a la ciudad. Con ella solo vivían los tres menores. El primero era varón, se llamaba Pedro, y después venían las dos últimas, Mariela y Rosa. Las dos niñas eran amigas de Helena desde que aprendieron a caminar.
Doña Marta, desde la puerta de su casa con flores de izote y un palo de mango: Pasen, pasen, mijas. Hoy hice pan dulce.
Se sentaban las tres en el corredor mientras Pedro jugaba fútbol con Carlos en el patio.
Doña Marta: Contame, Helena, ¿qué aprendiste hoy en la escuela?
Helena: Que las fracciones son difíciles, doña Marta.
Doña Marta: Mija, mientras tengas salud y ganas, lo demás se arregla. Mirá, te enseño a tejer y vas a ver que todo tiene su punto.
Mariela le trenzaba el pelo a Sofía y Rosa le contaba cuentos mientras las tres se reían.
Mariela: Helena, después vamos a jugar con la pelota de trapo.
Helena: Solo si prometés no hacer trampa como ayer.
Mariela: Yo nunca hago trampa, la que hace trampa es Rosa.
Y las dos se tiraban a la tierra peleando de broma.
Cuando Helena estaba triste por algo de la escuela, doña Marta solo le sonreía y repetía: mientras tengas salud y ganas, lo demás se arregla. Y Pedro, desde el patio, le gritaba:
Pedro: Portera, ¿y ese gol que te metí? Vení que te enseño a defender mejor.
Los Sabados iban a catequesis. Caminaban todos juntos, Helena agarrando la mano de Sofía para que no se quedara atrás, mientras Carlos iba adelante cuidando el grupo y Luis correteando. Mariela y Rosa iban al lado de Helena, contando secretos y haciendo planes.
Helena: Sofía, caminá derecho que te vas a caer.
Sofía: No me sueltes, que me da miedo la Piedra de la Culebra.
Rosa: No tengás miedo, chiquita. Si esa piedra se mueve, nosotras salimos corriendo más rápido.
Y las tres se reían bajito.
La iglesia quedaba lejos, pero el camino era bonito. Pasaban por el cerro y desde ahí se miraba la Piedra de la Culebra. Enorme, gris, con forma de serpiente dormida sobre la montaña. Los niños decían que de noche se movía.
Luis: Esa piedra sí camina en la noche.
Carlos: No seas mentiroso.
Sofía: Yo un día voy a subir hasta la piedra para comprobarlo.
Helena le apretaba la mano.
Mariela y Rosa al mismo tiempo: Y nosotras vamos con vos.
Helena no lo creía, pero cada vez que la miraba sentía que el mundo era más grande de lo que su caserío le dejaba ver.
Después de catequesis, si había tiempo, corrían al campo. El campo era un pedazo de tierra plana entre los árboles de jiote. Ahí no importaba si los zapatos tenían agujeros. Ahí todos eran equipo. Jugaban fútbol hasta que el sol se metía y las sombras se alargaban. Helena jugaba de portera porque era la más alta después de Carlos. Mariela y Rosa hacían barra junto a Sofía.
Carlos: Te la voy a meter, Helena.
Helena: Intentalo, pues.
Sofía, desde la orilla: Golazo de mi hermana.
Y Mariela y Rosa peleaban con los del otro equipo cuando le tocaban a Helena.
Carlos se burlaba si le metían gol a Helena, y ella se burlaba más fuerte cuando le tapaba un tiro.
Carlos, rojo de la cara: Ese fue de suerte.
Helena: Suerte la tuya que no te metí cinco.
Y los dos terminaban revolcados en la tierra.
En esa casita, entre la falta y el juego, entre las peleas y los abrazos, Helena aprendió dos cosas que la acompañarían toda la vida. Que la pobreza quita cosas, pero no quita la risa. Y que la vocación a veces nace escuchando las historias de una vecina que crió siete hijos con lo poco, mirando una piedra con forma de culebra, y jugando fútbol con los hermanos que más te hacen enojar y más quieres en el mundo. Sobre todo con un hermano mayor que te regaña un día y al otro te defiende de todos, una hermanita menor que te recuerda por qué vale la pena luchar, y dos amigas que eran como hermanas y nunca te dejaban sola.
Años después, cuando estuvo frente a sus cuarenta alumnos, Helena entendió por qué recordaba tanto ese patio. Porque ahí entendió que un niño con poco puede tenerlo todo, si tiene alegría, amigos y alguien que le diga que sí puede.








