Capítulo 1 .- La chica de la floreria
La lluvia había comenzado a caer sin avisar, como caen siempre las tristezas más profundas, esas que no truenan ni relampaguean, sino que simplemente se instalan con la suavidad de una cortina de agua fina y persistente. Sobre los tejados de pizarra de la calle San Lorenzo, las gotas repicaban con un sonsonete monótono, y en los canalones se formaban pequeños riachuelos que corrían hacia las alcantarillas arrastrando hojas de plátano recién desprendidas. Era una de esas tardes de octubre en que la ciudad parece vestirse de gris y el tiempo se dilata, invitando a los recogimientos y a las melancolías.
Elena lo observaba todo desde el otro lado del cristal del escaparate, con las manos aún húmedas por el agua de los jarrones y el delantal verde manchado de savia, tierra y pétalos triturados. Sus dedos, finos y algo enrojecidos por el frío, sostenían una rosa a medio deshojar, y en su rostro se dibujaba esa expresión ausente de quien está en un sitio pero con el pensamiento en otro.
Afuera, la calle se iba vaciando de transeúntes; los últimos oficinistas rezagados corrían con gabardinas y paraguas, y las farolas empezaban a encenderse, una detrás de otra, como si el barrio entero se arropara lentamente para recibir la noche. Dentro de la florería, el perfume de las rosas lo envolvía todo. Era un aroma espeso, dulzón, que se metía en la ropa, en el cabello, en los sueños, y a veces Elena pensaba que ya no podría distinguir su propio olor del de aquella fragancia que se había convertido en su condena y su refugio.
La florería se llamaba «La Rosa Eterna», un nombre que a Elena le había parecido siempre pretencioso y un poco triste, como si pretendiera desafiar la naturaleza efímera de aquello que vendía. El local era pequeño pero acogedor, con las paredes revestidas de azulejos color crema que alguna vez fueron blancos y que ahora mostraban una pátina amarillenta en las juntas, testimonio de décadas de humedad y de vapor de agua. El mostrador de madera oscura, gastado por los codos de su tía Amalia, por el roce de innumerables tallos cortados y monedas deslizadas, era el corazón de la tienda, y tras él, Elena se sentía protegida, como si aquel mueble macizo fuera una fortaleza que la separaba del mundo exterior.
Había heredado aquel refugio tres años atrás, cuando la vida le ofreció el negocio de su tía como quien ofrece una manta a un náufrago: sin hacer preguntas, sin pedir nada a cambio, solo un lugar donde resguardarse del frío. Elena tenía entonces veinticuatro años y un corazón recién roto por un amor que ni siquiera había llegado a serlo, un amor de esos que duelen más por lo que nunca fueron que por lo que fueron. Se llamaba Víctor y era profesor de literatura en la universidad donde ella cursaba sus estudios de Bellas Artes, antes de abandonarlos para cuidar de su tía enferma.
Víctor tenía una esposa, dos hijas y una forma de mirarla que Elena interpretaba erróneamente como amor. Durante dos años ella alimentó la ilusión de que él dejaría todo por ella, hasta que una mañana lo vio desayunando con su familia en una cafetería y entendió, con la contundencia de una bofetada, que ella no era más que una alumna a la que él dedicaba unas atenciones que nunca habían significado nada. Aquella ruptura la dejó a la deriva, y cuando su tía falleció apenas seis meses después, la florería se convirtió en su tabla de salvación.
Ahora, a sus veintisiete años, Elena se había acostumbrado a la soledad como quien se acostumbra a una cicatriz: sabiendo que está ahí, que duele a veces, pero que ya forma parte de la piel. Se levantaba cada mañana a las siete, bajaba la persiana metálica del local, encendía las luces, y disponía los cubos de flores en la acera con una paciencia casi ritual. Conocía el nombre de cada cliente habitual: la señora Remedios, que compraba claveles blancos para la tumba de su marido; don Emilio, el farmacéutico, que cada viernes llevaba un ramo de margaritas a su mujer; los estudiantes del conservatorio, que pedían rosas sueltas para las audiciones.
A todos los atendía con una sonrisa suave, con esa amabilidad distante de quien ha aprendido a relacionarse con los demás sin entregarse demasiado.
Aquella tarde de octubre, mientras la lluvia arreciaba y el escaparate se empañaba con el vaho tibio del interior, Elena arreglaba un ramo de novia. Lo hacía con la meticulosidad de una artesana, con los dedos largos y pálidos seleccionando cada rosa blanca, cada ramita de eucalipto, cada espiga de lavanda, y al hacerlo sentía esa extraña mezcla de ternura y envidia que le producían todas las historias de amor ajenas.
La novia se llamaba Martina, una muchacha de mejillas sonrosadas y risa fácil que había acudido a la tienda tres semanas atrás con los ojos brillantes y un cuaderno lleno de recortes de revistas. Había hablado sin parar de Marcos, su prometido, de cómo se habían conocido en un concierto, de la primera vez que él le llevó rosas a la puerta de su oficina, rosas rojas, como las de las películas, y Elena había escuchado asintiendo, sonriendo con esa sonrisa profesional que ocultaba el dolor sordo de saberse siempre espectadora y nunca protagonista.
—Quiero que el ramo parezca recién cogido del jardín de una casa de campo —había dicho Martina, y Elena había tomado nota, preguntándose cómo sería tener una casa de campo, o un jardín, o alguien que le llevara rosas a la puerta de la oficina.
Mientras ataba el ramo con una cinta de raso color marfil, sus pensamientos se desviaron, como ocurría inevitablemente cada día a esa misma hora. Porque a las seis y cuarto de la tarde, sin falta, él pasaba por la acera de enfrente. Él, Adrián. El nombre le sabía en la boca a caramelo de fresa, a canción de domingo, a todo lo bueno que la vida le había negado hasta entonces. Lo había visto por primera vez un martes lluvioso muy parecido a este, casi un año atrás, cuando él se había detenido bajo el toldo de la ferretería de enfrente para resguardarse del aguacero. Llevaba una gabardina azul marino y el cabello oscuro alborotado por el viento, y se había quedado allí, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, como quien espera algo que no llega.
Elena recordaba ese instante con una nitidez asombrosa. Aquel día ella estaba colocando unas macetas de ciclamen en el escaparate cuando lo vio aparecer en la esquina, caminando deprisa bajo las primeras gotas. Algo en su porte, en la inclinación de sus hombros, en la forma en que se apartaba el flequillo de la frente, le removió las entrañas de una manera inexplicable. Se quedó inmóvil, con una maceta en las manos, sintiendo que el corazón le latía de una forma extraña, como si lo hubiera reconocido de otra vida, como si aquel instante fuera el principio de una historia que aún no estaba escrita. Él no la miró. Se limitó a quedarse bajo el toldo, ajeno a la ventana, y cuando la lluvia amainó, reanudó su camino y desapareció.
Desde entonces, Elena empezó a esperarlo.
Al principio sin darse cuenta, como quien se acostumbra a mirar por la ventana a una hora determinada; luego, con una conciencia creciente de que aquel hombre anónimo se estaba convirtiendo en el eje de sus días. Aprendió sus horarios: pasaba puntualmente a las seis y cuarto, camino del metro seguramente, de vuelta del trabajo. Los lunes llevaba una carpeta de piel bajo el brazo; los martes y jueves, un libro que cambiaba cada semana; los viernes, una mochila de lona marrón que a Elena le parecía la mochila más poética del mundo, gastada en las esquinas, con una mancha de tinta azul en la solapa. Caminaba con paso tranquilo, ni rápido ni lento, y siempre, siempre, miraba hacia el frente, hacia la calle que se abría ante él, sin detenerse jamás ante el escaparate de la florería.
Elena no sabía su nombre, así que le puso uno. Lo llamó Adrián porque le parecía un nombre que pegaba con su forma de andar, con el arco de sus cejas, con ese aire de melancolía serena que lo envolvía como un perfume. A solas, en su apartamento, se refería a él como «el viajero», porque le gustaba imaginarlo como un explorador de mundos lejanos que había recalado por casualidad en su calle. Construía para él toda una vida imaginaria, era arquitecto o músico, había viajado por países exóticos, hablaba varios idiomas, y arrastraba una tristeza secreta que solo ella podría curar. Eran fantasías absurdas, lo sabía, pero le ayudaban a soportar la monotonía de sus jornadas.
Con el tiempo, aquella obsesión silenciosa se había ido sofisticando. Elena había aprendido a distinguir los pequeños cambios en su apariencia, cuándo se había cortado el pelo, cuándo llevaba una bufanda nueva, cuándo parecía más cansado de lo habitual. Había memorizado el modo en que se ajustaba el cuello de la gabardina cuando hacía frío, el gesto de morderse el labio inferior cuando iba ensimismado, la costumbre de silbar bajito alguna melodía irreconocible. Incluso se había acostumbrado a sincronizar sus propias rutinas con aquel paso puntual: a las seis dejaba lo que estuviera haciendo, se acercaba al escaparate con cualquier excusa, y se quedaba allí, con el aliento contenido, esperando el milagro que nunca sucedía.
Aquella tarde, sin embargo, algo fue distinto. La lluvia se intensificó de repente, como si el cielo hubiera decidido abrir todas sus compuertas, y Adrián, que ya había aparecido en la esquina, aceleró el paso buscando cobijo. La marquesina de la florería se extendía unos centímetros más que la de la ferretería, y él, en una decisión que a Elena le pareció dictada por el destino, cruzó la calle y se refugió justo delante del escaparate. Tan cerca que, si no hubiera habido un cristal de por medio, Elena habría podido tocarlo. Tan cerca que pudo ver las gotas de lluvia resbalando por sus pestañas, el leve temblor de sus labios por el frío, el modo en que se apartaba el flequillo mojado de la frente con un gesto rápido y despreocupado.
Elena se quedó inmóvil, con el ramo de novia a medio hacer entre las manos, sintiendo que el corazón se le subía a la garganta y le robaba el aire. Adrián miró hacia el interior de la tienda —miró hacia ella— y esbozó una sonrisa breve, una sonrisa de cortesía, de esas que se regalan a los desconocidos con los que se comparte un instante de lluvia. Elena sintió que las mejillas le ardían y bajó la vista, fingiendo concentrarse en las rosas, maldiciéndose por su timidez, por esa incapacidad suya de sostener una mirada que tanto había soñado. Cuando se atrevió a levantar los ojos de nuevo, Adrián ya se había girado y observaba la lluvia con paciencia, ajeno por completo al terremoto que acababa de provocar dentro de aquella muchacha de delantal verde.
El chaparrón duró apenas tres minutos. Tres minutos que para Elena fueron una eternidad y un suspiro a la vez. Durante ese tiempo, ella no apartó la vista de su espalda, de la forma en que la gabardina se le pegaba a los hombros, del modo en que una gota de lluvia se deslizaba lentamente por su nuca. Imaginó lo fácil que sería abrir la puerta, salir al exterior, ofrecerle una rosa y decirle cualquier cosa. Pero sus pies no la obedecieron. Se quedó clavada en el suelo de madera, prisionera de su propia cobardía. Luego, Adrián se ajustó la gabardina, se encogió de hombros como quien se resigna a mojarse, y reanudó su camino calle abajo, perdiéndose entre la cortina de agua y la penumbra creciente.
Elena lo siguió con la mirada hasta que dejó de distinguir su silueta, y entonces, solo entonces, se dio cuenta de que había estado apretando tanto los dedos que uno de los tallos de rosa le había clavado una espina en la palma de la mano. Una gota diminuta de sangre brotó de la herida, redonda y brillante como un rubí, y ella se la quedó mirando, embobada, pensando que quizás aquella era la única rosa roja que recibiría en mucho tiempo.
Aquella noche, después de cerrar la tienda, Elena hizo algo que hacía a menudo pero que nunca confesaba a nadie. Subió a su pequeño apartamento, encima mismo de la florería, se preparó una taza de té de jazmín y se sentó en el alféizar de la ventana que daba a la calle. El apartamento era modesto, con una cocina minúscula, un dormitorio que olía a madera vieja y a las sábanas limpias que su tía Amalia planchaba con esmero, y un saloncito presidido por un sofá de terciopelo verde y una estantería repleta de libros heredados.
Desde la ventana del salón se veía la calle entera, desde la esquina de la farmacia hasta el semáforo del cruce, y a Elena le gustaba pasar las noches allí, con las luces apagadas, observando la vida nocturna del barrio.
Esa noche, sin embargo, no prestó atención a los transeúntes ni a los coches. Sacó de su bolso una libreta de tapas de hule, gastada por el uso, llena de letra pequeña y apretada. Era su diario de sueños, lo llamaba, aunque en realidad no contenía sueños nocturnos, sino diurnos; todas las fantasías que tejía cada día mientras esperaba que algo, cualquier cosa, cambiara.
En aquella libreta, Elena había construido un universo paralelo en el que ella era una mujer valiente, divertida, capaz de seducir al desconocido de la gabardina. Había escrito diálogos enteros, había descrito citas imaginarias, paseos por parques otoñales, cenas a la luz de las velas, besos bajo la lluvia. Cada noche añadía un párrafo, una escena, un detalle nuevo, y esa costumbre se había convertido en su principal consuelo.
Abrió la libreta por una página en blanco y se quedó un rato con el bolígrafo suspendido en el aire, pensando. Luego, con letra pequeña y nerviosa, escribió:
«Hoy casi te toco. Casi te hablo. Casi te doy la rosa que guardo para ti desde hace un año. Pero me faltó valor. Siempre me falta valor. No sé qué me pasa, Adrián, que en mi cabeza soy capaz de todo y en la vida real soy invisible. Algún día cruzaré esa puerta. Algún día te diré todo lo que siento. Mientras tanto, seguiré soñando contigo, con tus ojos oscuros y tu gabardina mojada, con la esperanza de que una de esas tardes seas tú quien cruce la calle y entre en mi tienda, y entonces ya no hará falta que yo sea valiente. Bastará con que tú me mires.»
Cerró la libreta, apagó la luz y se quedó un rato en la penumbra, abrazada a sí misma. En el alféizar, junto al cristal, reposaba un pequeño jarrón de porcelana con una única rosa roja. Era la rosa que Elena se compraba a sí misma cada viernes, una costumbre que había adquirido al poco de hacerse cargo de la florería, como un recordatorio de que ella también merecía flores, aunque tuviera que ser ella quien las pagara.
Aquella semana, sin embargo, había olvidado cambiarla, y la rosa empezaba a marchitarse. Los pétalos exteriores se habían oscurecido en los bordes y se curvaban hacia abajo, como pequeñas manos que se rinden. Elena la contempló largamente, con una mezcla de ternura y melancolía, y luego, en un gesto casi ritual, arrancó uno de los pétalos y lo dejó caer sobre la calle vacía.
—Algún día —susurró, y el pétalo descendió flotando en la oscuridad como una promesa sin destinatario.
Se metió en la cama con el sabor del té aún en los labios y la imagen de Adrián grabada en los párpados. Cerró los ojos y se dejó llevar por ese duermevela en el que los sueños y la realidad se confunden, y en ese espacio de niebla y deseos, se vio a sí misma caminando por un parque desconocido, con un vestido blanco y los pies descalzos sobre la hierba húmeda. Alguien, una figura masculina sin rostro pero con la gabardina azul marino, se acercaba a ella con un ramo de rosas tan grande que apenas podía sostenerlo entre los brazos.
Eran mil rosas, exactamente mil, y cada una de ellas brillaba como si tuviera una luz propia. La figura le tendía el ramo y ella lo cogía, y en ese instante, el perfume de las flores lo inundaba todo y ella se sentía, por fin, completa.
Se despertó a las tres de la madrugada, con el corazón acelerado y las mejillas mojadas. No sabía si eran lágrimas de felicidad por el sueño o de tristeza por la certeza de que, al abrir los ojos, seguía estando sola. Se quedó inmóvil, escuchando el tictac del reloj de pared, el goteo de un grifo mal cerrado en la cocina, el silencio denso de las horas muertas. La rosa del jarrón parecía observarla desde la ventana, como un testigo mudo de todas sus ilusiones. Elena se levantó, fue a la cocina a beber un vaso de agua, y al volver a la cama se hizo la promesa que se hacía siempre: al día siguiente, cuando Adrián pasara a las seis y cuarto, saldría a la puerta de la tienda, lo saludaría, le ofrecería una rosa, y le diría algo, cualquier cosa, lo que fuera necesario para romper aquel hechizo de invisibilidad que la envolvía.
Pero el alba llegó, y con ella la rutina, y cuando las agujas del reloj marcaron las seis y cuarto de una nueva tarde otoñal, Elena se quedó tras el mostrador, con una rosa en la mano y el valor atascado en la garganta, viendo cómo Adrián pasaba una vez más sin detenerse, sin mirar, ajeno por completo al corazón que latía desbocado al otro lado del cristal.
El capítulo terminó como terminaban todos los capítulos de su vida: con un suspiro, una rosa devuelta al jarrón, y la esperanza intacta de que mañana, quizás mañana, sería distinto.








