𝓐𝓺𝓾𝓮𝓵𝓵𝓪 𝓷𝓸𝓬𝓱𝓮
Para ti, que aún crees en el amor, aunque te haya asustado más de una vez...
PRÓLOGO.
Viña del Mar, Chile. Febrero 1953.
Clara.
El casino de Viña del mar era muy conocido entre las personas de élite en la zona centro del país, por lo que era muy normal para estos ir de vez en cuando y encontrarse con socios o amigos para jugar. El lugar era enorme y estaba dividido por varios sectores en donde se podía apostar, bailar o hasta hacer una pequeña reunión entre amigos o colegas. Todo era risa y diversión entre el humo del cigarro y el alcohol que iba de aquí para allá.
Las mujeres vestían ropa elegante qué a simple vista se notaba lo costoso que era, pues, la mayoría iba especialmente a lucir sus vestidos y zapatos que estaban de moda en la temporada. Los hombres por su parte usaban un traje simple, pero que cumplía con la función de hacerles lucir bien.
Clara bebía una copa de vino. Vestía un elegante vestido de color rojo, este le llegaba un poco más abajo de las rodillas y tenía un pequeño escote en la zona de los pechos. Le acomplejaba un poco qué estos se vieran más de lo normal, pues tenía bastante y con aquel escote se notaba mucho más. En sus manos llevaba guantes negros de terciopelo y en su cabeza yacía un gorro del mismo color.
Sentada en aquella barra observaba a su marido jugar una partida de poker con sus socios. Este reía. En su mano diestra tenía un vaso con lo que parecía ser whisky y en la izquierda yacía un puro encendido, qué, de vez en cuando iba a su boca. A su lado había una hermosa mujer, reía junto a él y desde donde Clara estaba podía ver perfectamente cómo ambos se coqueteaban de forma descarada.
Clara soltó un suspiró ante esto.
Ya estaba acostumbrada a ver a su esposo coquetear con otras mujeres, algo que ya poco le importaba. Ella era solo la imagen que él necesitaba para cumplir con sus planes.
Un matrimonio arreglado era su realidad. Jamás había amado a alguien y siempre intentaba acatar las órdenes de su padre, por lo que cuando este le pidió casarse con uno de sus socios, ella aceptó. Algo de lo que se arrepentía.
A sus diecinueve años era ama de casa, atendía lo mejor que podía a su esposo e intentaba complacerlo de forma sexual como él quería, aunque esto le costara su felicidad y lo que ella quería realmente.
Al fin y al cabo esto era lo que significaba ser mujer.
O al menos eso le había enseñado.
Una extraña presencia le hizo desviar la mirada. Un hombre estaba a su lado y desde donde se encontraba podía sentir el exquisito olor que emanaba. Este le devolvió la mirada haciendo que Clara desviara la suya de forma rápida.
Trago saliva al notar que era un extranjero. Sus ojos rasgados lo delataban al instante y Clara no pudo evitar sentirse algo nerviosa. No era una persona prejuiciosa, pero no podía negar que la guerra había dejado de la peor forma a las personas de Asia, lo que causaba el rechazo por parte de los ciudadanos.
Escuchó al hombre llamar al bartender y de manera educada pidió un whisky, el más caro que había en el lugar. Clara bebió de su copa, intentando mirar a cualquier parte, menos al individuo que se encontraba a su lado. Sin embargo, el exquisito olor de su perfume y la curiosidad que sentía, le produjo una lucha interna.
Se giró a mirar a su esposo para distraerse, encontrando la imagen de este con sus manos sobre la hermosa mujer. Ambos reían de algo.Bebió nuevamente de su copa.
¿Cómo es que su vida había llegado a esto? A ser la esposa cornuda de un hombre con dinero y poder.
—¿Por qué se resigna a vivir eso? —Aquella profunda voz se hizo presente. Clara se giró para mirarlo a los ojos, encontrando una frialdad que le caló los huesos.
—¿Disculpe?
—No soy quien para meterme en su vida dama, pero, nadie se merece que lo engañen frente a sus narices.
—Ah…
—¿Ah?
Aquel comentario le había tomado por sorpresa. Jamás se había cuestionado eso. No obstante, tal vez era lo único que conocía de los matrimonios; una vida infeliz junto a alguien solo para beneficiar a tus descendientes a futuro.
—Supongo que estoy acostumbrada a eso. —Se escuchó decir finalmente.
—Una mierda, si me disculpa la palabra.
—Así es la vida que Dios quiso para mí, supongo.
—Creo que Dios querría algo mejor para una dama como usted.
—¿Una dama como yo?
—Muy guapa, perdón si le estoy faltando el respeto. —El hombre bebió de su copa manteniendo sus ojos puestos sobre los de ella, como intentando decir algo más que no salió de sus labios.
Clara trago saliva.
¿Por qué aquel extraño la hacía sentir acalorada?
Bebió de su copa hasta vaciarla.
Sus ojos le jugaron una mala pasada y se posaron en su acompañante, era una mentirosa si negaba que no había algo en él que llamara su atención. Era guapo y su perfume era exquisito, además de su actitud respetuosa con ella. Mantenía una distancia prudente y no miraba hacia su escote, como lo habían hecho ya varios hombres en el lugar.
—Disculpe, pero no le he preguntado su nombre. —Habló con algo de timidez para romper el silencio.
Él giró hacia ella con lentitud. Sus ojos la recorrieron con una calma peligrosa antes de detenerse en los suyos. Una sonrisa leve, apenas un gesto, se formó en su boca.
—No creo que sea buena idea que sepa mi nombre, dama.
La respuesta la descolocó. Sintió un escalofrío en la espalda, una mezcla de curiosidad y nervios. No entendía por qué sus palabras, tan simples, la afectaban de tal manera.
Él no apartó la mirada. La sostuvo, firme, hasta que sintió cómo su pulso empezaba a acelerarse. Clara desvió los ojos, se sentía acalorada y necesitaba tomar aire.
—Disculpe —Dijo al fin con un hilo de voz —, creo que me he pasado.
Dejó la copa sobre el mesón y se levantó tomando su pequeño bolso.
Apenas se alejó unos pasos, percibió su mirada siguiéndola. No necesitaba girarse para saberlo; lo sentía sobre su espalda, ardiendo, como si la estuviera tocando sin hacerlo. Y por primera vez en mucho tiempo, Clara no supo si quería escapar… o quedarse.
Pensó en que jamás había encontrado atractivo al hombre con el que estaba casada, no sentía amor, no sentía atracción sexual. La verdad es que no sentía nada por aquel desagradable sujeto a quien llamaba “esposo”.
De repente sintió como si su vida fuera lo más aburrida del mundo.
Lo tenía todo, si. Dinero, podía pedir lo que quisiera y su esposo se lo traería, pero nada de eso le traía aquella felicidad que necesitaba en su vida.
Sus pies la dirigieron hasta el salón en donde todos bailaban al ritmo del bolero, una melodía lenta qué hacía a las parejas bailar lo suficientemente cerca como para compartir un secreto y Clara envidio a las parejas que mostraban un gran amor entre ellas.
—¿Bailaría esta pieza de baile conmigo, dama?
Se giró encontrándose con aquel atractivo hombre.
—¿Me está siguiendo?
—Lo siento si le incomodé, pero, ¿Me creería si le dijera que algo me atrajo hasta aquí?
—Es usted bueno persuadiendo a las mujeres.
—Solo cuando atrapan mi atención.
Clara sonrió nerviosa. Deseaba bailar con él y se sintió avergonzada por ello. Sabía perfectamente que estaba mal querer aquello y más porque era una mujer casada. Sin embargo, aquel desconocido le estaba haciendo experimentar cosas que jamás había sentido con su esposo. Era algo tan agradable que deseó que esa noche se repitiera una y otra vez.
Por un momento quitó todo pensamiento moral de su cabeza y se dejó llevar por lo que sentía en aquel instante. Tal vez jamás volvería a encontrarse con él, pero supo que recordaría toda su vida ese momento.
El baile fue tan efímero, Clara lo sintió como una estrella fugaz. En todo momento mantuvo su mirada puesta en aquellos oscuros—misteriosos, salvajes, atractivos—ojos.
La realidad se le vino encima cuando acabó la canción y la iluminación del lugar cambió a más claro. Algo que le dejaba ver mejor aquel atractivo rostro. Él la observaba en silencio, como si esperase algo, tal vez una reacción de ella o una palabra. Sin embargo, lo que recibió fue una disculpa por parte de Clara, quién se arrepintió totalmente de sentir aquello con alguien que no era su esposo.
Era una mujer infiel.
—Si me disculpa. —Agacho la cabeza y se alejó.
No se detuvo hasta llegar a la gran salida del casino. Necesitaba aire o un cigarro, tal vez.
Se sentía abrumada. Demasiado. Experimentar tantas cosas en tan poco tiempo era algo nuevo para ella y más si esas cosas debería sentirlas con su marido, no con un total desconocido.
Cerró los ojos con fuerza.
Quería volver adentro y encontrarse nuevamente con él. Quería saber como se llamaba y a que se dedicaba. Quería saber donde había nacido y como se llamaban sus padres. Quería saber cuales eran sus gustos y su comida favorita. Quería…
Negó con la cabeza.
¿Qué le sucedía?
Ella no era así. No pensaba esas cosas con extraños y definitivamente no engañaría a su esposo. Tal vez había sido la copa de champagne que bebió demasiado rápido. Su corazón latía de una forma que jamás había latido. Le temblaban un poco las piernas y le sudaban las manos.
Necesitaba despejar la mente.
Sin embargo, en el momento en que dio el primer paso, lo vio caminando hasta ella fumando un cigarro. Pensó que aquello le hacía ver aún más atractivo y luego se preguntó, ¿Cómo es que había salido del lugar? ¿La estaba siguiendo?
Este la observó y se detuvo frente a ella.
—¿Me está siguiendo? —La pregunta de Clara le hizo soltar una carcajada, lo que la desconcertó aún más, ¿Acaso jugaba con ella? —Disculpe, pero no debería coquetear con una mujer casada.
—Casada con un patán que se merece todo el mal del mundo por desperdiciar su tiempo divirtiéndose con otras mujeres, teniendo a una en casa que le espera.
—¿Cómo sabe eso? ¿Cómo sabe que soy la esposa que lo espera? ¿Y si hago exactamente lo mismo que él?
—No lo haría.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque de lejos puedo ver lo buena persona que es… Y eso me vuelve loco. Emanas pureza.
Clara río de manera irónica.
—¿Eso le dice a todas las mujeres que se quiere llevar a la cama?
Ahora fue él quién soltó la risa.
Dio una última calada al cigarro y lo lanzó al suelo para luego pisarlo. Dio un último paso quedando muy cerca de ella, notó su nerviosismo y sonrió al saber el efecto que tenía.
Clara soltó un suspiró. Lamió sus labios tratando de distraer aquel temblor en sus piernas. El corazón le latía tan de prisa que temía que escapara de su pecho.
—Por favor, no haga esto más difícil.
—¿Qué cosa?
—No me conoce y yo no lo conozco.
—¿Y eso no lo hace más atractivo aún?
—Por favor…
—¿Por qué pienso que estás intentando evitar todo esto que sientes? Ese idiota no merece toda esta compasión que estas teniendo.
—Porque es mi esposo, ¿Tal vez? Además, no soy ese tipo de mujer que hace tal cosa como engañar a su marido, ¿Por quién me toma señor?
Aquello lo descolocó por un segundo.
—Perdón si la he insultado, solo me he dejado llevar por el momento… yo… —Él negó con la cabeza. —Perdón. —Retrocedió un paso avergonzado.
—Esto está mal. Debo volver con Rafael o notará mi ausencia y será peor.
—¿Le-
El hombre calló al sentir la mano de Clara tomar la suya y comenzar a correr hasta el final del lugar. Todo fue bastante rápido. La mujer había logrado escuchar voces y no podía permitir que la vieran con otro hombre que no sea Rafael. Aquel extraño obligado, corrió a su lado y cuando fue bajando la velocidad, entrelazó sus dedos con los de ella frenando de golpe. Sin dejar que Clara alegara por aquello, atrapó sus labios en un apasionante beso, que al instante esta respondió sin protestar.
Estaba mal.
No debía hacerlo.
Sin embargo, su cuerpo actuaba por instinto. Aquello que sentía era algo tan fascinante que no quería soltarlo.
Sus manos fueron hasta su cabello oscuro y tiró de éste de manera suave, haciendo que el hombre respondiera apretandola más a su cuerpo. Su espalda tocó la fría muralla y el sombrero que antes estaba en su cabeza ahora yacía en el suelo. Soltó un leve gemido al notar como las grandes manos del hombre recorrían su abdomen frenando al comienzo de sus senos.
Quería más.
De manera instintiva rozó su cuerpo con el de él y gimió al sentir un bulto entre sus pantalones.
Jamás pensó que aquello era tan placentero. El sexo con su esposo era algo totalmente distinto, como el hecho de que este solo buscaba su satisfacción y obtener un heredero, algo que aún no sucedía.Sin embargo, esto era totalmente distinto. Esta sensación le hacía sentir deseada, viva y con ganas de más.
Él dejó de besarle los labios para bajar por su cuello, lo que le hizo soltar nuevamente otro gemido. Clara se sentía en el cielo.
Sin embargo, la realidad le hizo caer de golpe al escuchar el ladrido de algunos perros. Ambos se alejaron con sus respiraciones agitadas. La mujer lo observó notando la hinchazón de sus labios, ¿Qué es lo que estaba haciendo? Trago saliva. Se sentía confundida y culpable por no sentir culpa de lo que acababa de hacer. Era confuso, pero su mente no pensaba con claridad en aquel momento.
No obstante, el arrepentimiento no tardó en llegar a su cuerpo. Estaba haciendo lo mismo que su esposo y eso le hacía sentir horrible.
Por mucho que le haya gustado, sus acciones estaban mal.No podía engañar a su esposo, sentir tal cosa con otro hombre, simplemente no podía, pero era inevitable.
¿Cómo es que aquel desconocido le hizo sentir en ese pequeño momento todo lo que su marido no, en el tiempo que llevaban de casados?
Se sintió abrumada por todo lo sucedido y sin decir nada empujó a aquel atractivo sujeto y corrió hasta el cansancio.
Pensó en que tal vez aquello había sido el mejor momento de su vida y agradeció jamás volver a encontrarse con él, pues comenzó a tener miedo de aquello que sintió y de esas malditas ganas de más.