Capítulo 1
La casa estaba en silencio por primera vez en horas.
No era un silencio tranquilo.
Era uno extraño, frágil, como si cualquier pequeño ruido pudiera romperlo todo otra vez.
Ella seguía sentada en el borde de la cama con el bebé dormido sobre el pecho. Tenía el brazo entumecido y la espalda destrozada, pero no quería moverse. Cada vez que intentaba dejarlo en la cuna, volvía a llorar. Y ella ya no sabía si el llanto era suyo o del niño.
Miró el reloj del móvil.
04:13.
Otra noche más.
La luz morada del humidificador apenas iluminaba la habitación. Su pareja dormía a ratos a su lado, agotado también. Ella debería intentar dormir. Todo el mundo repetía lo mismo:
—Duerme cuando el bebé duerma.
Como si fuera tan fácil apagar una cabeza que no dejaba de hacer ruido.
En ese instante, Eira miró la pantalla del móvil. Tenía varios mensajes sin abrir. Últimamente solo respondía a su pareja y a su madre, las únicas personas con las que todavía sentía algo parecido a la seguridad. El resto se acumulaba ahí, pendiente, como pequeñas obligaciones que no tenía fuerzas para sostener.
Entre las notificaciones había mensajes de compañeros de la base, grupos silenciados y preguntas que llevaba días evitando responder. Solo ver algunos nombres hacía que el pecho se le tensara otra vez.
Bajó la mirada hacia su hijo.
Tan pequeño.
Tan perfecto.
Y, aun así, el miedo seguía ahí.
El miedo a hacerlo mal.
A no ser suficiente.
A estar rota para siempre.
Notó las lágrimas caer antes incluso de darse cuenta de que estaba llorando otra vez.
Últimamente lloraba por todo.
Por el cansancio.
Por el dolor del embarazo, que todavía parecía vivir dentro de su cuerpo.
Por las veces que intentó dar el pecho sintiéndose un fracaso.
Por las amistades que desaparecieron.
Por el trabajo al que había entregado tanto y que ahora le devolvía heridas.
Por echar de menos a la persona que era antes, sin saber si realmente quería volver a ser exactamente esa persona.
Y, sobre todo, lloraba porque quería ser feliz.
Quería mirar a su hijo y sentir solo felicidad, como parecía hacer el resto del mundo.
Pero la realidad era más complicada que las fotos bonitas de internet.
Mucho más.
El recuerdo volvió de golpe mientras acariciaba distraídamente la mejilla del bebé.
El embarazo.
Las noches mirando el techo sin poder dormir porque el miedo no la dejaba respirar tranquila.
Las revisiones médicas en las que fingía estar bien mientras, por dentro, solo quería echarse a llorar.
Las veces que buscó en internet cada síntoma, cada dolor, cada posibilidad horrible.
Su embarazo había sido de riesgo desde muy pronto.
Y desde entonces sintió que nunca conseguía relajarse de verdad.
Vivía esperando una llamada, una analítica, una revisión, una mala noticia.
Aprendió demasiado rápido palabras médicas que jamás quiso conocer.
Aprendió a detectar el miedo en la cara de los médicos, aunque intentaran sonar tranquilos.
Cada semana parecía una meta nueva.
Cada ecografía traía alivio...
Y después, otra vez ansiedad.
La gente seguía diciéndole:
—Disfruta del embarazo.
Y ella quería gritar.
Porque no se sentía bonita ni radiante.
Se sentía cansada. Asustada. Agotada emocionalmente.
Como si su cabeza nunca pudiera descansar del todo.
Recordaba tocarse la barriga esperando encontrar calma y descubriendo únicamente un corazón que latía demasiado rápido.
Y, aun así, también recordaba los momentos pequeños.
La primera patada fuerte.
Las madrugadas hablando bajito con su hijo antes incluso de conocerlo.
La mano de su pareja sobre su barriga mientras imaginaban cómo sería su cara.
Eso era lo que más le dolía.
Que incluso en los peores momentos había amor.
Un amor inmenso. Brutal. Animal.
Y precisamente por eso el miedo había sido tan grande.
Miró otra vez a su hijo dormido sobre ella.
Tan vulnerable.
Tan suyo.
Escuchó su respiración tranquila.
Sintió el peso cálido de su cuerpo descansando contra el suyo.
Y entonces lo entendió.
Lo entendió de verdad.
No quería morirse.
Solo quería dejar de sentirse así.








