Pŕologo:
—El amor llega cuando menos te lo esperas —comentó mi madre mientras terminaba de trenzar mi cabello.
Mi madre era alguien dulce. Cuando descubrió que estaba embarazada, mi padre y ella se llenaron de felicidad. Ella creía que el amor era como en las novelas románticas: perfecto, eterno, casi irreal. Y supongo que heredé eso de ella. Aunque, con el tiempo, entendió que no era así. Solía llamarlo “la horrible pero hermosa coincidencia”.
La relación con mi padre era complicada. Gracias a su trabajo, casi siempre estaba fuera del país. Aun así, mamá lo esperaba con la misma ilusión de una protagonista enamorada.
A los veinticinco años quedó embarazada y, dos años después, papá le pidió matrimonio. Amaba escuchar aquella historia. La forma en que él se arrodilló frente a ella, la nieve cayendo lentamente alrededor, el temblor en la voz de mamá mientras contaba cómo había llorado de felicidad… Todo sonaba como uno de esos libros que ella leía por las noches.
Y quizás fue justo ahí donde comenzó mi amor por la lectura. Sobre todo por el romance.
Me encantaba la sensación que dejaban aquellas historias: los cosquilleos en el estómago, las sonrisas inevitables, la absurda necesidad de creer que el amor podía salvarlo todo.
Entonces la puerta principal se abrió y mis pensamientos desaparecieron de golpe. Papá acababa de llegar a casa.
Tenía el rostro cansado y los ojos apagados por el viaje, pero, en cuanto me vio correr hacia él, sonrió.
—Esa es mi niña —pronunció con tanta dulzura que terminé sonriendo aún más.
Me alzó entre sus brazos y lo abracé con fuerza.
—Te extrañé, papi.
—Yo también, Elise —susurró antes de dejarme en el suelo para acercarse a mamá.
Ella se levantó rápidamente de su asiento y caminó hacia él con una sonrisa imposible de ocultar.
—Te eché de menos, cariño.
Entonces se abrazaron.
Papá había viajado por una entrevista de trabajo y, por fin, estaba de vuelta en casa. Todos parecíamos felices. Cenábamos juntos, reíamos, jugábamos hasta tarde…A veces pensaba que el mundo era exactamente así.
Perfecto.
Como si no existieran los rechazos, las despedidas o las personas rotas. Como si todo girara alrededor del amor.
Con el paso de las semanas, comenzamos a decorar la casa. Las fiestas se acercaban y debíamos prepararnos para la nieve. Sí, la hermosa nieve. O, al menos, eso era lo que yo creía.
Era 24 de diciembre.
El jardín estaba cubierto de blanco mientras papá y yo terminábamos un muñeco de nieve. Mis dedos estaban helados y mis mejillas completamente rojas, pero aun así no dejaba de reír.
—¡Cariño! ¡Elise! ¡Ya casi son las doce! —gritó mamá desde la ventana de la cocina, incapaz de ocultar la emoción.
Papá y yo corrimos hacia el interior de la casa.
Mamá sostenía el móvil entre las manos, observando la hora con impaciencia. Cuando mi reloj de búho marcó las doce, papá me levantó entre sus brazos y mamá se colocó junto a nosotros, frente a la ventana.
Entonces comenzaron los fuegos artificiales. El cielo se iluminó de colores y, por un instante, sentí que estaba presenciando algo mágico.
Mamá besó a papá y, segundos después, ambos comenzaron a llenarme el rostro de besos y abrazos mientras yo reía sin parar.
Horas más tarde, estaba subida sobre los hombros de mi padre colocando la estrella en el árbol. Mamá grababa todo mientras reía, y papá fingía perder el equilibrio solo para escuchar mis gritos.
Y entonces llegó la mejor parte de la noche. Los regalos. Primero abrí el de papá.
Una cámara pequeña, unas muñecas y una capa de superheroína.
Pero cuando abrí el regalo de mamá, me quedé completamente inmóvil.Era un libro de romance.
Mi primer libro de romance real.
Levanté la mirada hacia ella y, sin siquiera pensarlo, corrí a abrazarla.
—¡Mami! ¡No puedo creerlo! ¡Es mi primer libro serio y no un cuento de fantasía! —exclamé al borde de las lágrimas.
Ella soltó una pequeña risa y acarició mi cabello. Y sí. La magia de la Navidad era única.








