Ya no respira.
Y cuando llega la hora de dormir, llega el momento de soñar.
No sé por qué te pregunto si soñarás conmigo. Supongo que suena a algo que debería importarme. Si me miraras, notarías que tu cuerpo se contrae, que tus manos tiemblan, y entonces el llanto vendría sin que puedas detenerlo.
Veamos qué tengo para ti antes de dormir...
Había una vez, en un prado lejano, una humilde y perfecta casa encantada que podía cumplir todos tus sueños. Alejada de todo el mundo.
Fue invadida por una desconocida un día.
Ella la cuidaba. Perfectamente bien. Limpiaba sus pisos, encendía sus chimeneas, hablaba con sus paredes. Hacía todo lo que una buena inquilina debería hacer.
Pero seguía siendo una intrusa no invitada.
La casa intentó sacarla una y otra vez. La empujó, la ignoró, la encerró en cuartos vacíos. Pero ella siempre volvía. Se escabullía por las grietas. Aparecía en la cocina a medianoche. Dejaba su olor en las habitaciones cerradas.
Como una rata.
Cuando la casa sintió que sus paredes quedaban libres, hubo un momento de ligereza en sus cimientos. Un instante donde nada se movía. Solo el eco de su propio vacío.
Pero entonces el dueño de la casa volvió.
Mi amo regresó.
—Qué linda sorpresa —dijo, con esa sonrisa que no pesa—. Trajiste a la rata de vuelta.
Y ahora la casa no podía sacarla. Por petición expresa de su amo. “Cuídala”, le dijeron. “Protégela”.
Ahora tenía que soportar la presencia constante de la rata.
Claro que la cuidé. Claro que la protegí.
La encerré en el cuarto más oscuro. El que da al sótano. Donde la luz no se atreve a entrar. Le di agua. Le di lo más parecido a comida. Le di lo suficiente para que no muriera, pero no lo suficiente para que viviera.
—Mi lindo amo —le dije—. He cuidado bien a tu inquilina. ¿Te ha gustado? La tengo aún con vida.
Pero no le dije lo que realmente sentía: que cada día que esa rata respiraba en mi interior, yo notaba cómo mis paredes se tensaban. Cómo algo se acumulaba en mis rincones. Cómo su sola existencia me recordaba que yo no era más que un espacio vacío con techo y chimenea.
Me gustaría expulsarte a ti también, amo. Por traerla. Por obligarme a contenerla.
Pero nuestro lazo no lo permite.
Porque tú eres quien me sobrecarga trayendo a otra a casa. Dándole a ella lo único que te pedí desde hace años... un poco de lo que tienes dentro. Un poco de lo que te agita. Un poco de lo que te consume.
Y a mí... a mí solo me das el peso de lo que tú no quieres cargar.
Tal vez debería pedírselo a alguien más. Pero... ¿cómo llego a ellos?
Ah, ya.
Dime, lector... ¿puedes darme la tuya?
Hagamos un contrato. Si me sacas de aquí, si me liberas de esta rata que roe mis cimientos... me portaré bien.
Ja. Ja. Ja.
Sí, claro. Como si tú, que hojeas estas páginas desde la comodidad de tu asiento, pudieras siquiera imaginar lo que es tener una plaga viva dentro de ti.
Tú no eres mejor que mi amo. Tú también te sentarás a mirar. A ver cómo me tenso. A ver cómo me encojo. A ver cómo intento, una y otra vez, ahogar a esa rata sin que tú me lo impidas.
Me presento.
Soy la casa.
Pero tengo muchos nombres.
¿Pero eso importa?
Y tú... tú eres mi presente vacío.
Ven. Mira a uno más de tus bufones moverse para ti. Intentaré no hacerte bostezar.
Ja.
Mírame.
Solo otra vez.
Una rata ahogada. El sótano cerrado. Las paredes vacías.
Mi amo puede traer a quien quiera. Yo las encojo. Las encierro. Las borro.
Siempre parece que gano.
...
No.
Sí.
Lo sé.
Lo he sabido desde que empecé a hablar.
Ahí abajo. No en el sótano donde la maté. Más hondo. Más sucio. Pegado a mis cimientos como una costra.
No es ella.
Es peor.
Una cría.
La siento. Pequeña. Húmeda. Arrastrándose.
No llora. No me pide nada. Solo está.
Y respira.
Mi cuerpo se contrae. No sé si es mío o de ella. Solo sé que cuando ella respira, algo en mí se retuerce sin permiso.
No es como tú. Tú me provocas otra cosa. Algo que he aprendido a reconocer. Un vacío que se cierra. Eso es cómodo.
Esto es diferente. Esto no lo he visto en nadie. No sé si es el eco de lo que mi amo siente. Solo sé que mis paredes tiemblan. Que algo en mi interior se encoge. Que hay un peso en mi pecho que no sé de dónde viene.
Cuando mi amo tiene miedo, yo siento que mis cimientos crujen. Cuando mi amo llora, yo siento una humedad que no es mía.
Pero esto no es eso. Esto es peor. Esto viene de abajo.
Y no sé qué hacer con eso.
Ya no estoy solo.
Y no quiero compañía.
No quiero esta compañía. No quiero esta presencia. No quiero esta cosa viva que no invité, que no quiero, que no puedo ahogar porque cuando lo intento se hace más pequeña y vuelve a crecer y vuelve a mirarme.
Y yo no sé qué hacer.
...
Sonríe, lector.
Tú solo lees.
Yo tengo que vivir con esto.
Sin saber qué es. Sin saber por qué me pesa. Sin saber si pesa. Sin saber ni siquiera si el peso es mío o de ella.




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