Capítulo 1
Cinco minutos.
Ese era el tiempo exacto que tardaba el destino en recordarme que yo no era más que un espectador cobarde en la vida de los demás. Cinco minutos completos de una muerte ajena que se reproducían en mi mente en tiempo real, desgarrándome los sentidos mientras el resto del mundo seguía girando con aterradora normalidad.
La cafetería del centro estaba llena a esa hora de la tarde. El murmullo constante de las conversaciones, el tintineo de las tazas de porcelana y el vapor denso de la máquina de espresso creaban una atmósfera extrañamente pacífica. Para cualquiera de las personas que se encontraban allí, era un jueves cualquiera. Para mí, era caminar sobre una cuerda floja.
Por eso vivía con la cabeza gacha. Por eso miraba siempre mis propios zapatos, el suelo o la pantalla de mi computadora. En mi mundo, el contacto visual no era un gesto de educación; era abrir una puerta al mismísimo infierno. Si mis ojos se conectaban con los de un extraño por más de tres segundos, la maldición se cobraba su precio.
Intentaba mantener la mirada fija en mi trabajo, concentrado, pero el peligro de mi condición radicaba en que el mundo exterior nunca se quedaba quieto. Fue inevitable.
Un hombre de unos cuarenta años, apresurado, vistiendo un traje elegante y hablando con voz alta por teléfono, tropezó levemente con el borde de mi mesa al intentar esquivar a una mesera. Su computadora y sus papeles se sacudieron, obligándome a levantar la vista por puro instinto.
El hombre, deteniéndose a medio camino, bajó el celular y me miró fijamente para disculparse. Sus ojos se clavaron en los míos. Un segundo. Dos segundos. Intenté desviar la vista, pero ya era tarde. En el tercer segundo, sus pupilas se dilataron y la cafetería, las luces y el aroma a café desaparecieron por completo. Comenzó el calvario.
El aire a mi alrededor se volvió espeso, helado y se inundó con un olor penetrante a gasolina y neumáticos quemados. El cronómetro invisible en mi cabeza empezó a correr su marcha fúnebre.
Ya no estaba sentado frente a mi mesa; estaba atrapado en el asiento del copiloto de un auto. Durante los primeros dos minutos, solo hubo una discusión brutal. El hombre le gritaba a alguien a través del manos libres del vehículo, con las venas del cuello a punto de estallar por la furia. Estaba ciego de rabia, acelerando más y más sobre el asfalto mojado por una tormenta nocturna. Yo estaba ahí, atrapado detrás de sus propios ojos, obligado a escuchar cada uno de sus gritos, sintiendo cómo el chasis vibraba a una velocidad suicida.
Para el minuto tres, el pánico absoluto reemplazó a la ira. Los faros de un camión enorme invadieron el carril contrario en una curva cerrada. Vi sus manos aferradas al volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, y sus ojos se inyectaron en sangre a través del reflejo del retrovisor.
El cuarto minuto fue una lenta agonía de frenos que chirriaban y un derrape eterno que parecía no terminar jamás. El tiempo se estiró de forma perversa en mi mente mientras la enorme estructura de metal se nos venía encima.
Y el último minuto... el último minuto fue el horror puro. El estallido ensordecedor del vidrio, el crujido del metal aplastándose directamente contra su pecho, sus pulmones colapsando ante la presión y, finalmente, ese silencio denso, macabro y frío, donde la vida se le escapaba del cuerpo en la oscuridad.
Cuando los cinco minutos de tormento terminaron, parpadeé.
El olor a gasolina se esfumó en un suspiro. Volvía a respirar el aroma a granos de café tostado. En el mundo real, no había pasado ni un solo segundo; mi mente simplemente había procesado todo a una velocidad aterradora.
El hombre seguía ahí, terminando de decir su frase:
—...Disculpa, no te vi —concluyó con una sonrisa rápida y descuidada, antes de darse la vuelta y continuar con su llamada mientras caminaba hacia la salida.
Estaba vivo. Al menos por ahora. Podían ser semanas, meses o apenas unas pocas horas, pero su final ya estaba escrito de forma irrevocable dentro de mi cabeza. Y yo no podía hacer nada para cambiarlo. Ya lo había intentado en el pasado, y el destino siempre encontraba la forma de cobrarse la deuda.
Apreté los dientes, sintiendo las uñas clavarse con fuerza en las palmas de mis manos para intentar contener el temblor de mi cuerpo. El aire no entraba correctamente en mis pulmones; todavía podía sentir el eco fantasma del impacto del parabrisas en mi propio pecho.
Cerré los ojos y apoyé los codos en la mesa, sosteniendo mi cabeza, esperando pacientemente a que el zumbido ensordecedor en mis oídos se dignara a desaparecer. Estaba tan mareado que el mundo a mi alrededor parecía girar en el sentido equivocado. Cargar con las muertes de los desconocidos a través de una simple mirada era un peso que me estaba consumiendo vivo.
Entonces, sucedió.
El ruido de la cafetería pareció apagarse de golpe, pero no de la forma caótica y violenta en que lo hacía durante una visión. Fue una calma real. Un silencio absoluto, nítido y profundo que me obligó a abrir los ojos de inmediato.
Un hombre acababa de cruzar la puerta de entrada, y la marea de gente que se amontonaba cerca de las mesas pareció abrirse a su paso de forma casi natural.
Vestía un traje de tres piezas gris oscuro, cortado a la medida de sus hombros con una precisión que rozaba lo quirúrgico. Su sola presencia destilaba un estatus y una sofisticación tan altos que llegaban a resultar intimidantes. Caminaba con la seguridad implacable de quien no necesita pedir permiso en ningún lugar porque, de alguna manera, ya es dueño de todo lo que lo rodea.
Cruzamos miradas por una breve fracción de segundo. Sus ojos eran oscuros, analíticos y sumamente fijos, enmarcados por unas facciones firmes y pulcras que parecían talladas en piedra.
Apreté los músculos de mi espalda y contuve el aliento de forma instintiva. Pasó el primer segundo. Pasó el segundo. Llegó el tercero. Me quedé congelado, esperando el golpe. Esperé el olor a sangre, el sonido de algún impacto mortal, los cinco minutos de horror gráfico que debían proyectarse en sus pupilas. Me preparé mentalmente para el inminente colapso.
Pero no pasó nada.
Sostuvimos la mirada por cuatro, cinco, seis segundos, y mi mente se quedó en un blanco perfecto, una experiencia que jamás había tenido desde que tenía memoria. No hubo imágenes de accidentes, no hubo olores extraños, no hubo dolor ajeno. Sus ojos eran como un océano oscuro y en calma que absorbía mi maldición. Su futuro no era una tragedia escrita; era un vacío absoluto y pacífico que me devolvió el aire a los pulmones de un solo golpe.
El hombre apartó la vista con indiferencia y continuó caminando con elegancia hacia la barra. Fijé la mirada en él, completamente abrumado por una oleada de paz que me resultó tan extraña como adictiva. El zumbido en mis oídos había desaparecido por completo. El temblor en mis manos se detuvo.
—Señor Nathan... —escuché que el empleado de la barra lo saludaba con un tono cargado de un profundo respeto, confirmándome que el hombre no era una especie de espejismo de mi mente perturbada.
Nathan asintió levemente con la cabeza hacia el empleado, sin perder la postura recta, y ordenó algo con una voz grave y pausada que llegó hasta mis oídos con total claridad. Era una voz que transmitía una calma inquebrantable.
No podía apartar los ojos de él. Era físicamente imposible. Para alguien que vivía rodeado del ruido constante de la muerte, ese hombre representaba la única habitación insonorizada en el mundo. Un lienzo en blanco. Un misterio viviente. ¿Por qué mi habilidad no funcionaba al mirarlo a él? ¿Qué lo hacía diferente al resto de la humanidad?
Supongo que mi insistencia terminó por romper su paciencia.
Nathan recibió un vaso térmico de manos del empleado, pagó sin siquiera mirar la cantidad de dinero y, antes de dar la vuelta para retirarse, giró el rostro directamente en mi dirección.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos una vez más. Esta vez no fue una mirada casual. Sus cejas se juntaron apenas un milímetro, demostrando que había notado perfectamente que lo estaba observando como si hubiera visto un milagro, o un fantasma.
Cualquier persona normal se habría sentido intimidada por la frialdad de su expresión y habría bajado la cabeza de inmediato. Pero yo no era una persona normal, y la desesperación por mantener esa paz en mi mente era mucho más fuerte que mi sentido común. No dejes de mirarlo. Lo miré con fijeza, casi suplicando en silencio que no se marchara, que no se llevara el silencio con él.
Nathan sostuvo mi mirada durante unos segundos que se sintieron eternos. Pareció estudiar la palidez de mi rostro, las ojeras marcadas bajo mis ojos y la forma en que mis dedos seguían aferrados al borde de la mesa de madera. Su expresión indescifrable cambió de forma casi imperceptible; la dureza de su mirada dio paso a una sutil curiosidad.
En lugar de caminar hacia la salida del establecimiento, Nathan dio un paso en mi dirección. Luego otro.
El crujido de sus zapatos de cuero costoso contra el suelo de la cafetería marcaba un ritmo pausado. Con cada centímetro que acortaba entre nosotros, la sensación de alivio en mi pecho se hacía más densa, más fuerte. Era como si sus ojos levantaran un escudo invisible que me protegía del resto de los mortales.
Se detuvo justo frente a mi mesa. Su figura alta bloqueó la luz del techo, proyectando una sombra protectora sobre mí. Desde tan cerca, pude percibir el aroma sutil de su loción, una mezcla de madera noble y un toque metálico y frío que encajaba a la perfección con su imagen de director corporativo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó. Su tono de voz era educado, pero cargado de una autoridad natural que exigía una respuesta—. Me has estado mirando como si esperaras que cayera muerto en cualquier momento.
Una ironía amarga golpeó mi garganta, pero me obligué a tragarla. Si él supiera la verdad absoluta de mis pensamientos, probablemente me tomaría por un loco y llamaría a seguridad.
—Estoy bien —logré articular, aunque mi voz sonó un poco más rasposa de lo que hubiera querido—. Solo... fue un mareo repentino. Disculpe la molestia, señor Nathan.
Él arqueó una ceja, claramente sorprendido de que supiera su nombre, aunque segundos antes el empleado lo había pronunciado en voz alta. Nathan no pareció convencido con mi respuesta. Bajó la mirada hacia mi mesa, observando la computadora portátil encendida y mis manos que, poco a poco, recuperaban su color natural.
—No pareces estar bien —sentenció con una frialdad ejecutiva, pero sin mostrar intenciones de marcharse—. Tu ritmo cardíaco parece acelerado desde aquí.
Extendió su mano libre y, con un movimiento lento y calculado, dejó una pequeña tarjeta de presentación con bordes plateados sobre la superficie de madera, justo al lado de mis dedos. El diseño era minimalista y pulcro, con un nombre y un logotipo que no alcancé a distinguir del todo.
—Trabajo en el edificio corporativo de enfrente —continuó, fijando sus ojos oscuros en los míos con una intensidad que me erizó la piel—. Si el mareo continúa o si necesitas asistencia médica real, mi secretaria puede ayudarte. No es buena idea que te quedes solo en ese estado.
Dicho eso, Nathan acomodó el cuello de su abrigo con un gesto impecable, me dedicó un último asentimiento con la cabeza y se dio la vuelta para salir de la cafetería, llevándose consigo la imponente sombra que me cubría y rompiendo el contacto visual.
Me quedé estático en mi sitio, viendo cómo cruzaba la puerta de cristal y se perdía entre la multitud de la avenida principal. En el instante en que desvió los ojos y se alejó lo suficiente, el murmullo de la cafetería volvió a golpearme los oídos con fuerza, y el aire recuperó su peso asfixiante. El refugio se había terminado.
Bajé la mirada hacia la tarjeta que había dejado sobre la mesa. Mis dedos temblorosos la tomaron con cuidado, dándole la vuelta para leer las letras grabadas con un relieve elegante.
En el centro del papel, el nombre "Nathan" destacaba con un estatus indiscutible. Pero lo que me congeló la sangre no fue su nombre de CEO, sino el pequeño y estilizado logotipo que se encontraba justo debajo de su cargo corporativo. Una figura geométrica entrelazada que yo ya conocía muy bien.
Era exactamente el mismo símbolo que había visto reflejado en la pupila del hombre del auto en mi visión de hace unos minutos; un pin metálico que llevaba en el saco. El mismo símbolo que, según mis registros, aparecía misteriosamente en los expedientes o pertenencias de cada una de las personas cuyas muertes había presenciado durante los últimos tres años.
Apreté la tarjeta contra mi pecho, sintiendo que el corazón me daba un vuelco doloroso.
Nathan no era una simple casualidad. Nathan no era solo un hombre elegante que me daba paz. Era el centro de la telaraña. Y sin saberlo, acababa de entregarme la primera pista del enigma que me estaba destruyendo la vida.








