Prólogo
Año 1692, Reino de León.
A sus 30 años, Doña Victoria de Guzmán era un enigma que la Iglesia no podía seguir tolerando. Mientras el tiempo marchitaba la belleza de las damas de la corte, la Duquesa de Santiago conservaba su juventud con una piel de porcelana, una mirada verde profunda y una cabellera rojiza. Para el pueblo, aquella juventud y ese extraño cabello rojo no eran una virtud, sino el sello de un pacto con el maligno.
Victoria entendía que los rumores sobre aquelarres y rituales en lo profundo del bosque no eran más que semillas plantadas por sus enemigos para arrebatarle sus tierras. Durante meses había implorado audiencia y protección a la corona, clamando justicia por su linaje. Sin embargo, el rey, Mateo I, un monarca frío y tirano, terminó por darle la espalda, en especial por el desprecio que la corte sentía hacia ella por tratarse de una hija ilegítima que no merecía ser duquesa.
Mateo había estado siendo manipulado por el conde, Esteban de Montenegro, primo de Victoria y mano derecha del soberano. Finalmente, Mateo I firmó el pergamino donde despojaba a Victoria de su nobleza y la entregaba a la inquisición, condenándola así a las llamas de la hoguera bajo el cargo de hechicería.
El 21 de noviembre, la Plaza de los Ahorcados se llenó de un odio ferviente. Victoria, encadenada y bañada en grasa, fue conducida a la pira como una criminal común.
—¡Bruja! —gritó una mujer entre la multitud.
Una piedra impactó contra la madera de la pira y otra más rozó la frente de Victoria. Nadie habló en su defensa. En ese momento entendió que iba a morir en absoluta soledad.
Victoria alzó la vista hacia el estrado real y encontró los rostros de sus verdugos. Esteban de Montenegro no ocultaba su júbilo, pues sonreía descaradamente con satisfacción, saboreando el momento en que el ducado de Santiago pasaría a sus manos. A su lado, el Rey Mateo I permanecía sereno. Victoria buscó en él una señal de duda o un gesto de arrepentimiento, pero sólo encontró un par de ojos, gélidos y distantes, que no mostraron ni un ápice de remordimiento por la mujer a la que acababa de sentenciar. Quizá, para él, ver arder a Victoria no era más que otro asunto de Estado.
—Ojalá exista otra vida… —susurró Victoria mientras el fuego comenzaba a devorar la madera.
En ese instante, el odio hacia el rey y su traidor primo se cristalizó en su alma. Justo cuando el humo negro invadió sus pulmones y el dolor se volvió insoportable, una voz antigua y profunda retumbó en su conciencia:
“Te daré la oportunidad de vengarte, Duquesa…”
Cuando las llamas finalmente se extinguieron, el horror recorrió la plaza. No había huesos entre las cenizas. El cuerpo de la “bruja” se había esfumado, dejando atrás una promesa de sangre que el Reino de León no tardaría en pagar.








