Prólogo: El valor de un trozo de tierra
Caminaba por las calles heladas, arrastrando los pies.
A mis doce años, mi mundo se reducía a la ropa harapienta que llevaba puesta, a la mugre pegada a la piel y al frío de un invierno que amenazaba con congelarme la sangre.
Ser huérfano me había enseñado la única lección que importaba en este maldito lugar: cómo sobrevivir un día más.
De pronto, el silencio de la noche se rompió. Un grupo de doce hombres con armaduras pasó corriendo a mi lado, exaltados. Sus gritos sonaban en los callejones; decían que habían atrapado a un demonio espía.
"Seguramente lo colgarán en la plaza del pueblo", pensé. En otro momento habría sentido lástima, pero en las calles aprendes que los demonios hacen exactamente lo mismo con nosotros cuando nos atrapan.
Aquí nadie es inocente.
Odio este lugar. Odio el frío. Mientras me acurrucaba contra una pared de piedra intentando retener el poco calor que me quedaba, una idea ridícula cruzó mi mente.
Dios, cómo desearía ser el Elegido de las leyendas... o al menos, algo más realista: un simple labrador. Alguien con un techo, con un plato de sopa caliente y ovejas que guiar.
Pero sé que pido demasiado. Este invierno viene fuerte, y mi única meta real esta noche no es salvar al mundo... es averiguar si podré sobrevivir hasta el amanecer.








