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Bajo las Reglas de Mami

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Summary

Tras una extenuante semana de exámenes, Mateo cree que su mayor preocupación es el inicio de la universidad. Sin embargo, al cumplir los dieciocho años, su madre, Hélène, decide que es momento de cambiar las reglas del juego. Una suite de lujo frente al mar y una complicidad que rompe cualquier límite moral. Entre la sumisión y el deseo reprimido por años, Mateo descubrirá que el regalo de Hélène no tiene vuelta atrás, especialmente cuando el juego se convierte en la firme promesa de asegurar su futuro juntos. ​Una historia de obsesión, control y secretos familiares oscuros.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Escapada

⚠️ ADVERTENCIA DE CONTENIDO (18+): Esta historia es un relato erótico de ficción que contiene tropos de romance oscuro y relaciones tabú (incesto). Incluye dinámicas de dominación, lenguaje altamente explícito y situaciones morales complejas. Si este tipo de contenido no es de tu agrado, te sugiero abandonar la lectura.

La puerta principal se abrió con un leve chirrido y Mateo entró al recibidor, dejando caer su mochila escolar a un lado con un suspiro pesado. Venía agotado tras una larga jornada de exámenes finales, pero el desgano se disipó en un segundo en cuanto un aroma cálido inundó sus sentidos: lasaña de carne recién horneada, su comida favorita.

Se encaminó hacia el comedor, acomodándose la playera blanca. Al cruzar el arco de la entrada, se topó con Hélène, quien ya lo esperaba sentada a la mesa. A pesar de haber pasado todo el día lidiando con la contabilidad de la empresa, lucía impecable con una blusa ligera que entallaba con elegancia su silueta. Al verlo, apoyó los codos sobre la madera y le dedicó una sonrisa tranquila, mientras sus ojos verdes lo recorrían de arriba abajo.

—Llegas justo a tiempo, mi amor —dijo Hélène, señalando el plato humeante—. Sienta que se va a enfriar.

Mateo sintió el habitual vuelco en el estómago que le provocaba la intensa presencia de su madre. Caminó a su lugar y se sentó, intentando mantener una postura natural.

—Huele increíble, mamá. Gracias —murmuró. Cortó un trozo generoso de la lasaña y se lo llevó a la boca, cerrando los ojos un instante—. De verdad te quedó perfecta. Necesitaba esto después de hoy.

Hélène soltó una pequeña risa, complacida, mientras tomaba un sorbo de agua.

—Me lo imagino. ¿Tan terrible estuvo el examen de matemáticas? —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante.

—Peor de lo que pensaba —respondió Mateo, desviando la vista hacia su plato para evadir sus ojos—. El profesor puso problemas que ni siquiera venían en la guía de estudio. Creo que alcancé a salvar la nota para pasar, pero todos en el salón salieron quejándose.

—Bueno, el estrés ya pasó, eso es lo importante. Conociendo lo mucho que estudiaste en tu habitación estas últimas noches, estoy segura de que te fue excelente —comentó Hélène con tono suave, analizando el sutil nerviosismo que el chico mostraba cada vez que ella lo elogiaba—. En la oficina tampoco estuvo muy tranquilo hoy. Tuvimos una auditoría interna y pasé tres horas encerrada explicando los reportes. Terminé con un dolor de cabeza espantoso, pero ver que disfrutas la cena hace que valga la pena el esfuerzo.

Mateo levantó la mirada, encontrándose de golpe con su sonrisa. El calor subió rápidamente por su cuello.

—Qué bueno que ya estás libre entonces —atinó a decir el adolescente, aclarándose la garganta antes de seguir comiendo apresuradamente.

Terminaron la cena compartiendo algunos comentarios más sobre los planes de graduación. Al acabar, Hélène se puso de pie con elegancia y caminó hacia la sala.

—Deja eso en el fregadero, Mateo. Busquemos una película en la televisión para relajarnos un rato, nos hace falta a los dos.

El chico obedeció en silencio. Cuando entró a la sala, la luz principal estaba apagada, dejando únicamente la iluminación cálida y tenue de una lámpara de pie en la esquina. Hélène ya estaba acomodada en el sillón de cuero oscuro, con las piernas cruzadas. Mateo caminó con timidez y se sentó a su lado, manteniendo una distancia prudente en la orilla del mueble.

Mientras los créditos de inicio comenzaban a proyectarse, Hélène dejó el control de lado y giró el rostro hacia él. La luz ámbar resaltaba las facciones maduras de su rostro.

—Estaba pensando en algo importante —comentó ella, capturando por completo la atención de Mateo—. Este fin de semana es tu cumpleaños número dieciocho. Es una fecha muy especial, así que preparé una escapada para los dos solos. Reservé una suite de lujo frente a la playa desde el viernes. Nos vendrá bien el mar para festejar.

Mateo parpadeó un par de veces, sorprendido. La sola idea de estar a solas con ella en un hotel de ese nivel hizo que su pulso se acelerara debido a las fantasías prohibidas que guardaba en secreto.

—¿A... a la playa? —tartamudeó, frotándose las manos contra sus vaqueros—. Suena genial, mamá, de verdad... pero es que ya tenía planes con los chicos de la escuela. Hab habíamos quedado en ir a un bar el sábado por la noche para celebrar que ya soy mayor de edad.

La expresión de Hélène no cambió; simplemente se tornó más calculadora. Con un movimiento fluido, se deslizó por el sofá, acortando la distancia física hasta que Mateo pudo percibir su perfume. Ella extendió su brazo izquierdo y lo apoyó sobre el hombro del chico, ejerciendo una presión sutil pero dominante que lo obligó a quedarse rígido.

—Los dieciocho solo se cumplen una vez en la vida, Mateo —le susurró Hélène con una voz suave y cargada de una autoridad absoluta—. Tus amigos van a tener todo el año para salir de fiesta contigo, pero este fin de semana es nuestro. Quiero que lo pases conmigo, en un lugar donde estemos tranquilos y donde dejes de contenerte tanto cuando estás a mi lado. Nos merecemos ese tiempo a solas, ¿no te parece?

Los dedos de Hélène se hundieron suavemente en la tela de su playera, acariciando la base de su hombro. Mateo sintió que la respiración se le cortaba. Atrapado por su presencia y la fijeza de sus ojos verdes, un intenso sonrojo carmesí invadió sus mejillas. Completamente desarmado, entrelazó sus manos sobre el regazo y asintió con la cabeza, sumiso.

—Está bien... tienes razón, mamá —alcanzó a decir con voz temblorosa—. Les escribiré al grupo para decirles que lo dejamos para el próximo fin de semana.

Hélène sonrió con absoluta suficiencia, acariciando su hombro una última vez. Su plan avanzaba a la perfección.

En su habitación, Hélène mantenía las puertas del clóset abiertas de par en par, iluminada apenas por la luz tenue de las lámparas de noche. Con un dedo índice de uñas bien cuidadas, deslizaba los ganchos uno a uno, analizando cada prenda con un brillo calculador en sus ojos verdes.

—Debo elegir muy bien —se dijo en un susurro—. Ropa casual que marque mi silueta... un bikini que no deje espacio a la imaginación... y una bata de dormir.

Colocó las prendas sobre la cama y tomó la bata. Era una pieza de seda negra, tan fina que resultaba casi traslúcida al tacto, diseñada para ceñirse a sus curvas maduras. Hélène la sostuvo frente al espejo de cuerpo entero, sonriendo con suficiencia.

—Debo ser irresistible —concluyó, guardando todo meticulosamente en su equipaje de mano. Cada prenda era una pieza de ajedrez en un juego que ya tenía ganado.

El amanecer llegó con un cielo despejado. Mateo, aún con los ojos adormilados y vistiendo una playera gris holgada, cargó la maleta de su madre hacia la cochera. Hélène abrió la cajuela con el control remoto mientras se ajustaba unos lentes de sol oscuros.

—Asegúrate de que quede bien sujeta, Mateo. No queremos que nada se mueva en el camino.

—Sí, mamá, ya está todo listo —respondió el adolescente, cerrando la cajuela con un golpe firme.

Horas después, el motor del auto se apagó por completo al frente del imponente hotel de lujo en la costa. Dejando atrás el bullicio de la ciudad, Hélène acomodó el vehículo perfectamente entre las líneas del estacionamiento privado flanqueado de palmeras altas y vegetación tropical.

Ella vestía unos pantalones de lino blanco y una blusa sin mangas que dejaba al descubierto sus hombros bronceados, desprendiendo ese aroma a perfume costoso que volvía loco al chico. Antes de abrir las puertas para bajar, aprovechó la intimidad del espacio cerrado. Retiró la mano derecha del volante y la deslizó suavemente hacia el lado del copiloto, posando sus dedos cálidos sobre el muslo de Mateo, justo por encima de su rodilla.

El contacto mandó una descarga eléctrica directo a la espina dorsal del chico, quien se tensó por completo.

—No tienes por qué estar nervioso conmigo, Mateo —le dijo Hélène con voz arrastrada y segura, mientras sus dedos daban una sutil caricia—. A partir de hoy, las reglas cambian. Disfruta el viaje.

Mateo entrelazó sus manos con fuerza en el regazo, tragando saliva con dificultad. El sonrojo carmesí invadió sus mejillas mientras sentía el calor de la mano de su madre en su pierna, obligándolo a lidiar con una inevitable reacción física que ya no podía ocultar en ese espacio tan reducido.

—Llegamos, mi amor —anunció Hélène con calma absoluta. Se retiró los lentes de sol y fijó sus expresivos ojos verdes en él—. Ayúdame con el equipaje, por favor.

—Sí, claro... de inmediato —respondió Mateo, saliendo apresuradamente para evitar quedarse atrapado en su mirada.

El calor húmedo del exterior lo golpeó de golpe, impregnado de salitre. Tomó las dos maletas de la cajuela mientras Hélène bajaba del auto con elegancia innata, alisando su blusa ligera. Caminaron hacia la gran entrada de cristales giratorios del hotel, con Mateo un paso por detrás.

Al cruzar el umbral, el aire acondicionado del lobby los recibió con una frescura reconfortante. El espacio era inmenso, con columnas de mármol y un gigantesco ventanal de piso a techo que permitía ver la playa privada. Hélène caminó directo hacia el mostrador de recepción.

—Buenas tardes, bienvenidos. ¿A nombre de quién se encuentra la reservación? —preguntó la recepcionista.

—Hélène Kovic —respondió ella, apoyando una mano sobre el mostrador con absoluta suficiencia.

La empleada tecleó rápidamente en la computadora y su sonrisa se amplió.

—Así es, señora Kovic. Aquí lo tengo. Una suite de lujo con vista panorámica completa hacia el mar por todo el fin de semana, con todos los servicios premium incluidos. Su habitación es la 402, en el piso superior para garantizarle la mayor tranquilidad.

La mujer deslizó una tarjeta magnética de color dorado. Hélène la tomó con delicadeza y giró el rostro hacia Mateo, quien continuaba esperando un paso detrás, manteniendo la vista baja para ocultar su nerviosismo.

—Vamos, Mateo. Subamos de una vez a instalarnos.

El elevador subió de forma silenciosa. Caminaron por el pasillo alfombrado hasta detenerse frente a la puerta con el número 402. Hélène deslizó la tarjeta, el seguro se liberó y empujó la hoja, invitando a su hijo a pasar primero.

Al cruzar el umbral, Mateo se quedó estático a mitad de la entrada, conteniendo el aliento. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz natural que entraba a través de un ventanal de piso a techo que se abría hacia un balcón privado. Sin embargo, su asombro se transformó en una tensa oleada de nerviosismo al fijarse en el centro de la habitación. Dispuesta justo frente al ventanal, se alzaba una enorme cama matrimonial vestida con linos blancos. No había sofás cama, ni ninguna otra división.

Mateo dio un paso hacia adelante y se giró hacia su madre, visiblemente confundido.

—Mamá... —comenzó, señalando la cama con gesto insecure—. Hay un problema. Solo hay una cama. ¿No pediste una habitación con dos camas separadas?

Hélène cerró la puerta con un clic definitivo y lo observó con una tranquilidad exasperante. Se acercó a él hasta obligarlo a retroceder ligeramente hacia el colchón.

—No hay ningún problema, Mateo —respondió ella con calma—. El hotel estaba lleno, y esta era la única suite de lujo disponible con esta vista. No me pareció algo tan grave como para cancelarlo.

—Pero... —insistió el chico, apretando los puños mientras el calor subía por su cuello—. ¿Se supone que vamos a dormir los dos aquí? No creo que sea lo más apropiado.

Hélène soltó una pequeña risa y le puso una mano firme sobre el hombro.

—Somos madre e hijo, Mateo. ¿Desde cuándo tienes tantas reservas conmigo? —susurró con autoridad—. Vamos a estar bien. Ahora, deja las maletas en el guardarropa para estar más cómodos.

Mateo, envuelto por su autoridad, asintió y arrastró el equipaje. Organizaron la ropa dentro del amplio armario; Mateo lo hacía de manera apresurada para mantener la mente ocupada, mientras que Hélène se tomaba su tiempo. Al terminar, ella se dejó caer con elegancia en la orilla de la cama, apoyando las manos hacia atrás sobre el colchón.

—Descansemos un poco, el trayecto me dejó algo cansada —comentó, mirando de reojo a Mateo.

El chico, sintiéndose fuera de lugar, optó por quedarse de pie cerca del ventanal, cruzado de brazos y fingiendo mirar al exterior para disimular la absoluta rigidez de su cuerpo. Pasó un rato de quietud agobiante hasta que Mateo rompió el hielo.

—Creo que... voy a cambiarme ya para ir a la playa, mamá —dijo, tomando su short de natación oscuro.

—Me parece una excelente idea —respondió ella con una sonrisa pausada.

Mateo entró al baño. Al salir ya cambiado, Hélène lo observó con detenimiento.

—Adelántate tú, mi amor. Busca un buen lugar cerca del agua. Yo iré en un momento, en cuanto termine de arreglar unas cosas aquí arriba.

Mateo asintió y salió apresuradamente.

En cuanto la puerta se cerró, Hélène esperó unos segundos y dejó escapar una sonrisa de absoluta suficiencia. Se desabotonó la blusa y se quitó los pantalones de lino, retirándose la lencería con parsimonia hasta quedar completamente desnuda bajo la luz cálida. Se colocó el bikini de dos piezas, ajustando las tiras y asegurándose de que el sostén quedara perfecto. Se paró frente al espejo de cuerpo entero, se contempló fijamente y pronunció en un susurro convencido:

—Estoy buenísima.

Tomó su bolso de playa, una toalla grande y salió de la habitación. Las puertas de la 402 se cerraron con un golpe seco. Descendió por el elevador y, al cruzar el lobby, el calor denso y el rugido del oleaje la envolvieron. Con paso firme sobre la arena, sus ojos verdes buscaron hasta que localizó la figura de Mateo cerca de la orilla.

Hélène acortó la distancia. Al escuchar los pasos, Mateo se giró, quedándose estático al verla aparecer. Ella sacó un envase del bolso y le habló con voz suave pero imponente:

—Ven, deja que te ponga protector solar.

Mateo desvió la mirada rápidamente hacia el frasco, sintiendo el peso de la situación en un espacio tan abierto, y extendió la mano para tomar el recipiente.

—Yo lo hago —respondió, intentando sonar seguro.

Hélène no cedió un centímetro. Dio un paso más, ignorando su mano, y destapó el envase.

—Es más rápido si lo hago yo —replicó, disolviendo cualquier protesta.

Vertió la crema fría sobre sus palmas y comenzó a esparcirla por los hombros y la espalda de Mateo. Sus manos se movían con una parsimonia exasperante, obligando al chico a mantenerse rígido, con los puños apretados mientras sentía el contacto del producto.

Al terminar, Hélène se limpió los restos de los dedos con total naturalidad. Desplegó la toalla con un movimiento fluido y se acostó boca abajo, dejando su espalda descubierta bajo el sol. Ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos, y dictó:

—Mi amor, sé bueno y ponme protector.

Mateo se quedó inmóvil mirando el frasco. El calor del sol parecía golpear con más fuerza.

—No, mamá... mejor hazlo tú, yo... voy a meterme al agua de una vez —alcanzó a decir, dando un paso hacia atrás para intentar escapar.

Hélène mantuvo el rostro ladeado sobre sus brazos, observándolo con una fijeza que desarmaba cualquier huida.

—Mateo —pronunció su nombre con lentitud deliberada—. No me hagas repetirlo. Me voy a quemar la espalda. Anda, ven.

El chico contuvo el aliento, doblegado. Caminó con movimientos pesados, se puso de rodillas al lado de ella y dejó caer la crema fría sobre su piel expuesta.

Al primer contacto, la piel de Hélène se sintió extrañamente cálida. Mateo comenzó a esparcir el protector intentando mantener un ritmo rápido y distante, concentrándose únicamente en la tarea para no fijar la vista en su silueta. Ella soltó un leve suspiro de satisfacción, disfrutando del absoluto control que ejercía.

—Los hombros y el cuello —indicó Hélène con voz pausada.

Mateo subió las manos con cuidado, aplicando el producto sobre la línea de los hombros y la nuca. Al terminar, intentó despegar las palmas, pero Hélène se dio la vuelta sobre la toalla, quedando boca arriba bajo la intensa luz.

—De enfrente también —dijo, mirándolo fijamente desde abajo.

Mateo contuvo el aliento, presionando el envase. Comenzó por la cintura, extendiendo la crema antes de subir hacia el vientre, manteniendo los movimientos distantes, y continuó por los brazos, recorriéndolos bajo su mirada atenta.

—Mis piernas —dictó ella, acomodándose un poco más.

El chico bajó la posición y aplicó el protector sobre los muslos y las pantorrillas, tratando de terminar rápido. Sin embargo, antes de que pudiera apartarse, Hélène estiró los brazos, tomó las manos de Mateo con firmeza y las guió directamente hacia su pecho.

Mateo sintió el calor de su piel bajo las palmas. Obligado por el agarre, comenzó a extender la crema por la zona, con el pulso notablemente acelerado. Por último, subió las manos hacia su cara, aplicando una capa fina sobre sus mejillas y su frente.

Al terminar, la distancia entre ambos se redujo al mínimo. Las respiraciones se cruzaron en el aire caliente y, por la inercia del momento, acercaron los labios de forma deliberada. La tensión se volvió absoluta, pero Mateo reaccionó a tiempo. Se alejó bruscamente y se puso de pie de un solo golpe.

—Listo... vamos a nadar —alcanzó a decir con la voz alterada, girándose hacia el mar.

Hélène se quedó un momento acostada, inmóvil bajo el sol, con la respiración acelerada por la cercanía. Observó la silueta de su hijo alejarse hacia la orilla antes de incorporarse con parsimonia para ir con él. Caminó sintiendo el agua templada por sus tobillos mientras un pensamiento cruzó su mente con total lucidez: «Me calienta demasiado, definitivamente me lo tengo que follar esta noche».

Mateo ya se había adentrado en el mar, buscando el refugio del agua profunda para disipar la tensión. Hélène se sumergió sin prisa y comenzó a nadar cerca de él. Mateo aumentó el ritmo para dejar una distancia prudente. Hélène se divirtió con la reacción; reguló su velocidad y continuó el trayecto, fingiendo con malicia que se esforzaba por alcanzarlo, disfrutando de ver cómo intentaba escapar.

Después de un buen rato desafiando el oleaje, ambos salieron del mar con el cuerpo empapado. Se dejaron caer sobre los camastros bajo la sombra de la sombrilla. El silencio se mantuvo hasta que un mesero pasó cerca y Hélène levantó la mano.

—Dos cervezas, por favor.

Mateo se giró hacia ella, entrecerrando los ojos.

—¿Dos? —preguntó extrañado.

Hélène se acomodó en el camastro y le dedicó una mirada cargada de intención.

—El cumpleañero debe festejar como se debe, ya eres mayor.

Mateo se quedó mirando la arena, asimilando las palabras mientras el peso de su propio cumpleaños terminaba de asentarse.

—Lo había olvidado —admitió en un susurro, rascándose la nuca.

Hélène soltó una risa suave, apoyando la mejilla sobre su mano para quedar de frente a él.

—Ya tienes la edad para muchas cosas —replicó, recorriéndolo con una mirada pausada—. ¿Tienes novia?

Mateo se removió incómodo, sintiendo las mejillas calientes mientras desviaba los ojos hacia el horizonte.

—No... no tengo tiempo para eso con los estudios.

Hélène ensanchó su sonrisa, pero el mesero regresó dejando las dos botellas frías sobre la mesa que dividía los camastros. Hélène tomó la suya, extendiéndola en un brindis silencioso que obligó a Mateo a chocar los cristales antes de darle un trago largo al líquido helado.

—Mírate nada más —comentó Hélène—. Te has convertido en todo un hombre, Mateo. Pensar en lo rápido que has crecido... ya ni siquiera me pasas por el hombro. Te has puesto muy fuerte, ¿sabías?

Mateo dio otro trago para intentar ocultar sus nervios y miró la etiqueta de la botella buscando un terreno más seguro.

—Bueno... pronto entraré a la universidad —comentó con voz un poco tensa—. El inicio de clases ya está cerca y supongo que el cambio va a ser bastante pesado.

Hélène soltó una pequeña carcajada, pasando la yema del dedo por el borde húmedo del envase.

—¿Muy diferente? Oh, estoy segura de que vas a poder con eso y más —replicó ella, inclinándose sutilmente—. Ir a la universidad es un gran paso, mi amor. Pero no te preocupes tanto por los libros... vas a tener que aprender a manejar otras responsabilidades de adultos. Estando allá lejos vas a volver locas a tus compañeras, aunque dudo mucho que una niña de tu edad sepa cómo atender a un hombre como tú. Vas a necesitar a alguien con experiencia que te enseñe a disfrutar de verdad.

Mateo bebió otro trago largo para intentar pasar el nudo en la garganta, terminando la botella. Hélène apuró el último sorbo de la suya mientras disfrutaba del efecto de sus palabras en él. Dejó el envase y se puso de pie con un movimiento fluido.

—Vamos al restaurante del hotel —sentenció, dando por terminada la sesión de playa.

Al llegar al restaurante, el aire acondicionado les dio un alivio inmediato frente al calor de la costa. Se dirigieron a una mesa de la esquina y se sentaron frente a frente. Hélène dejó su bolso a un lado y desdobló su servilleta con elegancia.

—Pide lo que quieras —le dijo, indicándole el menú.

Un mesero se acercó y ambos ordenaron sus platillos. Cuando el empleado preguntó por las bebidas, Hélène tomó la iniciativa sin titubear:

—Para tomar, traiga una botella de vino blanco para los dos, por favor —solicitó, disfrutando de la sorpresa de Mateo.

Mientras esperaban, Hélène apoyó los codos en la mesa, sosteniendo su barbilla y clavando sus ojos verdes en él.

—¿Te gustó tomar con tu madre? —preguntó con voz suave.

Mateo se removió en la silla, recordando el sabor amargo que aún le quedaba en la boca.

—Fue... extraño —admitió, bajando la voz—. Es la primera vez que pruebo el alcohol... y hacerlo contigo en la playa se sintió raro, pero no estuvo mal para empezar.

Hélène soltó una pequeña risa. El mesero regresó, descorchó la botella y llenó las copas. El almuerzo comenzó de forma amena. Mientras Mateo daba sorbos pequeños, Hélène bebía con naturalidad. Ella ya iba por su segunda copa llena cuando Mateo apenas iba a la mitad de la primera; sus gestos seguían intactos.

Hélène dejó el tenedor un momento y lo miró con una sonrisa ladeada, sosteniéndele la mirada.

—Te sienta bien la playa —comentó casualmente—. Te ves más maduro desde que llegamos.

Mateo sonrió, sintiendo un sutil calor en el cuello, y dio un trago más largo para pasar el bocado.

—Gracias... Creo que es el sol —respondió, intentando mantener el tono ligero.

Sin embargo, para cuando comenzó su segunda copa, el calor del alcohol empezó a hacer efecto en él. Sintió una ligera pesadez en los párpados y las mejillas calientes. El zumbido del restaurante quedó en segundo plano. Hélène notó el brillo en sus ojos, se inclinó un poco más hacia adelante y cruzó la pierna por debajo, rozando suavemente la pantorrilla de él con su pie descalzo.

Mateo detuvo los cubiertos al sentir el contacto físico, experimentando un cosquilleo nervioso que el vino volvía más intenso.

—Se te están subiendo los colores, mi amor —coqueteó ella en voz baja, divertida—. Te ves muy tierno cuando te pones así. El vino te está quitando lo acartonado.

Mateo bajó la mirada hacia su copa, intentando asimilar el juego de su madre bajo la mesa sin perder la postura.

—Es que... siento la cabeza un poco floja —admitió con timidez—. Siento que me miras demasiado.

—Me gusta mirarte —replicó ella, dando un trago largo—. Estás conmigo, no tienes de qué preocuparte. Deja de pensar tanto.

Hélène mantuvo el sutil contacto de su pie bajo la mesa mientras avanzaban con el almuerzo. Fue hacia el final de la comida cuando decidió dar el paso definitivo. Estiró la mano por encima de la mesa, rozando los dedos de Mateo con un movimiento pausado, obligándolo a levantar la vista.

—Termina toda tu comida —soltó, sosteniéndele la mirada con una fijeza sugerente—. Te van a hacer falta muchas energías para lo que queda de la tarde.

Mateo sintió un vuelco en el estómago ante la insinuación, quedando completamente atrapado por la seguridad de sus ojos verdes. Hélène tomó la botella para repartir el último tercio que quedaba. Llenó la copa de Mateo hasta el borde y sirvió el resto en la suya, vaciando por completo el envase. Un poco aturdido por el calor del alcohol, él le hizo caso y terminó de comer junto con el vino, sintiendo los latidos cada vez más acelerados.

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