Capítulo 1
Suny era un peligro silencioso. Para el mundo exterior, era una chica tranquila, tal vez un poco reservada, de esas que observan más de lo que hablan. Pero detrás de esa fachada de calma, su mente era un hervidero de perversión, un océano profundo y turbulento de fantasías oscuras. Suny no se acostaba con cualquiera; de hecho, llevaba una larga temporada de abstinencia porque el sexo común y corriente, ese de luces apagadas y movimientos mecánicos, le aburría hasta las lágrimas.
Ella prefería volcar su verdadera naturaleza en un cuaderno de tapas negras. Escribía sobre el deseo crudo, sobre la sumisión, el dolor mezclado con el placer y la adrenalina de ser tomada sin piedad. Sus textos eran tan explícitos y vívidos que cualquiera que los leyera pensaría que provenían de una ninfómana experimentada, cuando en realidad eran solo el reflejo de una pasión reprimida que quemaba por dentro. Pobre del hombre que intentara entrar en su juego sin saber nadar en aguas tan profundas; terminaría ahogado en la primera ola.
Hasta que Jhon se cruzó en su camino.
Jhon no era un tipo cualquiera. Tenía esa seguridad arrogante de los hombres que saben exactamente el efecto que causan, unos ojos oscuros que parecían escanearte la ropa y unas manos grandes, rudas, hechas para someter. Se conocieron por amigos en común y, casi de inmediato, establecieron una complicidad extraña. Se volvieron amigos en secreto, de esos que no necesitan mostrar su cercanía ante los demás, pero que se buscan con la mirada en las reuniones.
El desastre —o el milagro— ocurrió un viernes por la noche en el departamento de Suny. Jhon había ido a dejarle unos libros, y la lluvia afuera justificó que se quedara a tomar un trago. Entre risas y confidencias, Jhon vio el cuaderno negro sobre la mesa ratona.
—¿Qué es esto? ¿Tu diario íntimo? —preguntó él con una sonrisa ladina, estirando la mano.
—No lo toques, Jhon. Hablo en serio —dijo Suny, sintiendo un vuelco en el estómago.
Pero Jhon ya lo había abierto. Sus ojos recorrieron las líneas escritas con la caligrafía apurada de Suny. Leyó una página al azar, una descripción jodidamente explícita sobre cómo le gustaba que la arrastraran del pelo, la insultaran y la llenaran por completo hasta dejarla temblando. La sonrisa burlona de Jhon se desvaneció, reemplazada por una expresión de pura fijeza. Su respiración se volvió pesada. Cerró el cuaderno de golpe, clavando sus ojos oscuros en los de ella.
—¿Así que esto es lo que te pasa por la cabeza, Suny? —dijo él, con la voz notablemente más baja, arrastrando las palabras—. Escribes como una maldita puta hambrienta, pero te guardas todo para ti.
—No sabes de lo que estás hablando —desvió ella la mirada, con las mejillas encendidas y el corazón martillándole el pecho.
Jhon se levantó del sillón con pasos lentos, como un depredador acorralando a su presa. Llegó hasta ella, la tomó de la barbilla con fuerza, obligándola a mirarlo, y no hubo más advertencias. La besó.
Fue un beso sucio, hambriento, desprovisto de cualquier amabilidad. Jhon metió la lengua con violencia en su boca, saboreándola con una fuerza que le hizo soltar un gemido ahogado a Suny. El contacto desató un maldito infierno sexual que llevaban meses conteniendo. Suny no se echó atrás; respondió con la misma furia, enredando sus manos en la nuca de Jhon, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle una gota de sangre.
Jhon la empujó contra la pared del pasillo con un impacto sordo. Le agarró las dos muñecas con una sola de sus manos grandes y las clavó por encima de su cabeza, inmovilizándola. Con la mano que le quedaba libre, Jhon le apretó el cuello con firmeza, cortándole un milímetro el aire, lo suficiente para hacerla jadear.
—Mírame, Suny —le ordenó Jhon, con la cara a centímetros de la suya, los ojos encendidos de pura lujuria—. Vamos a ver si de verdad eres la perra salvaje que escribe en ese cuaderno, o si te vas a ahogar en tu propio océano.
Suny, con el aire justo en los pulmones y la entrepierna empapada por el puro choque de la adrenalina, le sostuvo la mirada con un desafío ardiente.
—Pruébame, maldito seas. Pruébame —desafió ella, con la voz rota.
Jhon soltó un gruñido oscuro. En un movimiento rápido, la obligó a abrir la boca un poco más y, mirándola fijamente con un desprecio cargado de deseo, **le escupió directamente dentro de la boca**, un chorro de saliva caliente que Suny se tragó al instante con un gemido de puro morbo, excitada hasta el delirio por la humillación del gesto.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Jhon le soltó las manos, la agarró con violencia del cabello castaño, tirando de él hacia atrás con fuerza para obligarla a arquear el cuello por completo. Con la otra mano, le desgarró la blusa fina de un solo tirón, haciendo volar los botones por el pasillo y dejando sus pechos turgentes, con los pezones duros como rocas, completamente expuestos al frío del aire y al fuego de su mirada.
—Eres una puta deliciosa, Suny. Y esta noche voy a destrozar ese cuaderno a base de cogidas —le juró Jhon al oído, antes de morderle la piel del cuello con una saña que la hizo gritar de placer.








