EL ÁRBOL DE LOS NUEVE TRONOS
Mucho antes de que Nicolás descubriera la verdad, el Árbol ya lo observaba.
Sus raíces milenarias atravesaban montañas, océanos y mundos completamente olvidados, mientras que su copa se extendía más allá de las nubes, allí donde las estrellas parecían descansar entre ramas tan antiguas como el tiempo mismo. En su interior no solo corría savia, sino vida: albergaba ciudades enteras, criaturas nacidas de la luz pura, guardianes de cristal y seres que custodiaban memorias que ninguna biblioteca humana sería capaz de contener.
Sobre todos ellos vigilaban los Ojos Eternos. Eran dos inmensas entidades cósmicas formadas por la amalgama de diamantes, rubíes, esmeraldas, amatistas, zafiros y minerales que no existían en ningún mapa conocido. No poseían rostro ni cuerpo; eran solo ojos. Ojos tan antiguos que habían contemplado el nacimiento y la caída de incontables civilizaciones. Desde las profundidades de sus pupilas facetadas, observaban el universo entero y esperaban.
Esperaban porque uno de los Nueve Tronos permanecía vacío desde hacía siglos, aguardando a quien fuera digno de ocuparlo; a alguien capaz de recordar aquello que el mundo había decidido olvidar. Esperaban a Nicolás.
Sin embargo, el muchacho no sabía nada de eso.
Aquella mañana despertó como cualquier otra. La cálida luz del sol se filtraba por la ventana de su habitación, iluminando su cabello dorado, que descansaba desordenado sobre la almohada. Abrió lentamente sus inusuales ojos violetas mientras intentaba aferrarse a un sueño que se desvanecía con rapidez entre sus dedos. Últimamente le ocurría con demasiada frecuencia, y siempre era la misma secuencia: un árbol gigantesco, dos ojos brillando en la penumbra y una llave dorada que parecía llamarlo por su propio nombre.
Al bajar las escaleras, se encontró con la reconfortante rutina de sus padres preparando el desayuno. Su madre organizaba con minuciosidad telas y bocetos para los vestidos que diseñaba, mientras su padre revisaba documentos médicos antes de comenzar su jornada en el hospital. Todo parecía normal. Demasiado normal. Porque en el fondo de su corazón, Nicolás sentía una vibración extraña, la certeza de que algo invisible lo estaba acechando en las sombras.
El trayecto hacia el instituto transcurrió entre calles tranquilas y árboles que se mecían perezosamente bajo el viento. Mientras observaba el paisaje a través de la ventana del automóvil, Nicolás contuvo el aliento: le pareció ver un símbolo grabado a fuego en el tronco de un viejo roble. Era una llave rodeada por raíces perfectas. Parpadeó, desconcertado, y la marca desapareció.
—¿Ocurre algo, hijo? —preguntó su padre, notando su rigidez. —No... —mintió, apartando la mirada—. Creo que no.
Pero aquella imagen se quedó grabada en su mente durante todo el día, distrayéndolo de sus obligaciones. Horas más tarde, durante la clase de Bellas Artes, la profesora pidió a los estudiantes un ejercicio simple: dibujar un círculo perfecto para practicar el pulso. Nicolás tomó el lápiz y, dejándose llevar por un impulso casi magnético, comenzó a trazar líneas automáticas sobre el papel.
Cuando el timbre sonó y levantó la mano, se quedó helado al observar el resultado. No había dibujado un círculo. Sobre la hoja blanca se erguía un árbol inmenso, detallado, con nueve plataformas ocultas entre sus ramas y dos ojos titánicos observando desde las alturas. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Era, trazo por trazo, el mismo árbol de sus pesadillas.
Inquieto, esa tarde decidió refugiarse en la biblioteca del pueblo. Era un lugar antiguo, de olor a papel viejo y madera crujiente, un sitio silencioso que siempre le había resultado familiar. Sin embargo, ese día el ambiente se sentía denso. Mientras caminaba entre las altas estanterías, una extraña sensación de paranoia lo embargó, como si el aire mismo lo estuviera vigilando.
Entonces, el silencio se rompió. Una de las estanterías vibró levemente y un pesado tomo cayó al suelo con un golpe seco justo a sus pies.
Nicolás se acercó despacio y lo recogió. La cubierta de cuero estaba desgastada por el tiempo y carecía de título; en su lugar, solo exhibía un símbolo grabado en relieve en la portada: la misma llave de sus sueños. Con las manos temblorosas por la adrenalina, abrió el manuscrito. Al instante, sus ojos se abrieron con asombro al ver que los extraños símbolos escritos en las páginas parecían moverse, cambiando de forma, respirando como si tuvieran vida propia.
—La verdad siempre se oculta en lo que recibes —susurró una voz profunda a sus espaldas.
Nicolás sobresaltado, levantó la mirada. Un hombre desconocido se encontraba frente a él, envuelto en una larga capa oscura. Lo más perturbador eran sus ojos, los cuales parecían contener el peso de siglos enteros de historia. Antes de que el joven pudiera articular una sola palabra, el extraño dejó una delicada hoja de papel sobre la mesa y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvaneció en el aire. Simplemente desapareció, como si hubiera sido una simple ilusión óptica.
Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Nicolás volvió a mirar el manuscrito que aún sostenía. En la primera página, donde antes solo había texto móvil, ahora se materializaba la ilustración de una intrincada cerradura. En el centro de ella, comenzó a brillar una pequeña pero intensa llave de luz pura.
Guiado por la curiosidad y el destino, Nicolás extendió los dedos y la tocó. Y en ese milisegundo... el mundo cambió para siempre.
Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Nicolás volvió a mirar el manuscrito que aún sostenía en sus manos. En la primera página, donde antes solo había texto móvil, ahora se materializaba la ilustración de una intrincada cerradura. En el centro de ella, comenzó a brillar una pequeña pero intensa llave de luz pura. Guiado por la curiosidad y el destino, Nicolás extendió los dedos y la tocó. Y en ese milisegundo... el mundo cambió para siempre.
Al principio fue apenas un destello tenue, una chispa suave que recordaba a una luciérnaga atrapada entre las gastadas páginas del manuscrito. Sin embargo, la luz cobró fuerza con una rapidez asombrosa, expandiéndose en filamentos brillantes que envolvieron por completo las manos de Nicolás. Ante sus ojos atónitos, las letras del diario comenzaron a danzar de un lado a otro y las hojas pasaron solas, agitadas por un viento invisible. El aire dentro de la biblioteca se volvió denso, pesado, cargado de una energía ancestral.
Entonces, del centro mismo de la cerradura luminosa, emergió una pequeña criatura. Estaba cubierta por un pelaje blanco y esponjoso que despedía sutiles reflejos verdosos, y poseía unos ojos grandes que brillaban como esmeraldas pulidas. A ambos lados de su cuerpo, un par de delicadas alas cristalinas se desplegaron con un leve tintineo. Nicolás retrocedió un paso, impactado, mientras el pequeño ser inclinaba la cabeza para estudiarlo con curiosidad.
—Por fin te encontré —pronunció la criatura con una voz suave y melodiosa que pareció resonar directamente en la mente del muchacho. —¿Quién... quién eres? —consiguió articular Nicolás, con la garganta seca. —Mi nombre es Froszy.
El pequeño ser lo observó durante unos segundos en silencio, como si estuviera comprobando la autenticidad de una reliquia que había esperado custodiar durante siglos. Con un batir de sus alas de cristal, sentenció:
—El Árbol te está llamando.
Antes de que Nicolás pudiera formular la oleada de preguntas que agolpaban su mente, la biblioteca simplemente se desvaneció. Las imponentes paredes de madera se deshicieron en millones de partículas flotantes y las estanterías repletas de libros se transformaron en corrientes de luz pura. El mundo entero comenzó a girar en un torbellino de colores y sensaciones. Nicolás cerró los ojos con fuerza mientras sentía el azote de un viento helado contra su rostro, seguido por la repentina solidez de la tierra bajo sus pies y el penetrante aroma a pinos y humedad de montaña.
Cuando volvió a abrir los ojos, el paisaje urbano había desaparecido. Se encontraba de pie en lo alto de una colina imponente. Frente a él, majestuosas y eternas, se extendían las montañas de Guatavita. Abajo, la mítica laguna brillaba bajo la última luz del atardecer, devolviendo el reflejo del cielo como si fuera un espejo de oro antiguo. Froszy avanzó unos pasos flotando en el aire, contemplando el abismo.
—Mucho antes de que los humanos levantaran sus primeras ciudades, este lugar ya guardaba secretos que la historia olvidó —susurró la criatura.
Mientras Nicolás asimilaba el impacto de haber sido transportado a kilómetros de distancia en un parpadeo, el entorno reaccionó a su presencia. Una corriente de aire comenzó a arremolinarse a su alrededor, agitando su cabello dorado con una delicadeza casi consciente. No era una brisa común; era una pulsación viva, una llamada magnética, una voz silenciosa que parecía emerger desde las raíces mismas de la montaña sagrada.
Por primera vez en su vida, el vacío que Nicolás siempre había llevado en el pecho desapareció, reemplazado por una calidez abrumadora. Sintió que la tierra, el viento y el agua lo reconocían. Como si todo el universo hubiera estado conteniendo el aliento, esperándolo desde antes de su nacimiento.
Froszy levantó la mirada hacia el horizonte, donde el sol terminaba de ocultarse. Nicolás siguió su dirección y, entornando los ojos entre las nubes teñidas de destellos verdes, creyó divisar una silueta colosal. Era la sombra de un árbol infinitamente gigantesco, una estructura colosal cuyas ramas superiores parecían entrelazarse con las estrellas para sostener el mismísimo firmamento.
Nicolás apretó los puños, asombrado y temeroso, pero listo. El viaje hacia los Nueve Tronos acababa de comenzar.








