Noviembre…
2022.
En Haddonfield, la víspera de noviembre no llega como algo especial. Llega como siempre: tarde, gris, y sin pedir permiso.
En las calles, la ciudad finge normalidad. Bolsas del supermercado, autos que pasan sin mirar demasiado, gente que cruza esquinas con la cabeza baja. Hay decoraciones de Halloween todavía colgadas, pero ya no significan nada. Solo están ahí, olvidadas a medias.
Haddonfield sigue funcionando.
Pero no se siente igual.
Fuera del centro, donde la tierra reemplaza el asfalto y las estructuras industriales se vuelven más viejas que útiles, el aire cambia.
El viento golpea seco.
Hay vehículos estacionados sin historia clara. Metal oxidado. Terreno abierto. Y, al fondo de todo, como si no perteneciera del todo al lugar, una trituradora industrial.
En silencio constante.
Encendida.
Nadie la mira demasiado tiempo.
Dentro de ella, algo empieza a ocurrir.
Al principio no tiene forma. Solo restos, fragmentos que deberían ser irrelevantes. Pero dentro del metal, esos fragmentos reaccionan entre sí como si el espacio no aceptara que terminen ahí.
Se atraen.
Se juntan.
Piernas primero, como si recordaran dónde van. Luego el torso, pesado, incompleto todavía. Después los brazos, temblando en un orden que no es humano. Finalmente la cabeza.
Y cuando todo encaja, el cuerpo ya está de pie.
Michael Myers.
Anciano. Desnudo. Sin rostro definido.
No cae. No duda.
Solo existe.
Se mueve entre el interior de la máquina con una lentitud precisa, como si el metal no fuera obstáculo. Encuentra algo entre los restos: su máscara.
Blanca. Quemada en los bordes. Deteriorada. Con restos de cabello oscuro adherido.
La sostiene un momento.
Y se la coloca.
El ajuste es inmediato.
Como si el mundo volviera a reconocerlo.
A unos metros, un hombre cruza el terreno sin mirar atrás. No hay razón para detenerse. No hay motivo para sospechar nada.
Hasta que ya es tarde.
El movimiento aparece detrás de él sin aviso.
No hay carrera. No hay ruido.
Solo manos.
El cuello se cierra.
Michael aprieta con más fuerza de la necesaria.
La presión no cede. Aumenta.
El hombre intenta reaccionar, pero el aire ya no entra como debería. El cuerpo forcejea, pierde estabilidad, mientras las manos siguen cerrándose, corrigiendo, rompiendo poco a poco la resistencia.
El cuello se quiebra bajo la presión.
El cuerpo deja de sostenerse.
Michael lo observa un instante, sin prisa, sin emoción visible.
Luego comienza a quitarle la ropa.
No hay violencia extra. Solo decisión.
Se viste con el traje azul marino del hombre, ajustándolo sobre su cuerpo como si el lugar lo estuviera esperando así desde el principio.
El cuerpo queda atrás.
Michael gira apenas la cabeza.
Y camina.
Desaparece entre el terreno abierto, como si nunca hubiera llegado.








