Cuento Corto
Abrí los ojos sobresaltada.
Mi habitación no era mi habitación.
Las paredes eran enormes.
Las cortinas de seda.
Los muebles antiguos.
Y el reflejo en el espejo mostraba el rostro de una niña que jamás había visto.
—¿Qué...?
No era yo.
Era Elara Celestine Valenclair.
La protagonista de una novela que había leído años atrás.
Y una protagonista destinada a morir.
Los días siguientes fueron una pesadilla.
Intenté convencerme de que todo era un sueño.
Pero no lo era.
Era real.
El imperio.
La familia imperial.
Los nobles.
Y Ethan.
El chico rubio de ojos verdes que siempre parecía estar observándome desde lejos.
Al principio pensé que era extraño.
Después me pareció agradable.
Y antes de darme cuenta...
Me había enamorado.
No fue un amor explosivo.
Fue lento.
Suave.
Como una llama que crece poco a poco.
Ethan siempre estaba allí.
Cuando reía.
Cuando lloraba.
Cuando tenía miedo.
Y una noche, bajo la luz de la luna, me tomó de la mano.
—Te amo, Elara.
Mi corazón se aceleró.
—Yo también te amo.
Por primera vez sentí que el destino podía cambiar.
Pero entonces apareció alguien nuevo.
Kian Draven Blackthorn.
Cabello negro.
Ojos rojos.
Una sonrisa imposible de ignorar.
Era diferente a Ethan.
Más libre.
Más atrevido.
Más misterioso.
Y poco a poco comenzó a ocupar mis pensamientos.
Intenté resistirme.
Intenté convencerme de que amaba a Ethan.
Pero cada vez que veía a Kian sentía algo extraño.
Algo que no podía explicar.
—¿Estos sentimientos son míos...?
Me preguntaba constantemente.
—¿O pertenecen a la Elara original?
Nunca encontré la respuesta.
Y mientras más me acercaba a Kian...
Más me alejaba de Ethan.
Hasta que ocurrió.
La marca.
La antigua maldición de los licántropos.
Cuando el amor deja de ser correspondido...
El portador comienza a morir.
Lentamente.
En silencio.
Sin posibilidad de escapar.
Ethan nunca me culpó.
Nunca me reclamó.
Nunca me pidió que me quedara.
Simplemente sonrió.
Como siempre.
Y desapareció.
El día de su muerte sentí que algo dentro de mí se rompía.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque para entonces...
Yo había elegido a Kian.
Me casé con él.
Lo ayudé.
Lo protegí.
Le entregué mi confianza.
Mi corazón.
Y mi futuro.
Hasta que finalmente consiguió lo que quería.
El trono.
Entonces comprendí la verdad.
Nunca me había amado.
Solo me había utilizado.
Era el último obstáculo entre él y el poder.
Y una noche...
Ordenó mi muerte.
Mientras mi sangre manchaba el suelo frío del palacio, comprendí mi error.
No había distinguido entre amor y obsesión.
No había entendido el valor de quien siempre estuvo a mi lado.
Y cuando cerré los ojos...
La oscuridad me consumió.
---
Años después.
Kian gobernaba el imperio.
Tenía riqueza.
Poder.
Ejércitos.
Todo lo que alguna vez había deseado.
Pero era incapaz de dormir.
Incapaz de sonreír.
Incapaz de vivir.
Porque cuanto más pasaba el tiempo...
Más recordaba a Elara.
Su voz.
Su risa.
Sus ojos.
Y finalmente comprendió algo horrible.
La había amado.
De verdad.
Demasiado tarde.
Muchísimo demasiado tarde.
El hombre que había conquistado un imperio descubrió que no podía soportar vivir en un mundo donde ella no existiera.
Y una noche silenciosa...
Puso fin a su propia vida.
---
Las antiguas leyendas hablaban de la Marca de la Luna como una bendición.
El vínculo perfecto.
El amor destinado.
El alma gemela.
Pero las leyendas estaban equivocadas.
La marca nunca fue una bendición.
Fue una maldición.
Una obsesión disfrazada de amor.
Una cadena imposible de romper.
Porque ningún ser humano fue creado para amar de forma perfecta.
Y cuando el amor se vuelve demasiado perfecto...
Deja de ser amor.
Se convierte en dependencia.
En vacío.
En oscuridad.
Y tarde o temprano...
Termina destruyendo todo lo que toca.
Fin.








