El Nacimiento del Chacal
Al principio, el cielo simplemente se rompió. De la nada, portales interdimensionales comenzaron a rasgar el tejido de las ciudades modernas, dejando caer criaturas que la humanidad solo había visto en libros de mitología: elfos de mirada altiva, enanos de lomo ancho, hombres lobo salvajes y vampiros sedientos. Durante el primer año, el gobierno mundial aplicó la vieja receta del silencio: blindó las calles, duplicó el patrullaje militar obligatorio y censuró cada filmación bajo el pretexto de "seguridad nacional". Pero los secretos de ese calibre siempre terminan sangrando.
Doce meses después, la prensa global detonó la verdad en cadena nacional. El mundo real tuvo que tragarse el impacto: las razas exóticas eran reales, estaban acá y la convivencia iba a ser a la fuerza. Al principio, la milicia intentó acorralarlos, empujándolos hacia los bosques profundos como si fueran ganado peligroso. Hubo cacerías, masacres y masivas reducciones de población. La sociedad entera se militarizó y las normas cambiaron para siempre, hasta que la diplomacia obligó a sentar a los embajadores de cada raza. El trato fue simple: algunos clanes se quedarían en estado salvaje en las reservas forestales, y otros se fusionarían con la jungla de asfalto de la sociedad actual.
En medio de ese caos global, Kurodo Cabane cumplió los 18 años. Su padre había sido uno de los mejores médicos militares de la vieja escuela, y Kurodo, fiel a la tradición familiar, se anotó en el ejército para salvar vidas en el frente. Sin embargo, el frente de batalla real era un matadero. Fue allí, bajo la presión de las alarmas y los gritos de los heridos, donde algo en la genética de Cabane despertó. Al principio, su energía se materializó en el aire en forma de bisturíes de luz traslúcida, armas quirúrgicas perfectas que le permitían operar en segundos. Pero la guerra no quería médicos; quería verdugos. Pronto, esos bisturíes se estiraron, ganando el peso y el filo de espadas letales que nacían directamente de sus manos abiertas.
Su primera misión de alto rango fue el quiebre definitivo. Cabane iba como el médico de un escuadrón de élite encargado de exterminar a una célula mercenaria mixta de elfos oscuros, ónix y vampiros cazadores que operaban de noche. La emboscada fue brutal. En pocos minutos, la posición humana fue destruida. Cabane vio caer a sus dos compañeros más cercanos, destrozados por la magia de las criaturas. Algo se rompió dentro de él. Desatando su poder ilimitado por primera vez, Kurodo masacró él solo a toda la línea enemiga con una precisión quirúrgica escalofriante. Volvió a la base con un solo soldado sobreviviente a cuestas y la mente severamente trastornada por la pólvora y la sangre.
Misión tras misión, el patrón se repitió como una maldición. Cada amigo que Cabane llegaba a apreciar terminaba muerto en una bolsa negra. Para no volverse loco, Kurodo tomó una decisión drástica: se congeló por dentro, cortó todo lazo afectivo con sus pares y se transformó en un iceberg viviente. Fue en ese punto de quiebre donde su comandante lo asignó a una unidad especial pesada para trabajar con el operario más peligroso de la base: el Hombre sin Freno.
Cuando Cabane subió al tanque blindado, la tensión se podía cortar con un cuchillo. El Hombre sin Freno era un veterano curtido, un especialista que había ganado su apodo manejando tanques indestructibles en el frente y arrasando con todo lo que se le cruzara en el camino; el tipo dominaba cualquier cosa que tuviera ruedas. Se miraron con frialdad, dos almas desgastadas por la carnicería, pero en esa seriedad mutua encontraron un respeto silencioso. Poco a poco, el tanque se convirtió en su fortaleza móvil. Cabane dejó de ser el médico que sanaba para convertirse en el soldado que exterminaba, apoyando el avance destructivo de su compañero mientras los monstruos intentaban frenarlos usando sus poderes elementales.
Cuando el ciclo de la guerra finalmente terminó y el gobierno consolidó la paz y la convivencia de las razas en las ciudades, Cabane ya no era el mismo. Exhausto de un año entero de masacre continua, decidió colgar el uniforme y pedir la baja. El Hombre sin Freno hizo exactamente lo mismo al día siguiente.
Caminando por los galpones de la periferia, el conductor escupió el cigarrillo y miró a su viejo compañero de armas:
—¿Y ahora qué vas a hacer, Kurodo? ¿Qué te parece si nos hacemos transportistas independientes?
Cabane lo quedó mirando de reojo, inexpresivo bajo su traje negro largo:
—¿Transportistas? ¿De qué hablas?
—Fácil —sonrió el conductor, señalando un camión blindado enorme modificado que tenía oculto bajo una lona—. Yo manejo la bestia, rompo los bloqueos y vos te encargás de la seguridad. El trabajo sucio se paga bien en la noche. Te van a empezar a llamar el Chacal de las rutas.
Cabane arrugó la frente, acomodándose la corbata roja y ajustándose sus guantes blancos:
—No me gusta ese apodo de mierda. No me digas así.
—Acostumbrate, Chacal —le palmeó el hombro el Hombre sin Freno, encendiendo el motor del camión—. El negocio ya está en marcha.








