Sombras
Robert lleva años sin saber nada de su exmejor amigo, Connor Jones. Hacía tanto tiempo que cuando vio el anuncio de su matrimonio en las redes sociales jamás pensó que sería invitado a esta.
Connor no sabía absolutamente nada de él desde el instituto, cuando ambos Jones habían desaparecido de un día para otro.
Alexandra Jones, hermana mayor de Connor, había sido su novia en el instituto, con ella...
Había sentido lo que era la libertad adolescente.
Muy diferente del ahora.
Si le hubiera preguntado, hubiera afirmado sin pestañear que Alexandra sería la chica con la que se casaría, tendría hijos... Serían felices.
Lo hubiera dado todo por ella, como el tonto adolescente que era, con ese anhelo de romanticismo que siempre había tenido.
Y ahora... la realidad lo golpeaba.
Frente a él tenía la invitación a la boda de Connor F. Jones. La invitación tenía un aspecto elegante, "Connor jamás hubiera hecho esto." Ese fue su primer pensamiento junto a un sentimiento amargo por cómo llegó a conocer a ese muchacho en su pasado.
La carta había llegado a casa de sus padres, ¿a dónde si no? Después de todo, ahora tenía 27 años... ¿Llevaba sin ver a ese chico por unos 10 años?
¿Por qué lo estaría invitando a su boda?
Se le hacía todo demasiado extraño.
Miró cómo su hija dormía en el sofá de casa de sus padres, lo había estado esperando esa semana para que volviera del trabajo.
¿Debía pedir vacaciones en el trabajo?
¿Pensaba ir?
Acarició el pelo castaño de su hija y esta lentamente se despertó, saltando sobre él nada más reconocerlo. - Hola, princesa.
- Papá. - Lo llamó con felicidad mientras se abrazaba más contra su cuerpo. Lily era una niña dulce, su quinto cumpleaños se acercaba.
La abrazó con fuerza, dejando su preocupaciones irse por unos minutos mientras acariciaba el pelo de esta. Estaba hecho un manojo, seguramente de haber estado jugando en el jardín todo el día. Como un día él había hecho.
Ahora, con su trabajo, casi no podía pasar tiempo en casa, la verdad es que nunca había pensado que se convertiría en el representante de una empresa, con un contrato donde debía viajar a tener reuniones con los seres más ricos y petulantes del planeta.
Él había querido una vida casera, ser escritor, poeta, algo relacionado con las artes, pero tras la pérdida de sus amigos... de ese amor juvenil, su toque se había ido.
Escuchó los pasos de su madre entrando en la sala. - Es tarde, hijo. - Le habló con cariño. - ¿Por qué no os quedáis a dormir hoy aquí y mañana volvéis a casa?
- No quiero molestar más de la cuenta, mamá. - Le susurró agradecido, estaba realmente cansado.
- Cariño, esta es tu casa, jamás molestarás. - La sonrisa de su madre lo calmaba y este asintió un poco. - ¿Ya has abierto la carta que te ha llegado?
- Es una tontería. - Habló despreocupado, como si esa dichosa invitación no le hubiera movido internamente y llamado a la nostalgia que sentía, como si no le hubiera hecho recordar las sonrisas escondidas. - Es de Connor Jones, es una invitación a su boda.
- ¿Connor Jones? - Ella sonó sorprendida. - Pero si no ves a ese chico desde el instituto. - Este alzó de hombros viendo los ojos marrones de su madre, analizándolo, como si temiera que volvería a romperse delante de ella como cuando había sido adolescente.
- Se habrá equivocado. - Esta hizo una mueca, sin realmente creer esas palabras. - No tiene otra explicación, han pasado 10 años.
- ¿Y si le sucedió algo a Alexandra y jamás te lo pudo decir? - Ella preguntó abiertamente, moviendo sus manos con delicadeza, aunque con todos los brazaletes que esta portaba, el sonido de las cadenas se acentuó.
- ¿Y no podría haberme dicho algo... ?
- No sé, cariño, es la sensación que me da.
Este rodó los ojos. —Claro, mamá, las vibras y los espíritus —dijo con ironía mal contenida.
Ella negó con la cabeza con una sonrisa. - Bueno, que sepas que Lily también tiene el don, hoy estuvo hablando...
- Mamá, no, Lily se metió en problemas en el parvulario porque empezó a decir que hay un hombre mirándolos desde el armario, no... - Miró a su hija, la cual se había vuelto a dormir. - Cuando sea mayor, que haga lo que quiera, si quiere seguir tu legado familiar de leer cartas y cosas así, eso es cosa suya, pero no ahora. Casi la expulsan.
- Bueno, ¿y qué tiene de malo? Yo podría hacerme cargo de ella hasta que tenga que ir al colegio. - Robert suspiró.
- Mamá. La sociedad tiene reglas... No puede ir asustando a otros niños, por mucho don que tenga, o creas que tenga. La gente normal no habla con fantasmas.
Antes de que esta respondiera, Robert la miró levantando ligeramente un dedo. - Somos personas afortunadas. - Ella habló, ignorando la señal de su hijo. - Y tú tenías mucho talento, hasta que...
- Mamá. Es suficiente. No quiero irme a dormir enfadado. Acabo de llegar de trabajar, nos quedaremos esta noche para que no estés sola. - Esta fue a responder. - Me refiero a soledad humana. - Se corrigió. - Iré a dejar a Lily en la cama.
- ¿Quieres tomar un té? - Esta le preguntó yendo hacia la cocina. - Puedo mirar en las cartas si deberías...
- Mamá, no voy a ir a esa boda. Habrá sido un error. - Dijo pasando por su lado hacia la habitación que sabía que su hija tenía ahí.
Dejó a su hija en la cama, cambiándole la ropa al pijama que había debajo de la almohada, molestandola un poco y despertándola ligeramente. - Papá. - Lo llamó con un bostezo. - Tú jamás me dejarás, ¿verdad?
- No, cariño, jamás te dejaré. - Le ayudó a colocarse la camiseta. - Pero tienes que prometerme que dejarás de hablarles a los demás niños de los espíritus.
- Pero... - Robert la miró negando con la cabeza. - ¿por qué?
- Lily, los demás no los ven. - Fue honesto con ella. - No pueden verlos y creerán que estás loca, te llevarán con un hombre que te hará un montón de preguntas y te pueden separar de mí. - La niña lloriqueó un poco. - Por favor, Li, no vuelvas a mencionarlos en el colegio, ¿vale?
Esta asintió con fuerza. - No quiero separarme de ti. - Lloró con algo de fuerza, abrazándose a su padre y este no dudó en corresponder al abrazo.
- Nada de espíritus fuera de casa, ¿prometido?
- Sí... - Ella le tendió su dedo pequeño y este sonrió un poco cruzando ambos dedos pequeños con esa promesa.
- Ahora, ponte tus pantalones del pijama, iré a hablar con la abuela. - Esta asintió tras que su padre le secó las lágrimas. - Jamás, pero jamás, te abandonaría, Lily. Te quiero, mi princesa.
- ¿Podrías dormir conmigo un ratito? - Ella preguntó y su padre no dudó en asentir.
Se quedaría con ella hasta que se volviera a dormir e iría a hablar con su madre tras esto, sin ningún tipo de prisa, no debía estar en la oficina hasta el lunes y era viernes por la noche.
Esperaba que no lo volvieran a enviar lejos, pero él no decidía esas cosas.
Unos minutos después estaba en la cocina junto a su madre la cual movía su péndulo con rapidez, Robert trataba de no mirarlo, sabiendo lo que este quería decir si lo hacía.
- Mamá. - La llamó sacándola de esa ensoñación. - ¿No ha vuelto Lucie?
- No. - Ella le respondió con calma. - No te preocupes, hijo, los abogados están con ese tema. - Vio como este bebía su té con tranquilidad. - Vas a volver con una pareja antigua...
- Mamá. - La regañó en un susurro, sin querer despertar a su hija. - Nada de leerme el futuro. Sabes que no quiero.
- Hijo mío, eres ciego porque quieres serlo. - Dijo ella separando sus útiles hacia un lado. - ¿Qué te tiene tan preocupado?
- Nada, mamá. - Suspiró y miró hacia la taza viendo su propio reflejo junto a una sombra negra. - Solo me descolocó la invitación de matrimonio.
- Deberías ir.
- No quiero ir, me abandonaron. - Lissy pudo ver en la mirada de su hijo a ese niño de 17 años, de nuevo roto, sin ese brillo. - Creía que me casaría con ella, mamá. - Le confesó dejando la taza a un lado. - Pero... - Hizo una señal con su mano, terminado el tema ahí. - No tiene sentido ninguno, y no, no quiero saber por qué. - Dijo antes de que esta cogiera las cartas. - Es una herida que creí haber cerrado.
- Cariño... - Este apretó los labios.
Robert jamás se había vuelto a enamorar.
Lucie era la madre de Lily, sí, pero había sido una noche de alcohol en su compañía, una donde los ojos de Lucie eran tan verdes como los de Alexandra y como los de Lily hoy en día.
¿Era estúpido?
Sabía que lo era.
Enamorado de un fantasma, un amor adolescente, uno que no podía superar aunque ahora fuera un adulto.
Pero es que nadie más había tenido esa conexión.
Esa donde creía que era su alma gemela.
Donde lo hubiera jurado.
Lo creyó firmemente, como si fuera una religión, incluso antes de salir con ella.
Miró hacia el sofá de la sala, quedándose atrapado en su mente, el sonido de la lluvia lo transportó a ese pasado.
Robert corría por el prado, tratando de encontrar esa caseta de campo de sus amigos, se quedaría a dormir en casa de los Jones por una semana ese verano, su padre estaba en el hospital y su madre le había permitido irse para despejar su mente.
Estaba empapado de pies a cabeza, una tormenta de verano lo había atrapado mientras jugaba con los otros dos muchachos, los cuales habían desaparecido de su vista, buscando refugio en otro sitio seguramente.
Sintió el frío en su piel, aunque hiciera calor, las tormentas de verano eran con agua fría, trataba de calentar su propia piel frotándose, escuchó los pasos pesados y levantó la mirada viendo cómo Alexandra entraba en la caseta.
Esta tenía la respiración agitada y tenía sus manos sobre sus rodillas, tratando de recuperar el aire que se le había escapado, su siempre perfecto pelo moreno estaba hecho un desastre, su mirada verdosa lo miraba un poco desafiante mientras su respiración parecía mejorar por minutos y una sonrisa juguetona se plantaba en sus labios.
Una que siempre le acompañaba y que Robert no tardaba en copiar, siguiendo ese juego que no sabía cuándo había entrado.
Con esa complicidad ella se lanzó contra él, forcejando mientras jugaban. - ¿Qué tienes frío? Te voy a calentar. - Dijo ella haciendo que rodara sobre el suelo.
- Ni que tú estuvieras mejor, tu pelo parece un nido de ratas. - Dijo con esa sonrisa pícara y ella llevó sus brazos hacia su pelo tirando de él mientras le sacaba la lengua. - Qué infantil es, señorita Jones. - Ella le golpeó el brazo con algo de fuerza. - ¿Quién lo diría de una señorita de alta sociedad?
- Oh, ¿tienes envidia, pobretón? - Dijo ella con vulgaridad, haciendo que este se riera. Ella pareció quedarse callada unos segundos, observándolo. ¿Te gusta alguna chica de tu clase?
¿Por qué el tema había cambiado tan radicalmente? Robert no entendía lo que cruzaba por la mente de esta. - ¿Qué clase de pregunta es esa, Alex?
- Tienes poemas hablando de una chica, has dejado tus cosas a la vista, ¿tienes nenitis, Scott? ¿Eres una nena para estar enamorada?
El castaño se sonrojó, ¿cómo podía evitar esa conversación? Solo tenía 15 años, quería que la tierra lo tragara.
No obstante, la morena se sentó a su lado, bajando de su cintura y este tiró la cabeza hacia atrás, tomando esos segundos para relajar su corazón. - ¿Entonces? ¿Te mola una tía del insti?
- Sí. - Dijo sacando las agallas de donde estuvieran.
- Uh. - Ella pareció cortada por primera vez en el tiempo que la conocía. - ¿Y quién es?
- Un caballero no desvela sus secretos. - Recibió un golpe en el hombro con fuerza. - Ouch. - Se quejó y la miró unos segundos, esta lo miraba con demasiada seriedad. - ¿Podemos hablar de otra cosa? Llámame nena o lo que quieras. - Casi le rogó, esta alzó una ceja y sacó unos papeles de su bolsillo. - Pero...
- ¿Quieres practicar besos conmigo? - Esta lo cortó, descolocándolo en un segundo y volviendo a que su corazón volviera a mil. - Las tías de mi curso dicen que los hombres no sabéis besar. Si quieres, puedes practicar conmigo, sin que Connor se entere, claro. Será nuestro secreto, para que conquistes a tu princesa.
- ¿Y tú qué ganas con eso? El primer beso es importante. - Se quedó tumbado mirándola, aún sonrojado.
Claro que quería que su primer beso fuera con ella. Pero no de esa forma. No como si fueran solo dos amigos practicando besos para sus respectivas parejas.
Esta se alzó de hombros leyendo los poemas de este. - Quería probar, no me mola ningún tío de mi clase y pensaba... tonterías. - Dijo cortante y lo miró unos segundos, ella estaba ligeramente sonrojada. - No es tan importante, mi padre se besa con todas las mucamas.
- Es diferente. - Comentó él mirando hacia el techo de la caseta, sintiendo aún ese frío. - Quiero que sea especial. - Le confesó en un hilo de voz, apretó los labios con ligereza. - Quiero... no sé, cómo en los libros, esos que son sorpresivos, que te quit... - Los labios de ella estaban sobre los suyos, rigidos y sin mucha emoción.
La separación fue lenta.
- No es para tanto, nena. - Le susurró ella. - No sé por qué te pones así.
Sin embargo, el corazón de Robert se estrujó con ese contacto, como la mano de esta seguía sobre su hombro. El silencio incómodo los acompañó.
La lluvia seguía sonando en la cocina cuando Robert salió de su ensoñación, su madre lo había dejado hacía tiempo atrás con unos inciensos encendidos y su té estaba helado. Parpadeó unos segundos.
Se había quedado dormido.
¿Cuántas veces le había pedido a su madre no encender velas ni inciensos cuando se quedaba dormido?
No hacía caso ninguno.
Revisó la habitación.
La sombra había desaparecido con el sándalo.








