Muñeca de trapo
Antes de comenzar, espero hayas leídos las advertencias y etiquetas de contenido. Ahora bien, estos relatos llevarán una sola temática; Incesto por Papá x Hija o incluso, quizá, Papá x Hijo o Hijos. Por eso el título del libro, en esta edición es solo sobre Daddys o Papis. Si decides quedarte, bienvenidx, disfruta, que aquí es solo ficción.
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—Alexandra… mírame.
Esa fue la primera frase que salió de mi boca aquella noche. No fue una orden inocente. Fue un mandato cargado de todo lo que había estado reprimiendo durante meses. Soy un hombre de cuarenta y dos años, viudo desde hacía tres, estaba de pie en el umbral de la habitación de mi hija de dieciocho, con la polla ya dura y pesada dentro del pantalón de chándal, con la mirada clavada en su cuerpo como si fuera la primera vez que la veía desnuda… aunque todavía llevaba ropa.
Había entrado sin llamar. El pasillo estaba en penumbra. La puerta entreabierta. Y allí estaba ella, tumbada boca abajo en la cama, con el móvil en la mano, las piernas flexionadas y el culo levantado apenas, cubierto solo por un short de algodón tan fino que se le marcaba la raja. La camiseta de tirantes se le había subido un poco, dejando al descubierto la curva inferior de sus tetas. Dieciocho años. Legal. Adulta. Y toda mía.
Llevaba semanas oliendo su ropa interior cuando ella no estaba. Llevaba semanas masturbándome en la ducha imaginando cómo se abriría su coño virgen o casi virgen para mí. Llevaba semanas mirándola de reojo mientras se estiraba en el sofá, mientras se inclinaba a recoger algo del suelo, mientras se secaba el pelo después de la ducha con la toalla apenas cerrada. Esa noche algo se rompió. El deseo dejó de ser un secreto sucio y se convirtió en necesidad.
Cerré la puerta detrás de mí con un clic suave. Ella levantó la cabeza, sorprendida.
—Papá… ¿qué haces?
Me acerqué despacio. Cada paso hacía que mi polla se frotara contra la tela. Me senté en el borde de la cama, tan cerca que mi muslo rozó el suyo. Puse una mano en su espalda baja, justo encima del short, y la dejé allí, pesada, posesiva.
—Te he estado mirando, Alexandra. Durante meses. Te he mirado de una forma que un padre no debería mirar a su hija… y ya no puedo más.
Ella se quedó quieta. El móvil se le cayó de la mano. Sus ojos grandes, del mismo color castaño que los míos, se abrieron. No gritó. No se apartó. Solo respiró más rápido.
—¿Qué… qué estás diciendo?
Deslicé la mano más abajo. Atrapé un puñado de su culo a través del short y lo apreté. Firme. Redondo. Joven. El calor de su carne me subió por el brazo hasta la entrepierna.
—Que me la pones dura, nena. Que cada vez que te veo en pijama corto o en toalla me dan ganas de tirarte a la cama y follarte como a una puta. Que he olido tus bragas usadas. Que me he corrido pensando en tu coño. Y que esta noche voy a metértela.
Ella tragó saliva. Sus pezones se le marcaron de inmediato contra la camiseta. Vi el bulto de ellos, duros, pequeños, perfectos. Con la otra mano le agarré la cara y la obligué a mirarme.
—Dime que no quieres y me voy. Pero si te quedas callada… te voy a destrozar.
Silencio. Solo su respiración agitada. Entonces, muy despacio, abrió las piernas un poco más. El short se le metió entre los labios del coño. Se le veía la humedad ya empezando a manchar la tela.
—Papá…
Esa palabra. Dicha con voz temblorosa y caliente. Me volvió absolutamente loco.
La empujé para que se girara boca arriba. Me subí encima de ella, arrodillado entre sus piernas abiertas, y le arranqué el short de un tirón. No llevaba bragas. Su coño estaba afeitado, solo un pequeño triángulo de vello suave encima del montículo. Los labios los tenía hinchados, rosados, brillantes de jugos. El clítoris asomaba ya, hinchado también. Inmediatamente llegó a mí el olor a hembra joven y excitada. Me incliné y le di un lengüetazo largo, desde el agujero hasta el clítoris, saboreando su sabor ácido y dulce.
—Joder, qué rico sabes, Alex. Tienes el coño chorreando para tu padre.
Ella soltó un gemido ahogado y se arqueó. Le abrí los labios con los pulgares y le chupé el clítoris con fuerza, chupando, lamiendo, metiendo la lengua dentro de su agujero apretado. Estaba empapada. Los jugos me corrían por la barbilla. Metí dos dedos de golpe y los curvé hacia arriba, buscando ese punto esponjoso. Ella gritó en cuanto lo toqué.
—¡Ah… papá… joder…!
—Eso es. Grita. Que se entere toda la cuadra de que te estoy comiendo el coño.
La follé con los dedos mientras le chupaba el clítoris sin piedad. Sus muslos temblaban a ambos lados de mi cabeza. En menos de un minuto se corrió. Un orgasmo violento, con el coño apretándome los dedos en espasmos, chorreando más líquido que me mojó la mano y la sábana. Seguí lamiendo hasta que se retorció y me empujó la cabeza.
Me incorporé. Me bajé el chándal y los calzoncillos de un tirón. Mi polla saltó libre: veintidós centímetros gruesos, venosos, la cabeza morada y goteando líquido preseminal. Se le abrieron los ojos.
—Dios… es enorme…
—Y te la voy a meter entera ahora mismo.
Le quité la camiseta sin querer perder más tiempo, ya había esperado lo suficiente. Sus tetas eran perfectas: no demasiado grandes, pero sí firmes, con pezones rosados y duros como piedras. Me agaché y le mordí uno, chupándolo con fuerza mientras le frotaba la polla por el coño, mojándola con sus propios jugos. Subía y bajaba el glande por su raja, golpeándole el clítoris.
—Mira cómo te froto la polla, nena. Mira cómo se te abre el coñito para tu papá.
Ella miraba hipnotizada. Con una mano se agarró a mi brazo. Con la otra se tocó un pecho.
—Métemela… por favor… métemela ya, papá.
No me lo pensé dos veces. Alineé la cabeza con su entrada y empujé. El calor y la estrechez me hicieron gruñir. Solo entró la cabeza cuando soltó un grito agudo y se tensó.
—Duele… es muy gorda…
—Lo sé. Pero lo vas a tomar toda, solo respira.
Empujé más. Centímetro a centímetro. Su coño se estiraba alrededor de mi polla como un anillo de carne caliente. Sentía cada pliegue, cada contracción. Cuando por fin toqué fondo, con los huevos aplastados contra su culo, nos quedamos quietos un segundo. Ella lloriqueaba de placer y dolor mezclados. Yo respiraba como un animal.
—Estás dentro de mí…
—Y no voy a salir hasta correrme en tu útero, nena.
Empecé a follarla. Primero despacio, sacando casi toda la polla y volviendo a enterrarla hasta el fondo. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, piel contra piel, sus gemidos cada vez más altos. Aumenté la velocidad, me fue inevitable, nunca había sido un soso en el sexo, me gustaba hacer gritar a mis chicas, pero ahora sé, que especialmente a mi hija, ninguna se le comparaba, ni siquiera quien fue su madre. La cama crujía con el ritmo de mis movimientos. Le agarré las muñecas y se las clavé sobre la cabeza, follándola con fuerza, como si quisiera romperla.
—Eres mía. Mi hija. Mi puta. Mi agujero personal. Di que te gusta que te folle tu padre.
—Me… me gusta… me encanta que me folles, papá… más fuerte… ¡más fuerte!
Le di la vuelta sin sacarle la polla. La puse a cuatro patas y le agarré las caderas. Desde atrás se veía todo: su culo perfecto, y mi polla desapareciendo entre sus labios hinchados, el ano apretado y rosado justo encima. Escupí en su culo y le metí un dedo mientras la follaba. Ella gritó y empujó hacia atrás, pero de nuevo, no me pidió que me detuviera.
—¡Sí… el culo también… tócame el culo!
Metí el dedo hasta el fondo y lo moví al ritmo de las embestidas. Luego saqué la polla del coño, toda brillante de jugos, y la apoyé contra su ano.
—¿Quieres que te la meta aquí también, nena? ¿Quieres que tu papá te desvirgue el culo?
Ella miró hacia atrás, con la cara roja, el pelo pegado a la frente, los ojos vidriosos.
—Sí… rómpeme el culo, papá. Hazlo.
Empujé. El anillo se resistió un segundo y luego cedió. La cabeza entró. Ella aulló. Seguí empujando despacio, abriéndola, sintiendo cómo su culo me tragaba centímetro a centímetro hasta que estuve enterrado hasta las bolas. El calor era diferente: más apretado, más salvaje. Empecé a follárselo con embestidas cortas y profundas. Con una mano le frotaba el clítoris. Con la otra le tiraba del pelo, echando su cabeza hacia atrás.
—Mírate. Con la polla de tu padre enterrada en el culo. Qué puta más guarra eres, Alexandra. Mi pequeña guarra.
Se corrió otra vez, gritando mi nombre, con el culo apretándome la polla en oleadas que me querían exprimir toda la leche. No paré. Seguí follándoselo hasta que sentí que me iba a correr. Entonces la saqué, la giré de nuevo pero esta vez con su cabeza hacia mi ingle, le metí la polla en la boca de un empujón. Ella la chupó con desesperación, babeando, haciendo ruidos obscenos mientras yo le follaba la garganta.
—Traga la polla de papá. Más profundo, nena.
Le agarré la cabeza con las dos manos y la usé. Algunas lágrimas le corrían por las mejillas. Baba le caía por la barbilla hasta las tetas. Cuando sentí que iba a explotar, la saqué de su boca y me corrí en su cara. Chorros gruesos y calientes le salpicaron la frente, los ojos, los labios, la lengua. Ella abrió la boca y se tragó todo lo que pudo, lamiéndose los labios, como si acabara de probar por primera vez el manjar de los dioses.
Pero no había terminado, había tenido tanta hambre de esto que mi polla seguía dura. La tumbé de nuevo, le abrí las piernas y se la volví a meter en el coño. Esta vez follé sin piedad, a golpes secos, buscando llenar su útero. Ella se corrió una tercera vez, y una cuarta, hasta que se quedó floja, temblando, balbuceando cosas incoherentes, dejándome tomarla como si se tratara de una muñeca de trapo.
—Dentro… córrete dentro… lléname, papá… dame mi leche calentita del día…
Con un gruñido final me enterré hasta el fondo y me corrí con chorros potentes llenándole el coño. Sentía cómo el semen caliente salía a presión, rebosando alrededor de mi polla y cayendo por su culo. Me quedé dentro, palpitando, vaciándome por completo.
Cuando por fin le saqué la polla, un hilo grueso de semen y jugos la unía a su coño abierto y rojo. Me arrodillé y se lo chupé todo. Limpié su coño con la lengua, tragando mi propio semen mezclado con lo de ella. Luego subí por su cuerpo para darle un beso profundo, haciendo que saboreara todo.
—A partir de ahora eres mi puta. Cuando yo lo diga, te abres de piernas. Cuando yo lo diga, te arrodillas y chupas. ¿Entendido?
Ella, con la cara llena de semen fresco y la mirada perdida de placer, asintió.
—Sí, papá… lo que quieras… siempre.
Me tumbé a su lado y la atraje contra mí. Mi polla, todavía semidura, se apoyó entre sus nalgas. Le acaricié un pecho con posesividad.
—Mañana te voy a follar en la cocina mientras haces el desayuno. Y por la tarde te voy a llevar al sofá y me voy a correr en tu boca delante de la tele. Ya estoy hablando del mañana, pero no te duermas, que mi hambre no ha sido saciada.
Ella se rio bajito, cansada pero excitada a la vez, se frotó el culo contra mi polla.
—Hazlo, papá. Úsame. Soy tuya.
Pasaron varias horas. La follé otra vez en la ducha, con la espalda contra los azulejos y las piernas alrededor de mi cintura, con el agua cayendo sobre nosotros mientras le llenaba el coño por segunda vez. La follé de lado en la cama, despacio, besándola, diciéndole al oído lo mucho que me gustaba su coño apretado, lo mucho que me gustaba ser el primero y el único que la iba a usar así. Le chupé los pechos hasta dejarlos marcados. Le metí tres dedos en el culo mientras le comía el coño otra vez. La hice correrse con la lengua hasta que lloró por la sobreestimulación.
Al amanecer, con la luz gris entrando por la ventana, ella estaba dormida sobre mi pecho, con el coño goteando semen y los muslos llenos de marcas de mis manos. Yo seguía despierto, acariciándole el pelo, con la polla otra vez dura solo de recordarlo todo. En el fondo sin querer dormir y despertar con la posibilidad de que todo esto no fuera más que un sueño.
—Despierta, nena —susurré, deslizando dos dedos dentro de su coño resbaladizo—. Papá quiere follar otra vez.
Ella abrió los ojos, sonrió con pereza y se subió encima de mí. Guió sola mi polla hasta su entrada y se sentó de un golpe, enterrándome hasta el fondo. Empezó a cabalgarme despacio, con las tetas rebotando, el semen de la noche anterior saliendo a borbotones alrededor de mi polla.
—Así me gusta… úsame tú también. Fóllate a tu padre.
La agarré de las caderas y la embestí desde abajo. El sonido de nuestra carne chocando llenó la habitación otra vez. Ella se corrió gritando, el placer despertando sus sentidos y dándole la bienvenida al primer día de su nueva vida. Yo me corrí dentro de ella por tercera vez, llenándola hasta que el semen le bajó por los muslos.
Después nos quedamos abrazados, sudados, sucios, unidos por el olor a sexo y tabú. Le besé la frente.
—Nadie puede saberlo. Pero dentro de esta casa… eres mía. Completamente mía.
Ella asintió, todavía con mi polla dentro, y murmuró:
—Siempre lo he sido, papá. Solo esperaba a que te atrevieras.
Esa confesión me hizo endurecerme de nuevo dentro de ella. Y así empezó el día. Y así iba a seguir. Cada noche. Cada mañana. Cada vez que se me antojara abrir las piernas de mi hija y recordarle a quién pertenecía su cuerpo.
La follé en la cocina como había prometido, con ella agarrada a la encimera y yo detrás, el short bajado solo lo suficiente, con el coño todavía lleno del semen de la noche. La follé en el sofá por la tarde, con la tele puesta de fondo, su cabeza entre mis piernas chupándome mientras yo le metía los dedos. La follé en el balcón de madrugada, con el riesgo de que alguien nos viera, su culo al aire y mi polla enterrada en su ano.
Y cada vez que me corría dentro, cada vez que le llenaba la boca o le pintaba la cara, le decía lo mismo:
—Eres mi hija. Y mi puta. Y no hay nada en el mundo que me excite más que follarte.
Ella solo gemía, se abría más, y pedía más.
Porque el morbo no tenía fondo. Porque el tabú nos quemaba por dentro. Porque yo, su propio padre, había cruzado la línea… y no pensaba volver atrás nunca.
La usé durante horas, días, hasta que su coño estuvo rojo e hinchado, hasta que su culo ardió, hasta que su garganta estuvo ronca de gritar “papá”. Y todavía quería más. Más leche. Más polla. Más de su padre follándola como a la zorra que se había convertido para mí.
Y yo se lo di. Todo. Sin piedad. Sin límites. Con todo el amor del mundo concentrado en el cuerpo de mi propia hija de dieciocho años.
Porque así empezó. Y así iba a continuar.








