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Urbanos Lirtenses: La Lira De Cobre

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Summary

Cuando el prestigioso fabricante de instrumentos Nighel Av Foy recibe una carta de un padre que supuestamente murió años atrás, es convocado a la lectura de un misterioso testamento cuya llave es una extraña reliquia conocida como la Lira de Cobre. Lo que parece una simple herencia pronto se transforma en una red de secretos, identidades falsas, suicidios inexplicables, desapariciones y posibles asesinatos. A bordo de un tren rumbo a Ranseü, Nighel se verá rodeado de personajes que ocultan más de lo que revelan, mientras una pregunta se vuelve cada vez más inquietante: ¿quién está dispuesto a matar por el legado de los Av Foy? Una novela negra de misterio clásico, donde cada pasajero es sospechoso y cada respuesta conduce a un peligro mayor.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Mercado Lombardy

I.

El mercado Lombardy

Las tardes en Lombardy eran crudas y muy ruidosas. Los labriegos de baratijas y cosas extrañas caminaban de abajo arriba como canes hambrientos de la capital Lirtense. La clase alta nunca se inmiscuía con la urbe que atestaban las aceras húmedas de la peligrosa calle Lombardy.

Lombardy había sido un extranjero de voz de tarro, llegado en barco con curiosidades y joyas extravagantes para fundar una colonia. Sus frustrados deseos de emprender con cueros cayeron en quiebra después de que lo sorprendieran fornicando con la hija de uno de sus clientes favoritos. El clan de los Narigos lo persiguió hasta darle muerte. Tan famosa fue su historia que en mitad de esta calle mercantil existe hoy por hoy una estatua de cobre de la trágica Tejdek Narigo. El padre de la joven Narigo falleció de un mal de estómago que lo carcomió por dentro. Los doctores más célebres de esa región dedujeron que se trataba de brujería. Pese a los inconvenientes de familia, Lombardy fue aclamado por alimentar a los hijos de los carniceros y de los criados de los más destacados hombres de toda Lirtenia, país al norte del quinto continente.

La tarde menguaba lentamente y con ella los últimos negocios. Tratos de camaradas y hombres en pos de unas cuantas monedas para meter en su vacío estómago algo que mitigara los retortijones del hambre. Ladrones y mujerzuelas caminaban con frío en sus caras y con angustia en sus bolsillos. Más tarde, cuando cayó la temperatura, ni siquiera los retorcidos cigarrillos del suelo podían apaciguar la helada de la noche.

Un hombre bien vestido se adentró en los callejones humeantes de la calle Lombardy. Dentro de sus intenciones estaba calmar su sed de sexo. El placer parecía haberle dibujado un mapa en su mente para dar con la doncella callejera que aquietaría su ansia carnal. A tres calles del minúsculo puerto de la ciudad se encontró con una voluptuosa dama de prenses negros y rizos dorados. Sus ojos achinados fueron lo primero que el hombre vio tras un velo de sombra.

—Hoy andas solo. En días pasados no te había visto por estos lados. ¿Deseas compañía en esta inclemente noche? —la mujer motivó una sonrisa de color carmesí. En su aliento, un rastro de menta y algo más: tabaco negro mal disimulado.

—La verdad quiero algo excitante esta noche.

—Veo. Entonces vente conmigo. Esta calle no es lecho para alimentar la excitación.

Tomados de la mano como inocentes prometidos, caminaron en direcciones opuestas a la muchedumbre. La mujer galana lo invitó a una aromatizada habitación de paredes rústicas y portón de madera. Allí dejó su bolso de cascabeles luminosos y su caja con graciosos cigarros que simulaban alcurnia. De espaldas a él, la mujer se desnudaba con la lentitud que el cliente pedía. La mayor parte de su desnudez fue propuesta por él; la otra parte venía de imaginativos y coquetería de ella.

—¿Puedo saber el nombre del hombre que hoy probará mis encantos? —preguntó sin volverse del todo, solo girando medio rostro. Nighel notó entonces un lunar junto a su oreja izquierda. Un lunar pequeño, casi imperceptible, en forma de media luna.

—Nighel Av Foy.

—Oh, el gran creador de instrumentos musicales. ¿Hoy en mi lecho? —dijo la mujer girando su rostro pálido hacia él. Al hacerlo, un aroma a almizcle y a ciruela pasada se desprendió de su nuca.

—Me haces sonrojar. La verdad, esta empresa la sostienen mi hermana y mi sobrina más que yo. Solo gasto el capital en fiestas y en viajes lejanos.

—Bueno, querido, alguien tiene que usar el dinero. Ese eres tú, corazón.

—En verdad manejas un buen sentido del humor… Me gustará estar contigo. ¿Y tú cómo te llamas?

—Soy Seveer. O todos me dicen Vantage.

—Tienes buen renombre, Seveer…

—Claro que sí, primor. Soy la diva de los hombres. Y más cuando uso mi boca. —Guiñó un ojo y se adentró a asegurarlo con hechos.

—Querida, eres un ángel, creación divina… uhhhh… —Nighel balbuceaba haciendo gestos.

—Mgnfeng… —Hizo una pausa. —Perdón, sé que no me entendiste. ¿Estás bien?

El placer era nutrido con frías corrientes de la bahía y una fugaz brasa lunar. Así la carne se hizo paso a través de la voz de las olas y el murmullo de los pelícanos de mar.

La mañana lo abrigaba en un manto seco de papel periódico y varios gatos que dormían a su lado. Despertó en medio de un bostezo que dejó salir un fétido hedor a licor de la noche. De inmediato se percató del lugar donde estaba y también se desorientó al hallarse solo. Buscó sus pertenencias y las encontró en su sitio: la bolsa de monedas, el reloj de bolsillo, incluso el pañuelo bordado. Ahora trataba de encontrar sus zapatos, que andaban extraviados. Mientras los buscaba se inquietó al no ver por ningún lado a la diva de la noche anterior. Su belleza y el apasionado gesto de la noche previa lo habían hecho caer en encantos jamás vividos.

Olvidé preguntarle de dónde era ese lunar, pensó, y la idea se le clavó como una astilla.

Anduvo desorientado por las calles cercanas al muelle y por fin logró guiarse hasta las puertas de la fábrica de instrumentos. Llegó un viento frío y luego Nighel empezó a usar el aldabón para llamar al portón. Dos toques secos retumbaron en el salón principal. Quiso dar el tercer golpe y algo se cayó de la aldaba. El sonido de un metal liviano acarreó la atención de Nighel, que examinó con lentitud la escena.

Mientras analizaba el objeto caído, en su mente se recreaba la pieza maestra de su músico clásico favorito, Skogen Av Musik. Al determinar que el objeto era una cadena, la recogió del suelo. Observó que traía un pendiente en forma de lira. Era una cadena de muñeca con ese detallado grabado, forjado en puro cobre. Más que su admiración por la obra y el diseño, se preguntó con ironía: ¿quién esbozaría una cadena y un pendiente de cobre? ¿Acaso no sabe que podría generar ictericia y que eso lo confunden con anemia?

Al volverla entre sus dedos, notó algo más: en el reverso del pequeño pendiente, unas iniciales grabadas: V.F.

Sin prestarle mucha atención a lo que acababa de encontrar —y guardándosela en el bolsillo interior del abrigo—, procedió a tocar por tercera vez con el aldabón sobre la gran puerta del taller de instrumentos. Su taller.

No tardó en entender que nadie acudiría a abrirle, así que tomó de sus bolsillos las llaves. Giró la llave generando un crujir dentro con eco profundo. Al dar el primer paso se encontró con que su zapato pateaba leve un sobre que cayó más adelante en un intento de hacerse notar. Extrañado, se volvió hacia la puerta para tratar de dar con el paradero de la persona que pudiese haber dejado el sobre. No vio a nadie. Al entrar de nuevo recogió el sobre, que estaba dirigido a él. Sacudiendo un poco el polvo, desdobló el sobre para encontrarse con una nota manuscrita que lo invitaba a un punto de encuentro.

Apreciado señor mío,

Tengo en mi poder algo de suma importancia para usted. Si quiere saber de esto, acérquese a la esquina del café Sinnot, junto a la galería de mercado negro en Lombardy 3-06. Hoy a las 3:00 antes del ocaso.

Si no acude a nuestro encuentro, le aseguro que se arrepentirá el resto de su simple vida.

Busque un sombrero Vaahnder. Así me encontrará.

Nota: Asista solo. Yo estaré sola.

Aún más extrañado, observaba una y otra vez la nota anónima que lo incitaba a un encuentro fortuito. La caligrafía era cuidada, casi artificiosa, como la de alguien acostumbrado a escribir más de lo que habla. Y el papel… olió el borde: cera de vela y un tenue perfume de rosas secas.

Mientras tomaba la decisión correcta, vio pasar la hora del desayuno comiendo tartas de avena y maní dulce con una buena taza de chocolate caliente. Caminó por los talleres de violas y violonchelos, y visitó también el taller de piano. Presenció cómo el gran maestro Van Der Loo afinaba uno de los más nuevos modelos de pianos de cola. Sintiendo las notas suaves y delicadas en sus oídos, dibujó poco a poco la silueta desnuda de aquella doncella que lo había transportado al más galáctico orgasmo que jamás tuvo en su mente.

Casi las tres y no había decidido ir. Con el papel en su puño determinó que no tenía nada que perder en aquel encuentro, así que tomó su abrigo, un par de monedas de oro y salió apresurado. Caminó meditabundo sobre las calles del centro de Lombardy. Cruzando una gran plazoleta, encontró una esquina con el nombre que decía la nota. Allí, tras un callejón humeante, distinguió un sombrero muy inusual. Solo las damas de la alta sociedad podían darse el lujo de portar un artilugio de ese tipo.

Caminó con mesura, tratando de no llamar la atención. Como el gran Nighel Av Foy ser visto, entrando en una callejuela de mala muerte al encuentro de una desconocida, no sería lo mejor para su imagen ni para la de su taller. También pensó: ¿qué tipo de dama de ese perfil selecciona un lugar como este para una cita a ciegas? Debe ser un poco estúpida.

Y allí estaba ella: vestido gris con bordados y boleros azules celestes; un sombrero Vaahnder con tres plumas de pavo real y un velo que le cubría el rostro hasta debajo de la nariz. Se acercó pausadamente con los sentidos en alerta para reaccionar a cualquier eventualidad. A varios pasos de ella, su presencia fue acatada por quien lo esperaba.

Ella, una mujer de tez blanca como la nieve, alta estatura y cabello rubio hasta la cintura, habló mientras se quitaba el velo de la frente.

—Así que decidiste acudir a nuestro encuentro. —Sus cejas negras contrastaban con sus ojos verde esmeralda. Admito que me sorprendes. En verdad pensé que no vendrías. —Hizo una pausa y examinó sus manos, como si buscara algo. —¿Tienes la lira?

—No tengo nada que perder. Bueno, eso es lo que creo. Sí, aquí la traigo conmigo.

—Bien. Conserva la lira y no la pierdas. En cuanto a nuestro encuentro, sí, tienes mucho que perder. Pero ya no, porque estás aquí —dijo la mujer.

—Pero es muy extraño que digas que me conoces cuando no te encuentro ni siquiera familiar.

—Bueno, te diré: soy una mensajera. He venido a traerte un mensaje. Solo lo puedo entregar si me aseguras que quieres recibirlo y firmas el acta de entrega. De lo contrario, no podré dártelo.

—¿Tengo alguna otra alternativa? Ya estoy aquí. No hay marcha atrás. ¿Qué más da? Así todo se vaya al carajo. ¿Dónde te firmo?

Ella sonrió apenas. No era una sonrisa cálida. Era la mueca de alguien que acababa de escuchar exactamente lo que esperaba.

La mujer sacó de entre un pequeño bolso de mano un papiro con pliegues, lo abrió y señaló con una pluma dónde debía firmar el destinatario. Sin titubear, Nighel firmó con rapidez y devolvió el acta a su dueña. Al tomarla, ella pasó un dedo por el borde del papel, como verificando algo, y lo guardó.

Enseguida, la mujer tomó otro sobre de su bolso y lo entregó con cautela. Al examinarlo, Nighel se percató de que la fecha de envío era de tres semanas atrás. También estaba cerrado con un sello de cera dorado con un emblema familiar que no conocía: dos alas cruzadas sobre una lira.

La mujer volvió a ajustar el velo en su sitio y luego aseguró el bolso en su cinto. Con sutileza se acercó a Nighel y lo besó con suavidad. El beso sabía a fresas silvestres —y a algo metálico, como si hubiera chupado una moneda antes—. Lo tomó por sorpresa.

Después del beso, se retiró dos pasos. De la nada, Nighel vio surgir un revólver en las manos de la dama. Sin mediar palabra, la mujer dirigió el arma a su sien y accionó el gatillo.

El estruendo. El olor a pólvora quemada. El gran salpicar de sangre.

Todo bloqueó al hombre, que con el sobre en las manos no supo cómo reaccionar. Todo se resumió en un pitido ensordecedor que lo llevó a tener mareos y distorsiones de lo que veía frente suyo. El escarlata de la sangre se fundió con el celeste de su vestido. El impacto fue fulminante. No se podía hacer nada por ella.

Pero ella lo sabía, alcanzó a pensar Nighel antes de que el pánico lo embistiera. Ella ya lo sabía cuándo me besó.

La detonación llamó la atención de los transeúntes, que no muy lejanos del callejón se vieron aturdidos. Las voces venideras y los ecos de los pasos afanados despabilaron a Nighel, que sin querer ver a la mujer muerta corrió aún más adentro del callejón. Acorralado por el miedo y la incertidumbre, el hombre corrió hasta que entendió que debía caminar y tratar de pasar desapercibido. Se dirigió con paso acelerado al taller.

Mientras llegaba a sus aposentos, sintió que las miradas de la gente de la calle lo perseguían como señalándolo, poniéndolo al descubierto. En un momento de lucidez, se dijo a sí mismo que él no tenía nada que ver con lo que la mujer había hecho. Pero había firmado el acta. Y ahora ella estaba muerta.

El taller se hallaba solitario. El ocaso había llegado y con él las más incómodas horas para Nighel. Temeroso y nervioso, trataba de controlar esas emociones con una taza de café a medio llenar. En su oficina, solo con la luz de su lámpara de escritorio, paseaba la mirada en el sobre que, enigmático, lo había llevado a ser casi un asesino.

No aguantó un minuto más. Tomó un abrecartas. Con el sobre abierto en su mano, titubeó un instante —el tiempo justo para dar un sorbo profundo a su taza de café—. Luego lo abrió y extrajo la carta.

Julio 28 del ciclo 1741

Apreciado Nighel Av Foy:

Hijo mío, sé que vas a estar abrumado con lo que en estas líneas encuentres. Una verdad que no fue del todo clara para ti. Si bien todos te han hecho creer que yo ya había muerto hace más de un ciclo, eso no había pasado.

Si tienes esta carta en tus manos, es porque recién sí he fallecido y mis más fieles colaboradores te la han hecho llegar.

Debes estar lleno de preguntas divagantes sin resolver. Te las resolveré una vez acudas a la lectura de mi testamento. Dicha lectura se llevará a cabo en Ranseü, el 17 de agosto, en la mansión Larkalt. En el sobre hay un tiquete de ida y vuelta para esa provincia. Un coche te esperará en el mercado Lombardy una hora antes de la partida del tren esa misma luna. El tren parte solo una vez al mes, así que no debes perderlo.

Tu clave para poder asistir a esta lectura es la Lira de Cobre.

No te afanes en traer mucho equipaje. En verdad no lo necesitarás.

Sé que dudarás de la veracidad de esta carta, pero si en algo estoy seguro es en que eres el auténtico y legítimo dueño de mi testamento.

Con amor,

Vanghel Av Foy

Faltaban dos lunas para la lectura del testamento, así que no se apresuró a indagar más sobre el asunto. Esa noche se internó en su taller y no se asomó ni a la ventana. El alboroto por el suicidio de la mujer no había generado ningún revuelo en la sociedad: un episodio más de la impunidad en Lombardy. A la siguiente luna, sintió grandes deseos de acudir a los aposentos de la doncella del muelle. Seveer lo llamaba en lo profundo de sus introspecciones: un almizcle entre suicidio, testamento y sexo se paseaba en la ahora dormitada mente de Foy.

Era tarde en la noche y no conciliaba el sueño. Así permaneció dando tumbos en su cama. No soportó más sus ansias y salió decidido al encuentro con Lady Vantage. No tardó en llegar al lugar donde una vez se había entrevistado con la dama. Hacía más frío de lo normal y los cielos pintaban relámpagos de una futura tormenta. En el sitio no encontró a la mujer que buscaba, pero las ofertas no faltaron. Nada que le apeteciera.

Preguntó por Lady Vantage sin obtener respuesta alguna. Caminó hacia los aposentos de la mujer y los halló cerrados con llave. Desanimado, se regresó con la desilusión a flor de piel. Al salir del muelle, vislumbró una silueta que le resultaba bastante familiar. Era Seveer. Con ahínco caminó hacia ella esperando saborear las mareas de su pasión y lujuria.

—Diosa agraciada del muelle, ¿dónde te habías metido?

—Sir Nighel, me place verle de nuevo. ¿No creerás que eres mi único y afamado cliente, o sí? —expuso la diva.

—En verdad eso no te lo discuto, pero tengo tantas ansias de verte y entrar en tu lecho que por un momento me llené de celos.

—No seas tan lujurioso, mi querubín, menos con una mujer como yo. No interpongas el corazón en asuntos de la carne. Vamos, mi aposento se enfría.

Su desnudez fue una canción de antaño entonada a capela. Una sinfonía de sudor y caricias mientras la tormenta se hacía paso por todo el caserío. Los truenos eran tambores en una sonata carnal y los gemidos de Seveer simulaban los coros gregorianos del monasterio sur. La niebla los cobijó y los entumeció hasta dejarlos perdidos en la suave manta del sueño. Nighel no recordaba haberse dormido. Solo recuerda que, en algún momento, sintió la mano de ella recorriendo su pecho. Y luego, nada.

La luz de la mañana del 17 de agosto tocó a la puerta de manera abrupta. Al despertar de golpe y quedar sentado en la cama, a Nighel no le sorprendió no encontrar a su acompañante. Resuelto a tomar el tren que saldría al mediodía, se vistió un poco más claro en sus objetivos. Buscó entre sus bolsillos las llaves del taller y allí las encontró. Buscó la lira de cobre. No la encontró. Una palidez mortuoria le maquilló el rostro. Seveer lo había robado. ¿Se habría querido pagar con ella? ¿Por qué diablos no me pidió más dinero?

Se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo, donde había guardado la cadena. También había desaparecido. Corrió sin mesura a su taller. Alistó pocas prendas de vestir en una valija pequeña, tomó un abrigo de repuesto, el sobre con la carta y los tiquetes para el tren. Salió, pero su destino no fue la estación: se dirigió al muelle. Buscaba a Lady Vantage —o más bien su lira de cobre—. Al no dar con el paradero de la ninfa, optó por dar recompensas y sobornos a quien pudiera darle algún indicio de su paradero. Nadie supo nada. O nadie quiso decir. Cerca de la hora de partida se dirigió al mercado Lombardy, sin resultados en su frenética búsqueda. Tenía la carta de su padre. Creo que es suficiente prueba para recibir el testamento sin necesidad de la baratija, se dijo, aunque en el fondo no lo creía.

Al llegar al mercado notó un exuberante carruaje a la expectativa de su llegada. El cochero lo invitó a seguir después de abrirle la puerta. Dentro tomó un respiro y se resignó ante la pérdida de la lira. Ya en movimiento vio cómo las calles del mercado Lombardy quedaban atrás. A las afueras del pueblo, la estación se abría paso dejando entrar y salir los caballos de acero, como les llamaban a los trenes en ese entonces. Era un transporte muy costoso. No muchos podían darse el lujo de viajar en tren. A su llegada, el cochero anunció que el servicio terminaba. Al desmontarse de su compartimento, Nighel fue interceptado por el cochero, que le entregó un trozo de papel y le dijo al oído:

—No lo leas hasta que estés en el tren.

Qué acontecimientos más extraños y bochornosos se avecinan sobre estos días. ¿Será que no pararán en algún momento? —se preguntó mientras abordaba el vagón designado en su tiquete. Una vez adentro, y después de que el guarda revisara su tiquete, fue ubicado en un compartimento con ventana dando frente a la estación. Fue entonces cuando recordó las palabras del cochero y se dispuso a abrir el trozo de papel. Dentro, una sola línea escrita con la misma caligrafía cuidada de la nota anónima:

“Mi amante querubín, no creas que eres el único que entra en callejones a solas.”

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