Capítulo 1: "El cumpleaños número 23"
El apartamento olía a vela quemada y a soledad.
Valeria sopló los veintitrés puntos de luz y pidió el mismo deseo de los últimos cinco años: que alguien se quede.
No pasó nada. Como siempre.
Se sirvió otra copa de vino que no necesitaba y miró el anillo de su abuela. Plata oxidada, una piedra negra que parecía un ojo cerrado. "Te protegerá de los malos espíritus, nieta. Y de los hombres que lo parecen". La abuela Elena murió un año después, llevándose consigo todas las explicaciones.
—Salud —dijo Valeria al vacío.
El vacío no respondió.
Pero el sofá sí.
Un hombre apareció sentado en él como si siempre hubiera estado ahí. Pelo negro revuelto, chaqueta de cuero desabrochada, botas con barro que no manchaban la alfombra. Sus ojos ardían de un ámbar líquido, como whisky al sol.
—¿Vas a ofrecerme algo o solo bebes sola los cumpleaños? —preguntó con una sonrisa que mostraba colmillo izquierdo.
Valeria no gritó. No derramó el vino. Solo parpadeó dos veces.
—¿Quién coño eres?
—Azazel —hizo una pequeña reverencia desde el sofá— Demonio de segundo rango, especialista en tentaciones menores y caos administrativo. Pero tú puedes llamarme el guapo.
—Vete o llamo a la policía.
—¿A los del 112? Qué mono. Les contarás que hay un demonio en tu sofá y te llevarán al psiquiátrico. Perderás el trabajo, la custodia de tu hermana... —Azazel se estiró como un gato— O puedes escucharme. Son cinco minutos. Luego me voy si insistes.
Valeria apretó el anillo. No picó, no quemó. La piedra seguía negra.
—Estás muerto —susurró.
—No, cariño. Vosotros os morís. Nosotros solo esperamos.
Antes de que pudiera responder, otro olor llenó la habitación. Incienso. Metal frío. Algo antiguo.
Samael emergió de la sombra junto a la ventana como si la oscuridad lo hubiera parido. Rubio platino peinado hacia atrás, traje negro de solapas impecables, gemelos de plata con grabados en latín que Valeria no pudo leer. Era más alto que Azazel. Más quieto. Más peligroso.
—Azazel —dijo Samael con voz de profesor que descubre a un alumno copiando— Llegas tarde. Como siempre.
—Y tú llegas sin invitación. Como siempre —Azazel no se movió del sofá, pero sus ojos ardieron más— Esta es mi jurisdicción. Encontré la señal primero.
—No hay jurisdicciones en tierra neutral. Y ella no es una señal. Es una oportunidad.
Valeria levantó la mano con el anillo.
—Alto. Alto, alto, alto —Se puso de pie, tambaleándose ligeramente por el vino— Alguien me explica qué mierda pasa o empiezo a gritar de verdad.
Samael inclinó la cabeza con una cortesía tan fría que parecía un insulto.
—Discúlpeme, Valeria. Cumples veintitrés años hoy. Hija de Irene, nieta de Elena. Su abuela nos conocía bien. Nos bloqueó durante años con ese anillo. Pero esta noche... —señaló la piedra negra— Esta noche ha dejado de funcionar.
Valeria miró el anillo. La piedra seguía negra. Pero ahora notó una pequeña grieta.
—No ha dejado de funcionar —interrumpió Azazel, incorporándose— Se está acabando. Como todo. Cumplir veintitrés significa que ya no eres una niña protegida. Bienvenida al mundo real, princesa.
—No soy tu princesa
—No. Eres algo mejor —Azazel se acercó, invadiendo su espacio personal con la facilidad de quien nunca aprendió los límites— Eres una humana con un deseo enorme y un vacío del tamaño de un aparcamiento. Huelo la soledad en ti. Y la rabia. Y las ganas de que alguien se quede.
Valeria tragó saliva. Era exactamente su deseo de cumpleaños.
—¿Lees mentes?
—No. Pero leo almas. Y la tuya pide eso a gritos.
Samael dio un paso al frente, situándose al otro lado de Valeria. Ahora estaba entre ellos dos. Un triángulo perfecto en el centro del salón.
—No queremos leer su alma, Valeria. Queremos ofrecerle un trato. —Samael alargó la mano, y de su palma brotó un pergamino enrollado con cera negra— Usted tiene algo que nosotros queremos. Nosotros tenemos algo que usted desea.
—¿Mi alma? —preguntó Valeria con una calma que ni ella sabía que tenía.
—Por ahora, no. —Samael guardó el pergamino— solo su compañía. Un mes de prueba. Nos conoce a nosotros, nosotros la conocemos a ella. Y al final, usted decide.
—Suena a estafa piramidal.
Azazel soltó una carcajada.
—Me gusta. Tiene malicia —Se giró hacia Samael— ¿Ves? Te dije que esta era mejor que la de la semana pasada.
—La de la semana pasada intentó matarnos con un exorcismo casero. No es un estándar alto.
Valeria apoyó la copa en la mesa. Sus manos temblaban, pero su voz no.
—Dos cosas. Primera: ¿por qué yo? Segunda: si esto es una broma de mal gusto, os juro que encuentro a un cura, un brujo o al puto Batman para que os borre del mapa.
Samael y Azazel se miraron. Por un segundo, parecían... ¿cómplices?
—Usted tiene sangre de cazadora, Valeria —dijo Samael en voz baja— Su abuela fue una de las mejores. No la matamos porque respetamos su legado. Pero ahora que el anillo se rompe... otros vendrán. Otros que no respetarán nada.
—Nosotros podemos protegerla —añadió Azazel, perdiendo por primera vez la sonrisa— A cambio, solo queremos conocerla. Parece estúpido, ¿verdad? Dos demonios milenarios queriendo tomar un café con una veinteañera. Pero el infierno es aburrido, y tú hueles a interesante.
Valeria miró el anillo agrietado. Miró a Azazel, que ahora jugaba con un mechero que no tenía fuego. Miró a Samael, que esperaba con las manos cruzadas a la espalda como un mayordomo infernal.
—Un mes —dijo finalmente— Pero con reglas.
—Diga —respondió Samael.
—Primera: nadie duerme en mi cama sin preguntar. Segunda: nada de matar humanos delante de mí. Tercera: si me mienten sobre algo importante, el trato se rompe y encuentro la forma de encerrarles para siempre.
Azazel silbó.
—Bonito discurso ¿Dónde aprendiste a negociar?
—Viendo El padrino con mi abuela. —Valeria cruzó los brazos— ¿Aceptan o se van?
Samael extendió la mano. Esta vez el pergamino sí apareció, flotando entre los tres.
—Firme aquí. En sangre.
—No tengo un boli.
Azazel se acercó, le tomó la mano con una suavidad inesperada y mordió su propio pulgar. Una gota negra como el petróleo cayó sobre el dedo índice de Valeria.
—Ya tienes.
Ella presionó el dedo manchado sobre el pergamino. La tinta negra se volvió roja, luego dorada, luego se desvaneció.
El apartamento tembló. Las luces se apagaron todas a la vez.
Cuando volvió la luz, los dos demonios seguían ahí.
Y Valeria sonrió por primera vez en meses.
—Bueno —dijo, recogiendo su copa de vino— ¿Alguno sabe hacer palomitas? Porque si van a quedarse un mes, al menos van a ver El señor de los anillos conmigo. Y no acepto críticas sobre los ents.
Azazel soltó otra carcajada.
Samael, por primera vez, esbozó algo parecido a una sonrisa.








