Un hermoso día
El lunes por la mañana comenzó con el sonido seco y violento de la madera chocando.
En el claro de la montaña, la humedad del amanecer se evaporaba con el calor corporal de Kalion. Su respiración era un silbido ronco y doloroso. Tenía los antebrazos inflamados, de un color rojizo tirando a morado, debido a los impactos de la vara de su padre. Naoco no se estaba conteniendo; cada uno de sus movimientos era fluido y perfectamente calculado. Era la experiencia de mil años concentrada en un trozo de madera.
Kalion apretó los dientes, levantó su vara e intentó un contraataque rápido hacia los costados de su padre. Fue inútil. Naoco simplemente giró el torso unos centímetros, esquivando el golpe con una facilidad insultante, y usó el propio impulso de Kalion para meterle una zancadilla seguida de un golpe seco en las costillas.
El impacto mandó a Kalion directo al suelo, tragando tierra y hojas secas. El dolor físico era inmenso, pero el agotamiento muscular era peor; sentía los brazos como si estuvieran hechos de plomo.
Naoco bajó la vara, apenas sudando, y caminó hacia una choza cercana para recoger un par de cantimploras con agua. Regresó y le lanzó una a su hijo, quien seguía boca arriba, mirando al cielo y tratando de recuperar el aire.
—Ponte de pie —dijo Naoco con voz firme—. Debes prepararte, ya mero es hora para que te vayas a la escuela.
Kalion rodó sobre su propio eje, quejándose, y se apoyó en una rodilla usando la vara como bastón.
—¿Y si mejor no voy, pa? —pidió Kalion, con una mueca de dolor—. Estoy destrozado. Mi cuerpo no podrá con las matemáticas hoy.
Naoco soltó una carcajada ronca, cruzándose de brazos.
—Eso qué, babas. Preocúpate de todas tus notas . Tus calificaciones han bajado; sigue así y te mato... ¿Qué son otros quince años más para mí? Jajaja.
Kalion lo miró con los ojos entrecerrados, limpiándose el sudor de la frente.
—No sé por qué, pero sí te creo capaz... Sonaste como un viltrumita, papá.
—No digas babosadas, yo no reprimo mis emociones —respondió Naoco, esbozando una sonrisa—. Y está muy buena esa serie, pero ya se te está haciendo tarde. Ve a darte un baño y corre.
Kalion soltó un largo suspiro, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar mientras se ponía de pie por completo.
—Es mucho viaje bajar la montaña... ¿Por qué no podemos vivir junto a los demás del pueblo? Sería más fácil.
—Ellos no saben de la existencia de criaturas místicas —la voz de Naoco se volvió seria, casi solemne—, y lo mejor para todos es que así siga.
—Sí, sí, sí... Ya me lo contaste varias veces, papá —interrumpió Kalion, encaminándose al baño—. Que se iniciaría otra guerra, que ya no quedan tantos de los nuestros para mantenerlos a raya y que si se enteran nos extinguimos. Ya me voy a bañar, papá.
Después de una ducha rápida con agua fría que apenas logró aliviarle los golpes, Kalion se puso el uniforme, tomó su mochila y comenzó el descenso. Literalmente tuvo que correr montaña abajo, usando los senderos empinados que solo él conocía para acortar camino.
Al llegar a la base de la montaña, el rugido de un motor viejo pero confiable lo estaba esperando. Era una camioneta pickup maltratada por el tiempo, con el motor encendido y la música a bajo volumen. Al volante estaba Fer, su mejor amigo. Fer era un humano completamente normal, pero con una lealtad a prueba de balas: conocía las historias del padre de Kalion, sabía lo que eran y había jurado llevarse el secreto a la tumba.
Fer se asomó por la ventana del copiloto, empujando la puerta para que Kalion subiera.
—¡Súbete, wey, que se nos hace tarde! —gritó Fer, viendo la cara de muerto que traía su amigo—. Déjame adivinar... ¿Tu jefe otra vez te usó de costal de boxeo matutino?
Kalion se dejó caer en el asiento de la camioneta, soltando un quejido cuando su mochila golpeó el respaldo.
—No tienes idea... —alcanzó a decir Kalion mientras Fer metía velocidad y la camioneta avanzaba hacia la escuela.
Fer metió la segunda marcha, haciendo que la camioneta protestara un poco mientras esquivaba un bache del camino. Miró de reojo a su amigo, que venía sobándose el hombro.
—Bueno, si lo ves por el lado positivo, ya casi cumples los dieciséis —dijo Fer con una sonrisa, dándole un leve codazo—. Ya mero despiertas tus poderes, wey.
Kalion suspiró, recargando la cabeza en la ventana. Una chispa de emoción cruzó por sus ojos a pesar del cansancio.
—Espero que con eso tenga un gran avance en los enfrentamientos con mi padre. Ya me toca ganarle una.
Fer soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza.
—¡Hasta crees! Por lo que él mismo ha contado, dudo que si quiera puedas sacarle una gota de sangre todavía. El señor Naoco es un monstruo.
—Lo sé —admitió Kalion, sonriendo también—. Pero estoy emocionado. Dentro de poco podré manipular el rayo. Sé que cada uno de los nuestros tiene que encontrar su propia forma de usarlo, pero... yo quiero usarlo igual que mi papá.
Fer frunció el ceño, cambiando a tercera.
—¿También quieres pelear a puño limpio usando el rayo solo como un potenciador? Por lo que ha contado tu papá, lo más conveniente para ti sería usarlo a distancia. Así evitas arriesgarte de más, ¿no?
—Lo sé, lo sé —respondió Kalion, enderezándose en el asiento, animado por la plática—. Pero también lo has visto pelear, Fer. Es tremendo. Va de frente, sin miedo a nada. Incluso se da el lujo de decirles en la cara que están atacando muy descuidadamente mientras los esquiva. Es otro nivel.
—Eso sí, lo admito. Es un maldito dolor de cabeza verlo pelear, se ve tan genial —dijo Fer, y luego bajó un poco la voz, mirando a los lados—. Sé que no debería decir esto... pero sería bueno que viniera otra manada de hombres lobo, o vampiros, o semiogros... solo para ver a tu papá lucirse otra vez.
Kalion soltó una risa nostálgica, recordando eventos pasados.
—Sí, verdad... La última vez, los dos peleamos, Fer. Estábamos ahí con las lanzas y mi papá nos tuvo que asistir todo el tiempo porque casi nos cenan, pero fue increíble.
—Sí... Qué envidia te tengo, de verdad, al menos en el término de tus habilidades —comentó Fer con un suspiro de admiración.
Kalion volteó a verlo y resopló.
—Y yo envidio tu cerebro para la escuela.
—Eso se soluciona estudiando,wey—se burló Fer, frenando un poco al ver el tráfico pesado—. Pero bueno, ya estamos cerca de la escuela Imperions. Lo mejor es que cambiemos de tema. No queremos que nadie escuche algo que no debe.
La camioneta avanzó a vuelta de rueda frente a la fachada de la Preparatoria Imperions. El ambiente matutino del lunes estaba plagado de la clásica energía escolar: risas, mochilas arrastrándose y grupos de estudiantes amontonados en la entrada hablando ruidosamente.
Mientras caminaban desde el estacionamiento hacia el patio principal, el eco de los chismes de fin de semana inundaba el aire. En el fondo, se alcanzaba a oír a un grupo de alumnos hablando entusiasmados: "¡No mames, la fiesta de Iker estuvo increíble!", "¡Te lo perdiste, wey se puso loquísima!".
Kalion y Fer pasaron de largo, acomodándose las mochilas mientras se adentraban en el pasillo principal, listos para arrancar su segundo semestre.
—¿Y bien? —preguntó Kalion, mirando el horario en su teléfono—. Segundo semestre de prepa... ¿Qué crees que nos espere este año? Fer volteó a verlo y soltó una risita burlona.
—Sí que te golpeó duro tu papá hoy, wey... Pues lo mismo de siempre, qué preguntas.
Mientras caminaban hacia el salón, la plática cambió de rumbo de manera natural hacia las chicas de la escuela y cómo habían regresado después de las vacaciones. Entre críticas y halagos, pasaron frente a un grupo del año pasado.
—Aunque Lilia es bastante bonita, la verdad es alguien bien hipócrita —comentó Fer, rodando los ojos.
—Ni se diga —coincidió Kalion, haciendo una mueca—. Esa morra es pura apariencia.
Al entrar a su nuevo salón de clases, el ambiente ya estaba lleno de chismes. El rumor principal que corría entre las bancas era sobre unas hermanas nuevas que supuestamente se iban a inscribir en ese semestre. Los chicos del fondo ya se andaban preguntando si estarían guapas o si valdría la pena intentar hablarles. Kalion y Fer decidieron ignorar el alboroto y se sentaron juntos, pasando a un tema más importante para ellos: debatir quién de todo el salón era el mejor nadando.
Estaban en medio de esa discusión cuando la puerta se abrió de golpe. Entró el profesor Nik, un hombre de carácter firme que de inmediato impuso orden.
—A ver, jóvenes, siéntense todos y guarden silencio, por favor —ordenó el profesor Nik, acomodando unos maletines en el escritorio. El salón se aplacó casi al instante—. Como aparentemente muchos de ustedes ya saben por andar de chismosos, hoy se incorpora una alumna nueva. Recíbanla bien. Adelante, ella es Luci.








