Prólogo

AMELIE
—Si te vi, qué más da, te creí, que lastima.....si piensas en mí, te pido un favor.. —canto sobre la mesa mientras mi hermano ríe con una cerveza en la mano. —Yo no puedo olvidarte sin devolver el tiempo atrás.
—¡Eso guapa!
Su grupo de amigos nos observa con una sonrisa cuando me bajó de la mesa y recibiendo la botella qué me terminó en un segundo. No soy de las que beben hasta perder el conocimiento pero hoy vaya que lo amerita. Pronto seré piloto de fórmula 1 y es un mérito que no pasaré por alto.
Uno de los atractivos amigos de Aaron me toma de la cintura mientras bailamos la siguiente canción. Soy una pésima bailarina: lo piso todo el tiempo y jamás logramos sincronizarnos en lo más mínimo. Aun así, él insiste en mantener su mano en mi cintura, aferrado a la ilusión de que en algún momento lo dejaré besarme.
—Algún defecto tenias que tener. —habla en mi oído.
—¿Y cual es? —cuestiono alejándome.
—No bailas nada bien.
—Disfruta el resto de la noche.
Intento irme pero el tipo lo impide acercándome a él, apesta tanto como yo a licor y su mal intento de besarme termina con su estúpido ego en el suelo cuando le pateó las pelotas dejándolo en su lugar.
Aaron aparece abrazándome y examinando mi rostro.
—Estoy bien, el que está mal es el hijo de puta este.
—¡Maldita perra! —gruñe sujetando su entrepierna.
—Calmate, tampoco es que hubiera mucho en esos pantalones.
—No te acerques de nuevo a mi hermana. —advierte Aaron.
Salimos, pero la ida al auto termina cuando mi hermano ve a la pequeña Alaia entrar a uno de los bares de lujo de la ciudad con dos modelos.
—Tengo que ir.
—Vamos, prometo portarme bien. —sonrío. —Necesito un baño.
Aaron es el más responsable de los hijos de mi padre, nos cuida y protege como el maravilloso hermano mayor que es pero cuando se trata de mi logro manipularlo a un nivel que le avergüenza admitir.
No entiendo porque Alaia no eligió otro lugar, este es de los menos concurridos por nuestra clase social y aun así ella disfruta de estar en estos lugares. Aaron avanza hacia mi pequeña quien baila en el centro de la pista con los Adonis que la admiran.
Escapó hasta el baño, entro sin tocar y me encuentro una escena que me da lástima presenciar. Una chica sobria suplicando al imbécil de Vendramini, él se mantiene inmóvil en su lugar mientras ella ruega por un beso.
—Tú. —cuestiona el hombre de ojos azules cuando me ve recargada a la puerta.
—Largate estúpida, no vez que estamos ocupados.
Rie y avanzó hacia ellos torpemente.
—Discúlpate. —demandó. —Quién está quieto se deja quieto, discúlpate o...
—¿O que? —gruñe la mujer secando sus mejillas. —Lárgate, estúpida.
Quienes me conocen saben que la cordura no es mi fuerte, soy más de acciones y es justo lo que hago en este momento. Me lanzó contra el hombre de melena azabache que apenas es unos centímetros más alto que yo y lo beso, los primeros segundos son de repulsión total pero después no se siente tan mal probar esos malditos labios que me han tratado como la mierda tiempo atrás.
No hace el más mínimo esfuerzo por alejarse, por el contrario sigue mi beso mordiendo mi labio inferior.
—¿Qué mierda, Max? —gruñe la mujer tomando mi melena rubia para alejarme.
—Drama no. —advierte en tono serio Maximilien alejando a la loca de mí. —Vete y olvidemos este episodio.
La mujer lo obedece ¡estúpida! Si algo tengo claro en la vida es que jamás se debe obedecer o darle el control de una situación a la otra persona en ningún momento.
Una vez solos lavo mi rostro y sonrió reparando qué el labial rojo carmesí permanece intacto en mis labios. Mis ojos azules aún mantienen en perfecto estado el delineado y me veo fabulosa con este vestido rojo que se ajusta a mi cuerpo, a diferencia de mis dos hermanas soy más voluminosa que ellas y sé aprovechar mis atributos.
—¿A dónde vas? —cuestiona Max una vez me encaminó a la salida.
—Que te importa. —gruñó.
Abro la puerta pero si palma la vuelve a cerrar atrapando mi cuerpo entre él y su pecho. Huele jodidamente bien y mis hormonas están volando, no se si es efecto del alcohol pero de repente no me causa tanta repulsión como es costumbre.
Suelto una carcajada sonora aun de espaldas a él y habló despacio pasando mi dedo índice por el largo de sus dedos.
—¿Creíste que me quedaría aquí a besarte toda la noche?
—Ni que tuvieras tanta suerte. —habla tranquilo.
—¿Muévete o pretendes follarme?
—Si la Bambolina lo pide...
Sujeta mi cintura presionando suavemente para que mi culo quede contra el bulto en su pantalón. Me tiemblan las piernas de exitacion pero no lo demuestro ni ahora ni nunca.
—Vuelve a llamarme Bambolina y te arranco la polla y te la doy a comer.
—Mejor tú cometela, Bambolina.
La tranquilidad con la que suena me lleva a pensar que no tiene ningún tipo de emoción. Esta ebrio y yo igual, en mi cabeza no puedo arman una sola idea de que lo que voy a hacer es un error, cuando mi cuerpo me pide algo nunca me niego sin importar nada en el momento busco siempre mantenerme feliz sin limitarme a mis deseos.
Giro sobre mis tacones dándole la cara, su mirada que suele ser azul como el mar está completamente oscura, su pecho sube y baja mostrándome qué la tranquilidad que demuestra su voz no es más que una fachada para lo caliente que lo pongo.
—Si querías follar no hubieras echado a tu novia. —me burlo pegando los senos a su pecho.
—¿Celosa?
—¿Por una pobre ingenua con la que jugaste? Soy más inteligente por eso me aleje.
—Te alejaste por cobarde.
—Al parecer el que no supera eres tú.
Intento apartarlo pero es imposible, creí que después de años la razón finalmente había llegado a su ser pero veo que no es así. Sigue siendo el mismo inhumano de siempre que solo se preocupa por cumplir sus caprichos y voluntad.
—¿Quién besó a quien?
La excitación acaba de morir, con cada palabra que sale de su boca los malos recuerdos y la repulsión regresan a mi. Subo mi rodilla en un intento de golpearlo pero me conoce lo suficiente para detener mi golpe con su mano sujetando la rodilla.
Le dedico una sonrisa y uno de mis labios a los suyos de nuevo. Se siente jodidamente bien pero no puedo permitirme caer de nuevo. Le doy un empujón clavando las uñas en su pecho.
—Ni que tuvieras tanta suerte.
Salgo del baño balanceandome hasta que consigo llegar a los brazos de mi hermano quien ya está con Alaia listos para irnos.
—¿Todo bien? —cuestiona Aaron.
—Vámonos, quiero dormir.
—Son aburridos. —habla Alaia. —Pero está bien, vamos.









