Capítulo 1: La llamada que podía esperar
Mateo tenía diecisiete años y estaba convencido de que el tiempo era infinito.
Como muchos jóvenes, creía que las personas importantes siempre estarían allí. Que los padres siempre esperarían. Que los amigos nunca se irían. Que las oportunidades regresarían.
Aquella tarde de noviembre, el cielo estaba cubierto por nubes grises. El viento golpeaba las ventanas de la casa mientras él permanecía encerrado en su habitación.
Tenía puestos los audífonos.
La música estaba tan alta que apenas podía escuchar otra cosa.
Sobre su escritorio había cuadernos abiertos, pero no estaba estudiando.
Estaba viendo videos y hablando con sus amigos.
Reía.
Bromeaba.
Perdía el tiempo sin darse cuenta de que el tiempo también lo estaba perdiendo a él.
Al otro lado de la ciudad, su madre terminaba una larga jornada de trabajo.
Había sido un día difícil.
Sus piernas le dolían.
Su espalda también.
Pero mientras caminaba hacia la parada del autobús llevaba una pequeña sonrisa.
Había comprado el pastel favorito de Mateo.
No era su cumpleaños.
No era una fecha especial.
Simplemente había recordado que a él le gustaba.
Y eso era suficiente.
Las madres suelen hacer esas cosas.
Recuerdan detalles que nadie más recuerda.
Mientras esperaba el autobús, sacó su teléfono.
Miró la foto de su hijo.
Sonrió.
Y marcó su número.
En la habitación, el celular de Mateo vibró.
La pantalla se iluminó.
Mamá ❤️
Él vio la llamada.
Suspiró.
—Después le contesto.
La dejó sonar hasta que terminó.
Volvió a concentrarse en la conversación con sus amigos.
Cinco minutos después el teléfono volvió a sonar.
Mamá ❤️
Mateo puso los ojos en blanco.
—¿Qué será tan urgente?
Presionó el botón para rechazar la llamada.
Al instante llegó un mensaje.
“Hola, hijo. ¿Cómo estás?”
Mateo leyó el mensaje.
Pensó en responder.
Pero apareció una nueva notificación de sus amigos.
Y olvidó hacerlo.
Las horas siguieron avanzando.
Como siempre.
Como avanzan para todos.
Sin pedir permiso.
Sin avisar.
Sin detenerse jamás.
Mientras tanto, su madre abordó el autobús.
La lluvia comenzó a caer lentamente sobre la ciudad.
Las luces de los vehículos se reflejaban sobre el pavimento mojado.
Todo parecía una noche normal.
Una noche cualquiera.
De esas que nadie recuerda.
De esas que parecen no tener importancia.
Pero algunas noches esconden despedidas.
Y nadie lo sabe.
La mujer volvió a mirar el teléfono.
No había respuesta.
No se molestó.
No se enojó.
Simplemente sonrió.
Porque conocía a su hijo.
Sabía que probablemente estaba distraído.
Guardó el celular.
Y miró por la ventana.
Las gotas de lluvia corrían por el cristal.
Mientras las luces de la ciudad desaparecían poco a poco en la oscuridad.
Muy lejos de allí, Mateo seguía riendo.
Ignorando que aquella llamada seria la ultima.






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