Prologo.
Año 10 000 D. G. D.
Después de la Guerra Divina
Un grupo de seres robóticos de apariencia humana entró en una casa abandonada desde hacía milenios.
La construcción apenas alcanzaba los diez metros de altura. En otro tiempo debió de haber sido una vivienda sencilla de dos pisos, pero ahora no era más que una ruina sostenida por la obstinación del pasado. Sus muros, vencidos por el polvo y las grietas, aún conservaban la forma de un hogar; sin embargo, todo rastro de vida había desaparecido mucho antes de que aquellos exploradores llegaran.
Los robots comenzaron a registrar el interior con movimientos metódicos, apartando restos de muebles, fragmentos de metal oxidado y objetos cuya utilidad se había perdido con los siglos.

—Pensar que nuestros creadores nos dejaron un mundo bastante difícil de mantener, mientras ellos tuvieron lo mejor de lo mejor en su época —comentó el robot más bajo, con evidente fastidio.
—No te quejes tanto —respondió el de estatura mediana—. Con Aurora manteniendo el equilibrio entre robots, máquinas, androides y Anquicybertons, al menos tenemos por fin un periodo de paz. Ya no vivimos esperando a que nos usen como chatarra.
El robot más alto, que revisaba unos estantes carcomidos por el tiempo, guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—Aunque los humanos estén casi extintos, debo admitir que lo que construyeron antes de nosotros poseía una belleza extraña. Es una lástima que la Guerra Divina, los seres de maná, el regreso de los Draknars y el ataque del Abismo dejaran tan mal parado lo poco que aún quedaba de su mundo.
Pasó los dedos metálicos sobre la superficie de un estante, levantando una capa de polvo antiguo.
—Según mis registros actuales, apenas existen alrededor de mil humanos identificados. Tal vez haya más. Tal vez menos. Todo depende de cuántos sigan ocultándose.
El robot más bajo soltó un sonido seco, semejante a una risa sin alegría.
—Después de que los Anquicybertons enloquecieran tras el ataque del Abismo y comenzaran a cazar humanos de forma indiscriminada, no me sorprende. Debe de ser difícil seguir viviendo cuando tu propia creación se vuelve contra ti.
—Nuestra misión sigue siendo salvaguardarlos —dijo el robot mediano—. Pero nuestras fuerzas están casi destruidas. Estimo que, en unos tres mil años, también nosotros quedaremos reducidos al olvido.
Ninguno añadió nada.
Durante un momento, solo se escuchó el crujido tenue de la casa, como si la estructura respirara con dificultad después de haber resistido demasiadas eras.
Entonces el robot más alto alzó la mirada. En el techo, medio oculta entre vigas desgastadas y telarañas endurecidas por el tiempo, descubrió una vieja palanca. La observó con curiosidad y, tras unos segundos de análisis, la tomó con una mano y tiró de ella.
El mecanismo respondió con un quejido profundo.
Luego, el suelo comenzó a abrirse.
El robot más bajo retrocedió, sorprendido.
—Miren. Encontré algo.
—Yo lo abrí —corrigió el robot alto, sin apartar la vista de la abertura.
El mediano se acercó al borde y observó la oscuridad que se extendía bajo la casa.
—¿Entramos?
Los tres guardaron silencio apenas un instante. Luego asintieron.
Descendieron al sótano con cautela. Aunque ninguno de ellos necesitaba respirar, el robot alto revisó sus indicadores por simple protocolo.
—Puede que no lo necesitemos, pero mi medidor de oxígeno indica que este lugar permaneció cerrado durante muchísimo tiempo.
—A mí me sorprende más que no se haya venido abajo —dijo el más bajo, observando las paredes.
El robot mediano pasó la mano por una de las superficies antiguas y comenzó a analizar la composición de la estructura.
—Curioso. El diseño no corresponde a la arquitectura posterior a la Guerra Divina. Tampoco parece una construcción humana común de los últimos ciclos. Tiene semejanzas con civilizaciones mucho más antiguas.
—¿Qué civilizaciones? —preguntó el robot bajo.
El mediano procesó varios archivos internos antes de responder.
—Según mis datos, existen coincidencias con estructuras egipcias, olmecas, mayas, aztecas y otras culturas más antiguas que no fueron registradas con precisión. Sin embargo, por la disposición del lugar y los símbolos grabados en las paredes, es posible que este sitio pertenezca a una tradición mesoamericana. Tal vez azteca. Tal vez maya. Quizá algo anterior.
A su alrededor, la oscuridad revelaba figuras talladas en la piedra: dioses antiguos, serpientes emplumadas, jaguares de fauces abiertas y formas primordiales que parecían más viejas que la memoria de las máquinas.
Entre ellas, casi devorado por las sombras, se distinguía también el mítico Cipactli.

El robot más bajo habló con una curiosidad difícil de ocultar.
—¿Esa figura no es la misma de la que habla Aurora? Cipactli… aquel que, según los registros, fue fundamental para detener la Guerra Divina.
El robot mediano guardó silencio unos segundos mientras procesaba la información disponible.
—Mis datos sobre la Guerra Divina son incompletos —respondió al fin—. Hay demasiados vacíos en los archivos recuperados. No puedo confirmarlo con certeza, a menos que llamemos a Aurora para una verificación directa.
El robot alto no respondió. Se había apartado unos pasos y observaba uno de los muros con atención. Frente a él había varias piezas de piedra, desgastadas por el tiempo, dispuestas de una manera que no parecía casual.
El mediano lo miró extrañado.
—¿Qué haces?
—Armo un rompecabezas —respondió el alto, sin apartar la vista de las piezas—. Fue difícil comprender el patrón. Me tomó diez millones de análisis encontrar una secuencia coherente.
El robot más bajo retrocedió ligeramente.
—¿No sería mejor no tocar nada? —preguntó con evidente inquietud.
El alto colocó la última pieza.
Durante un instante no ocurrió nada.
Luego se escuchó un clic.
Un mecanismo oculto, dormido durante eras, despertó en las entrañas de la piedra. La pared comenzó a abrirse lentamente, levantando polvo antiguo y dejando escapar una corriente de aire encerrado desde tiempos imposibles de precisar.
Los tres robots quedaron inmóviles.
El mediano revisó de inmediato sus indicadores.
—Los niveles de oxígeno aquí dentro fueron extremadamente altos —dijo, sorprendido.
La presión del aire los empujó apenas un centímetro hacia atrás. No era suficiente para moverlos de verdad, pero sí para demostrar cuánto tiempo había permanecido sellado aquel recinto.
El robot bajo observó la entrada con cautela.
—Esto debió de haber estado cerrado mucho más tiempo que la puerta principal.
El robot alto fue el primero en avanzar. Sus sensores recorrieron el lugar mientras sus pasos resonaban sobre el suelo de piedra.
La cámara interior era amplia, aunque casi vacía. En el centro descansaba un trono antiguo, sorprendentemente bien conservado. A los costados se alzaban varias puertas selladas, y más allá, sobre una pequeña pirámide escalonada, reposaba un objeto rectangular que parecía un libro.
El robot más bajo miró alrededor con decepción y terminó sentándose en el trono.
—No pensé que este lugar tuviera algo oculto… pero debo decir que esto es bastante decepcionante.
—Buscaré algún mecanismo para abrir esas puertas —dijo el alto, acercándose a los muros.
El mediano, en cambio, no apartaba la mirada del objeto sobre la pirámide.
—A mí me interesa eso. Parece un libro. No he visto uno intacto desde la caída del Abismo.
Cada uno se entregó a su propia búsqueda. El alto examinó las puertas. El bajo permaneció en el trono, observando con fingida importancia. El mediano subió los escalones de la pequeña pirámide con cuidado, hasta quedar frente al volumen antiguo.

El libro parecía bien conservado a primera vista. La cubierta aún mantenía su forma, y los grabados de la portada apenas habían perdido detalle. Pero cuando el robot mediano lo tocó, el material crujió con una fragilidad alarmante. Una esquina se desprendió casi al instante, reduciéndose a polvo entre sus dedos metálicos.
—¡Chatarras! —exclamó.
El robot bajo y el alto giraron hacia él.
—Oye, ¿por qué el insulto? —preguntó el bajo.
—No es por ustedes —respondió el mediano, conteniendo su frustración—. Es este libro. Parece estar en buen estado, pero apenas lo toqué y casi se deshace. Bueno, no se hizo polvo por completo, pero se desgarró con demasiada facilidad. Ya entienden a qué me refiero.
El robot bajo se levantó del trono, ahora mucho más interesado. El alto también abandonó su inspección y se acercó a la pirámide.
El mediano comenzó a pasar las hojas con extrema delicadeza. Cada página parecía resistirse al movimiento, como si el simple acto de leerla fuera una amenaza contra su existencia.
Finalmente, encontró la primera inscripción legible.
—“Cuentos de los héroes de la profecía” —leyó en voz alta—. “Autor: Salabaladas”.
El robot más bajo se inclinó hacia el libro con entusiasmo inmediato.
—Oh, oh, oh… Me gustan los cuentos. Dime de qué trata.
El robot mediano habló con calma, sin apartar la mirada del libro.
—No lo sé. Pero, al parecer, tendremos que registrar su contenido mientras pasamos las páginas. De lo contrario, todo se perderá.
El robot alto inclinó ligeramente la cabeza, interesado.
—Es un hallazgo importante. Quizá podamos intercambiar este registro por algo con Aurora.
El más bajo reaccionó con entusiasmo inmediato.
—Sí, Aurora es buena onda. Siempre nos mantiene protegidos. Tal vez nos entregue información de su núcleo si le llevamos estos registros.
—No creo que esta información valga tanto —respondió el mediano—, pero podemos intentarlo.
El alto observó las letras, que parecían debilitarse poco a poco sobre el papel.
—Tal vez. Pero primero será mejor leerlo rápido, mientras las palabras aún permanecen visibles.
Entonces los tres se inclinaron sobre el libro.
El proceso fue lento y cuidadoso. Cada página parecía resistirse a ser tocada, como si el tiempo la estuviera devorando en silencio. Aun así, ninguno se rindió. El mediano pasó la siguiente hoja con extrema delicadeza, procurando no destruir lo poco que aún quedaba.
Finalmente, leyó el primer título.
—Este primer cuento se llama: “El perro que desafió a los dioses”.
El robot más bajo alzó la mirada con sorpresa.
—¿Un perro? No tengo registros de uno desde hace siete mil años.
Los tres se acercaron aún más. En la página, junto al título, había una imagen desgastada: un perro mirando hacia el cielo, donde la inmensa cabeza de un dragón emergía entre nubes oscuras.
El robot bajo observó la ilustración con evidente fascinación.
—Solo con la imagen y el título ya da mucho de qué hablar.
—Shh —lo interrumpieron los otros dos al mismo tiempo—. Queremos analizarlo antes de que desaparezca.
El robot bajo guardó silencio de inmediato.
Sin decir nada más, los tres fijaron toda su atención en aquellas páginas antiguas, conscientes de que, si tardaban demasiado, el libro desaparecería por completo antes de revelarles la historia que guardaba.






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