PREFACIO
Un crío vampiro corría por el bosque con astucia y agilidad. Cuando se detuvo, observó hacia atrás.
Había perdido al encargado de cuidarlo.
Sonrió levemente, mostrando sus pequeños colmillos, y miró a su alrededor. Estaba rodeado de rosas rojas.
Con tranquilidad, sacó su pequeña espada y apuntó en varias direcciones.
No obstante, un ruido lo alertó.
Entre los árboles, una pequeña niña se asomó con curiosidad.
—Sal de tu escondite —ordenó mientras se volvía sin dejar de apuntar—. Quiero verte.
Ella, asustada, emergió lentamente y avanzó hacia él. No ocultó sus pequeñas alas blancas, casi transparentes, logrando despertar la admiración del pequeño vampiro.
—¿Quién eres?
—Un hada —respondió con una voz suave.
Tímidamente, se detuvo.
Él bajó la espada y la guardó en su lugar.
—Eso ya lo sé.
La niña descalza lo observó con asombro.
Era la primera vez que tenía a un vampiro tan cerca.
—Estás invadiendo mi reino —le dijo.
—Me escapé de Valock.
Se encogió de hombros.
No le temía a aquella hada. Los rumores que había escuchado sobre su especie parecían falsos.
Ella le parecía indefensa y débil.
—En el castillo estoy solo y aburrido.
—No puedes estar aquí.
Era un lugar prohibido para las criaturas de la noche.
—Vine a cortar las rosas.
El pequeño vampiro caminó hacia una de ellas.
Tan viva, roja y resplandeciente.
Demasiado hermosa para ser letal.
—Espera —la pequeña hada alzó la voz—. Ten cuidado, puede hacerte daño.
Él le creyó y retrocedió.
—Me gusta tu reino.
La niña le sonrió.
—Florencia —dijo, extendiendo la mano hacia él.
—Cayden —respondió, imitando su gesto.
Estuvieron a punto de tocarse las manos, pero ambos se arrepintieron en el último instante.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el vampiro, observando detrás de ella—. ¿Estás sola?
El hada asintió.
—Vengo aquí a jugar.
—¿A qué juegas?
La curiosidad se reflejó en su mirada.
—Me gusta correr entre las rosas.
El hada comenzó a girar sobre sí misma con los brazos extendidos.
El vampiro la observó hipnotizado por el brillo que emanaba de ella.
—¿Puedes volar con tus alas?
Reaccionó y apartó la vista.
—Sí.
La niña se lo mostró.
Sus pies descalzos dejaron de tocar el suelo y se elevaron en el aire.
—Tus alas son frágiles. No lo entiendo.
—Tienen más fuerza de la que crees —respondió al aterrizar—. ¿Siempre usas tus colmillos?
Allí estaba la curiosidad mutua.
—Cuando tengo sed.
Inocentemente, ambos sonrieron.
No les importaron la rivalidad, las reglas ni el peligro.
Comenzaron a correr por el bosque entre risas.
En ocasiones, el hada utilizaba sus alas para desplazarse de roca en roca. El vampiro, por su parte, corría con cuidado para no acercarse demasiado a las rosas y aprovechaba su velocidad como ventaja.
—¡Detente!
La pequeña hada estaba demasiado feliz para hacerlo.
Siempre jugaba sola.
Había hecho un amigo.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Ya vienen...
Gracias a su oído desarrollado, los escuchó antes que ella.
Del bosque apareció una multitud de vampiros que sujetaron al crío.
—¡Llévenselo al castillo! —ordenó Valock.
Inevitablemente, los guardianes del Reino Halix llegaron y protegieron a la pequeña hada.
—¡Váyanse de aquí! —demandó el elfo mayor, Fagor.
Los separaron.
—¡No! —gritó el pequeño vampiro. Era fuerte, pero no lo suficiente para superar a vampiros antiguos—. ¡Flor!
—¡Cayden! —la pequeña hada intentó sujetar su mano—. ¡No se lo lleven!
La corona de rosas rojas cayó de su cabeza.
—¡Déjenla! ¡Es mi amiga!
Le arrebataron la espada y un guardia del Reino Carmesí lo cargó sobre su hombro.
Nadie los escuchó.
Poco después, los vampiros desaparecieron.
—Llévense a la princesa.
Ignoraron su llanto y la condujeron de regreso al reino.
La colocaron frente a la Reina de las Hadas.
—Tenías prohibido salir, hija mía.
Ella guardó silencio y limpió sus mejillas. El dorso de su mano quedó cubierto de polvo mágico.
—Los vampiros entraron al reino —informó Fagor.
—No son malos.
—Silencio, Florencia —ordenó su madre mientras se ponía de pie.
—La princesa estaba con uno de ellos.
—Él es mi amigo.
—Olvídate de esa amistad. Entiéndelo de una vez. Los vampiros quieren matarnos y son ellos quienes no deberían existir.
Por otro lado, el pequeño vampiro cayó de rodillas frente al trono donde se encontraba sentado su padre.
—Mi rey, encontré a su hijo en el reino enemigo y le pido disculpas por haberme dejado engañar tan fácilmente. Estoy dispuesto a entregar mi cabeza —dijo Valock, bajando la mirada.
Su líder negó con la cabeza.
—Tienes prohibido pisar ese reino mágico, hijo mío.
Él no respondió. Simplemente sostuvo su mirada.
Los mismos ojos carmesí.
—Eres el príncipe de este reino y tu único deber es destruirlas. Las hadas son las serán siempre nuestras enemigas.








