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No me dejes nunca

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Summary

Amael es un joven que es acosado en su escuela de artes pero no puede renunciar a su sueño porque tiene que salir adelante y poder ayudar a su madre con los gastos de la casa, y volverse un reconocido pintor.

Genre
Lgbtq
Author
Ecodenada
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1


Flores marchitas

Dicen que el arte es una forma de expresar lo que el corazón y las palabras no pueden decir.

No sé si eso sea cierto.

Pero lo que sí sé es que esta historia comienza en una prestigiosa institución llamada Academia de Artes Vesper, una escuela tan reconocida que cualquier estudiante que logra graduarse de ella tiene prácticamente asegurado un futuro brillante dentro del mundo artístico.

Los exámenes de admisión son tan difíciles que conseguir una beca es algo casi imposible. La mayoría de los alumnos pertenecen a familias influyentes, personas con grandes fortunas o importantes conexiones políticas y sociales.

Y es precisamente allí donde comienza la historia de Amael Elías Flores, el único estudiante becado de toda la academia.

Un joven que, desde el primer día, tendría que enfrentarse al desprecio de quienes consideraban que alguien como él no merecía estar en aquel lugar.

La Academia Vesper se encontraba en Londres, Inglaterra, rodeada de calles elegantes y edificios impresionantes que parecían sacados de una postal.

Para Amael, todo aquello era un mundo completamente diferente.

Había nacido en un pequeño pueblo de Michoacán, México, en una familia humilde que trabajó durante años para darle una oportunidad de alcanzar sus sueños.

Creció rodeado de carencias, pero hubo algo que nunca le faltó: amor.Su madre, su padre y su hermano mayor siempre estuvieron a su lado, especialmente su hermano mayor Liam.

Desde pequeño, Amael aprendió que la vida no era justa. Mientras otros niños tenían juguetes nuevos y vacaciones, él veía a sus padres trabajar hasta el agotamiento para poner comida sobre la mesa. Sin embargo, aquello nunca le impidió soñar.

Quería convertirse en un gran pintor, quería que sus obras fueran conocidas en todo el mundo. Y sobre todo, quería ver a su familia descansar al menos una vez, quería que dejaran de preocuparse por el dinero, quería darles la vida que siempre merecieron.

Pero los sueños no siempre nacen de la felicidad, a veces nacen del dolor. Y el de Amael comenzó cuando tenía apenas siete años.


Aquella tarde parecía una más.

Amael caminaba junto a Liam por las calles del pueblo mientras buscaban algo de comida para llevar a casa. Liam tenía diecisiete años y, aunque era apenas un adolescente, siempre actuaba como un segundo padre para él. Lo protegía, lo cuidaba, y jamás permitía que nada malo le ocurriera.

Por eso, cuando escucharon el rugido de una motocicleta acercándose, Liam fue el primero en ponerse alerta.

Dos hombres con el rostro cubierto se detuvieron frente a ellos.

Uno de ellos bajó ligeramente la cabeza y habló con frialdad.

—Te dijeron que pagaras lo que debías.

Amael no entendió lo que estaba ocurriendo.

Todo sucedió demasiado rápido, un estruendo rompió el silencio, luego otro, y otro más.

Los disparos resonaron por toda la calle.

Sin pensarlo, Liam se lanzó sobre su hermano para cubrirlo con su propio cuerpo, Amael cayó al suelo.

Durante unos segundos no escuchó nada, solo un zumbido constante.Cuando levantó la vista, los hombres ya escapaban en la motocicleta.

Liam estaba tirado a su lado herido.

Gravemente herido.

—¡Liam! —gritó Amael mientras procesaba lo que había pasado.

Sus manos comenzaron a mancharse de sangre.

Demasiada sangre.

Liam respiraba con dificultad, cada vez más despacio, cada vez más débil.

Aun así, hizo un esfuerzo para sonreír.

—Nunca te rindas... —murmuró—. Sigue adelante... cumple tus sueños, hermanito.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Amael.

—No hables... vamos a ayudarte.

—Y cuida de mamá por mí... ¿sí?

Amael negó una y otra vez, no quería escucharlo, no quería aceptar lo que estaba ocurriendo.

Pidió ayuda, gritó, lloró, esperó desesperadamente a que alguien apareciera, y finalmente llegaron.

Las luces rojas y azules iluminaron la calle mientras una ambulancia se detenía cerca de ellos.

Los paramédicos corrieron hacia Liam, intentaron ayudarlo, intentaron salvarlo, pero era demasiado tarde.

Amael alcanzó a escuchar aquellas palabras, las palabras que jamás olvidaría.

—Lo sentimos...

Y en ese instante, su mundo se rompió.

Las sirenas seguían sonando mientras una multitud comenzaba a reunirse alrededor.

Personas que observaban, personas que preguntaban qué había ocurrido, personas que lamentaban una tragedia que no habían podido evitar.

Amael permaneció inmóvil, en shock, Incapaz de reaccionar, incapaz de comprender.

Hasta que escuchó una voz familiar abriéndose paso entre la multitud.

—¡Por favor, déjenme pasar! ¡Soy su madre!

Su madre apareció corriendo.

Cuando vio a sus hijos, el tiempo pareció detenerse, sus piernas temblaron, sus ojos se llenaron de lágrimas. Y lo único que pudo hacer fue abrazar con fuerza a Amael mientras lloraba desconsoladamente.


Horas después, el cuerpo de Liam fue retirado del lugar.

La policía comenzó a interrogar a los testigos.

Amael permanecía sentado dentro de una patrulla, cubierto todavía con la sangre de su hermano, miraba al vacío, como si todo aquello estuviera ocurriendo en otra realidad.

Entonces un oficial se acercó, abrió la cajuela, saco una manta, abrió la puerta del vehículo y colocó una manta sobre sus hombros.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con suavidad.

—Amael Elías Flores.

—¿Pudiste ver a las personas que lastimaron a tu hermano?

Amael guardó silencio.

No respondió, no podía.

El oficial comprendió que insistir sería inútil, le dio unas palmaditas en la cabeza antes de marcharse para seguir investigando.

Y por primera vez desde que todo ocurrió, alguien lo trató como un niño.


Al día siguiente, Amael acompañó a su madre a la estación de policía. Estaban sentados en la recepción cuando llego un oficial y escolto a la madre de Amael a un cuarto donde interrogaban a las personas.

Mientras ella era entrevistada por los detectives, él permaneció sentado en la sala de espera. Fue allí donde conoció al oficial Carlos, un hombre amable que parecía decidido a distraerlo por unos minutos de aquella pesadilla.

Sacó una baraja de cartas algo desgastada y sonrió.

—¿Sabes jugar cartas?

Amael no contesto nada.

—supongo que no, eres muy pequeño para eso.

—Entonces te enseñaré un truco de magia.

Por primera vez en mucho tiempo, Amael levantó la mirada. El oficial extendió las cartas, dándole a entender a Amael que escoja una carta.

—Escoge una.

Y así comenzó un pequeño juego, un simple truco de magia. Pero para un niño que acababa de perder a su hermano, fue algo mucho más importante.

Durante unos minutos pudo olvidar el dolor, pudo volver a sonreír, y eso era suficiente.

Cuando otro policía regañó a Carlos por perder el tiempo, el oficial simplemente se encogió de hombros y comenzó a recoger las cartas para seguir trabajando.

Antes de marcharse, le entregó una carta a Amael.

—Quédatela, es un regalo de mí para ti.

Será un recuerdo, Amael observó la carta y luego sonrió, una sonrisa pequeña, pero sincera. La primera desde la muerte de Liam.

Después de un rato salió la madre de Amael del interrogatorio y un oficial los escolto a la salida para llevarlos a su casa en una patrulla, el camino fue muy silencioso, el oficial intentando consolar a la madre de Amael para que no llorara pero aun así su madre comenzó a llorar.

Al llegar a casa su madre se sentó en el comedor solo para seguir llorando, Amael se fue a su habitación, seguía sin creer lo que había pasado, la casa era raramente silenciosa.

Amael solo pensaba que si su hermano estuviera en la casa nunca seria silenciosa.



Los años pasaron, Amael estudió con dedicación, trabajó más duro que nadie, y finalmente logró lo imposible.

Obtuvo una beca completa para ingresar a la Academia de Artes Vesper que se ubicaba en Londres. La escuela cubriría sus estudios, hospedaje, alimentación y transporte.

Todo gracias a su extraordinario talento, el día que partió hacia Londres, su madre lloró de felicidad.

Mientras el avión despegaba, Amael observó las nubes por la ventana, por primera vez en mucho tiempo sintió que estaba avanzando hacia el futuro que siempre había soñado.

Horas después aterrizó en Inglaterra, tras recoger su equipaje, tomó un taxi rumbo a la academia, durante el trayecto observó los edificios, las calles y los paisajes desconocidos.

Sacó su cámara y comenzó a tomar fotografías, era imposible resistirse, todo era nuevo, y todo era hermoso.

Cuando finalmente llegó a la Academia Vesper, quedó sin palabras.

El lugar parecía más un palacio que una escuela, arrastró sus maletas por los enormes jardines hasta que un profesor se acercó a él.

—¿Eres el estudiante becado?

Amael asintió.

Tras revisar su identificación, el profesor sonrió y lo ayudó a llevar su equipaje, minutos después llegaron a los dormitorios.

—Esta será tu habitación —explicó mientras le entregaba una llave—. Tal vez tengas un compañero, aunque la mayoría de los estudiantes prefieren regresar a sus casas porque se les hacen muy poco los dormitorios.

Amael observó la habitación, era amplia, cómoda. Mucho más lujosa que cualquier lugar donde hubiera vivido, no entendía cómo alguien podía quejarse de algo así.

Pero pronto descubriría que la mayoría de sus compañeros habían crecido rodeados de privilegios y comúnmente llamados de dónde viene nepobabies.

Para ellos, aquello era poco, para Amael, era más de lo que alguna vez había imaginado. Y sin saberlo, acababa de cruzar las puertas de un lugar que cambiaría su vida para siempre.

Continuará...



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