CAPITULO 1: LA SONATA DEL RETORNO
Siempre pensé que la vida no era más que una partitura perfecta escrita en el interior de nuestras células. Como genetista forense, mi trabajo consistía en leer los puentes de hidrógeno y los nucleótidos como si fueran notas musicales sobre un pentagrama. El cuerpo humano, después de todo, es un instrumento que vibra; y cuando la muerte o la enfermedad desafinan un acorde, mi deber es descubrir qué nota falló.
Esa obsesión por la armonía me venía en la sangre. Crecí arrullada por el violonchelo de mi abuela Anika y las sonatas que mi madre tocaba al piano de cola antes de entrar a quirófano. Para mí, la ciencia y la música clásica eran las dos caras de la misma moneda.
Por eso, pasar los últimos cinco años estudiando en la Sorbona de París había sido un dulce aislamiento. Pero París, con toda su luz dorada, jamás pudo competir con la misteriosa y húmeda melancolía de los canales de Ámsterdam.
Cuando el tren de alta velocidad redujo la marcha bajo la inmensa cúpula de hierro y cristal de la Estación Central, un escalofrío familiar me erizó la nuca. Estaba de vuelta. Al bajar al andén, el aire salobre y lluvioso de mi infancia me dio la bienvenida. A lo lejos, de pie bajo la lluvia grisácea, divisé a mis padres. Hendrik Vogel sostenía un paraguas oscuro con su habitual severidad de abogado penalista, mientras Elin, mi madre, sonreía con la distinción de la cirujana más respetada de la ciudad.
Los abracé con fuerza, inspirando el olor a rosas caras de mi madre. Sin embargo, mi oído, educado para captar la disonancia más sutil, notó de inmediato que algo en su lenguaje corporal no armonizaba. Había una tensión casi imperceptible en los hombros de mi padre, y mi madre sostenía su bolso de mano con demasiada firmeza.
—Mírate, Iris. Eres la viva imagen de tu abuela de joven —dijo mi madre, envolviéndome en un abrazo que olía a la pulcritud clínica del hospital—. Tu laboratorio en el departamento forense del hospital general ya está completamente equipado. No he escatimado en nada para tu regreso.
—Es un absoluto orgullo tenerte de vuelta, mi niña —añadió mi padre, besando mi frente. Sus dedos, al rozar mi mejilla, estaban inusualmente tensos—. El bufete y el hospital por fin volverán a sonar al unísono con tu talento.
El trayecto en coche hacia nuestra mansión señorial en el canal Herengracht fue un torrente de preguntas sobre mi estancia en Francia. Pero cuando cruzamos el umbral de la inmensa casa familiar, me di cuenta de que la cena de bienvenida no sería un evento estrictamente íntimo.
En el salón principal, la dinastía Zilverberg nos esperaba al completo.
Al frente estaba Arthur Zilverberg, el implacable magnate farmacéutico, un hombre de cabello gris acero y una mirada gélida que parecía calcular el valor de todo lo que tocaba. A su lado, Helena Zilverberg, una matriarca de hielo vestida con una impecable seda azul claro, que me examinó con ojos críticos, como un tasador evaluando una joya.
Y detrás de ellos, apoyado contra el piano de cola de mi madre, estaba él. Mathias Zilverberg. Rubio ceniza, de hombros anchos y una apostura física que exigía atención sin necesidad de hablar. Sus ojos, de un color miel ambarino, se fijaron en mí con una calidez ardiente que me hizo contener el aliento de inmediato.
—Es un absoluto privilegio conocerte por fin, Iris —dijo Mathias, dando un paso al frente con una elegancia natural. Su voz era un barítono profundo, aterciopelado, que vibró directamente en mi pecho.
Me ofreció la mano y, al aceptar el contacto, una oleada de calor abrasador me recorrió la columna. Sus dedos largos y cálidos no solo estrecharon los míos; me atrajo sutilmente hacia él, rompiendo toda distancia de seguridad. Sus ojos color miel descendieron lentamente por mi cuello, deteniéndose en mis labios con una fijeza tan cargada de deseo y posesión que mi respiración se cortó. El aire pareció volverse denso, impregnado de su perfume de madera de cedro y ámbar. Un aroma caro, masculino, que prometía una seguridad absoluta... o una sumisión voluntaria.
Durante la cena, Arthur y Helena marcaron el compás de la conversación. "El futuro de nuestra alianza comercial depende de que vuestra unión sea perfecta, Hendrik", declaró Arthur con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Helena, por su parte, acarició mi mano con dedos enjoyados que se sintieron como garras de terciopelo. "Iris es la pieza que nuestra dinastía necesitaba", añadió con una frialdad elegante.
En las semanas siguientes, Mathias se convirtió en mi sombra cálida. Me cortejó con una devoción casi obsesiva, envolviéndome en un romance de lujos, caricias lentas en la nuca y susurros al oído que hacían tambalear mi estricta lógica científica. Pero la sospecha ya había sido sembrada, y la verdad no tardaría en revelarse en el lugar menos esperado.








