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Summary

"Motivado por las razones correctas hice lo imperdonable." La noche antes de que lo encontraran muerto, Agustín visitó a tres personas. A Nicolás, su mejor amigo, le entregó un libro. A Verónica, la mujer que alguna vez amó, intentó darle una flor que ella rechazó. A Gloria, su pareja, le dio una última noche que no recordará como fue. Ninguno sabe que los visitó. Ninguno recuerda por qué. En un archipiélago del sur de Chile, cuatro siglos después del colapso de la civilización, el mundo está a punto de romperse de nuevo. Hay algo creciendo bajo la tierra. Algo antiguo. Algo que Agustín sabía, que alguien poderoso quiere suprimir, y que solo los vivos pueden detener. Si es que pueden recordarlo a tiempo.

Genre
Scifi
Author
Oropesaurus
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Si alguna vez me preguntan qué es lo que recuerdo de esos días, probablemente te diría que fueron la felicidad y alegrías que me embriagaban constantemente. No dimensionaba todo lo que ocurría detrás.

Cuando ya fui un adulto, entendí lo que sucedía detrás. Dejé de ser tan crítico con las acciones de mis padres y comencé a entenderlos, pero no significaba que podía perdonarlos.

Ambos eligieron sus carreras en lugar de cuidarme.

Eso me dio las fuerzas para valerme por mí mismo, pero produjo una herida que creo nunca fui capaz de curar. Esas cicatrices hicieron que no pudiera ponerme en comunión con mis propios monstruos y fantasmas.

Después supe que pagaba mis culpas, tanto las de esta vida como las otras.

Sentí que no era justo.

¿Pero cuando la vida lo ha sido?



Si se pudiera interpretar la forma del suburbio suroeste de Rimü, una analogía interesante sería relacionarla con varias hojas de helecho patagónico (Lophosoria). Avenidas centrales anchas que se intersecan con calles transversales de menor calibre, cada calle poseía un bandejón central y cada cierta cantidad de manzanas largas la avenida se veía interrumpida por una plaza o parque que disminuía el largo de las calles transversales progresivamente, hasta que las calles eran reemplazadas por pequeños pasajes y finalmente con entradas de casas. Todo esto permeado con campos florales y parques que traían al recuerdo pequeños bosques

Por una de esas avenidas centrales dos personas se movían bajo los cielos cubiertos del sur, ambos caminan rápidamente saltando los pequeños charcos que se formaban en el pavimento que reflejaban la grisácea masa de nubes de tormenta sobre sus cabezas.

—¿Estás seguro de que debemos intervenir ahora? —preguntó una muchacha que no sobrepasaba los veinte años, su compañía, un hombre curtido, arrugado y con algunas cicatrices en sus manos, fumaba un cigarrillo mientras observaba un mapa de la isla con una luz encendida que llevaba en la mano.

—Para nada, pero el oráculo nos dice que las posibilidades de encontrar lo que buscamos son más altas que en otras oportunidades.

—No entiendo cómo pueden confiar en esa cosa —reprochó la muchacha

—Esa cosa ha sido más útil que tú.

—Cállate viejo de mierda —rezongó entre dientes —no es un oráculo, es un demonio.

—Yo diría que incluso peor —el hombre le sonrió a la muchacha burlándose —pero no se te olvide que no eres más que una novata en estas cosas.

Caminaron entre las fachadas de las casas más antiguas de la isla, grandes casonas de muros de piedra a diferencia de las casas de madera en los suburbios de la parte alta de la ciudad.

Se centraron en una casa que parecía abandonada.

—Aquí es —el hombre se detuvo en seco frente a un muro cubierto de enredaderas.

—Que cliché —respondió la joven mientras observaba la pequeña mansión de grandes muros —¿Tenemos que saltar este muro? —indicó la parte alta donde un gato naranjo caminaba serpenteando elegantemente una rejilla eléctrica que no poseía voltaje. El hombre por su parte lanzo una carcajada.

—Novata —el hombre comenzó a palpar cada centímetro del muro, de derecha a izquierda, buscando algo.

—¿Qué buscas? —preguntó la joven que se acercó al muro.

—Espérame ahí y no toques nada —el hombre se detuvo en un lugar, lo toco con ambas manos y cerró sus ojos. Para él, el tiempo se detuvo por algunos segundos, sus manos se movieron solas hasta una posición abajo —ven para acá cabra chica —le comentó de forma despectiva.

—No me llames así, viejo culiao —respondió con vehemencia, pero de todas maneras le hizo caso refunfuñando entre dientes.

—Presiona con tus dos manos cuando te lo diga, pero tiene que ser precisamente donde te dije —el hombre le indicó que posicionara sus manos sobre un bloque de piedra. Ese bloque no se diferenciaba mucho de los otros, pero a pesar de su aversión personal, confiaban en las capacidades del otro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó la joven mientras adoptaba la posición para presionar con comodidad.

—Es complicado —respondió el hombre que continuó con su búsqueda en la parte alta del muro por lo que dio un salto apoyando su pie en la parte baja y alcanzar los casi cuatro metros de altura que este tenía, se colgó con una de sus manos mientras que con la otra comenzó a palpar, se desplazó rápidamente de izquierda a derecha hasta que sintió otra vez la misma sensación, encontró un bloque similar al que había encontrado con anterioridad, por lo que se volteó hacia la joven y le ordenó —presiona ahora.

Ambos presionaron, pero nada ocurrió.

Al menos nada visible.

La muchacha presionó el centro de la muralla, y observó como su compañero introducía las manos dentro del muro —el demonio tenía razón —comentó el hombre con una voz de asombro casi religiosa.

—Eso es lo que no me da confianza —contestó, se acercó para ver qué era lo que pasaba y se dio cuenta que de cerca se veía como su mano traspasaba el muro sin tocarlo, era como si el espacio del muro solo rodeara su mano, pero también percibía como el muro seguía ahí, sabía lo que veía realmente, pero esa percepción de solidez no la podía explicar —¡Que mierda viejo!, ¿Qué es esto?

—Muchas veces saber no es lo importante, así que acostúmbrate —respondió de manera cortante.

—Eres bastante desagradable viejo de mierda.

—Calma esas emociones cabra chica —colocó sus dedos sobre la frente de la muchacha en un movimiento rápido, en ese instante los ojos de ella se cerraron, la respiración se sincronizo con la suya y se acercó a su oído —relájate y solo cumple tu papel —susurró.

—No uses tu Kimün conmigo —soltó la muchacha —no querrás que ocupe el mío en ti —el hombre le sacó la lengua como respuesta.

Dentro del muro, el espacio era demasiado extraño, por lo que la entrada de su brazo primero, y luego el resto de cuerpo ocurrió de forma lenta.

Era como entrar en una jalea, pero sin el problema de la viscosidad, una sensación de no ser, y aun así ser. Y ante sus ojos, un vacío blanco y de sensación infinita. No podía verse a sí misma, pero aún sentía su presencia, como si flotara en una nada intangible. De todas las sensaciones que experimentaba, la más persistente era similar a la inmaterialidad de golpear a alguien en un sueño.

—Mira, te traje hasta acá porque el oráculo lo dijo, tu no me agradas y no me interesa si te agrado o no —escuchó directamente en su mente, pues no veía nada más que blanco en todas partes —ahora, por nuestro bien, mantente tranquila, esto demorará un poco, pero estamos atravesando con el impulso inicial desde un punto a otro dentro de un sitio que sentimos como infinito, pero tranquila, vamos con buena dirección.

—¿Dónde estamos?

—En un sitio que parece infinito —respondió el hombre —la verdad, no sé cómo explicártelo. Supera lo que sé o lo que puedo entender, pero con lo que sé y sin entender basta —la joven sintió que la conversación había terminado con esa respuesta.

—Eres muy desagradable —comentó sin respuestas.

Poco a poco, comenzó a distinguir un punto en la distancia. Al principio, apenas perceptible, pero con el tiempo se fue agrandando hasta volverse notoriamente visible.

A pesar de la ansiedad que sentía, había algo que aplacaba sus sentimientos, y esa sensación aumentaba al acercarse al punto, que era un murallón que cubría casi todo lo que podía ver.

Al atravesar la barrera, no sintió nada inusual, salvo un mareo similar al que produce un ascensor de alta velocidad. Aterrizaron sobre el césped de una isla casi de media hectárea, flotando en un lago infinito.

—¿Dónde estamos? —preguntó Josefina, que se encontraba abrumada por el paisaje que evocaba una sensación de insignificancia. El hombre simplemente no contestó, y con un gesto le pidió silencio. Luego cerro los ojos, se golpeó la frente con su mano derecha y luego colocó ambas manos en su pecho. La señal era clara, tenían que encontrar un ritmo respiratorio y de movimiento que ocultara su presencia.

En el centro de la isla, una casa solitaria se erguía, protegida apenas por una cerca de no más de un metro de altura pequeña en comparación con el paisaje. Sin dudarlo, ambos la saltaron escabulléndose en silencio mientras parecían sostener su respiración como una suave brisa de otoño, con pasos casi coreográficos lograron disminuir su presencia.

—¿De verdad no podíamos traer armas, un cuchillo al menos? — indicó con un lenguaje de señas la joven.

—Solo traemos…

—Lo que nos dijo el oráculo —interrumpió con un semblante burlesco, haciendo girar sus ojos.

—Ve por la parte trasera y no hagas nada hasta que sientas que debes entrar —le indicó el hombre.

La muchacha se dirigió hacia la parte posterior, mientras el hombre se acercó sigilosamente a la entrada principal «confía en entrar primero, por la parte frontal. Después de eso la probabilidad de éxito es suficientemente alta» recordó.

El hombre se tumbó de rodillas, cerró los ojos.

Una luz tenue se podía observar desde el umbral de la puerta.

Y la puerta de la cabaña explotó hacia dentro.

El ser que meditaba interrumpió su concentración. Bajo él había una serie de tatamis que parecían animados, patrones lineales se modificaban y ramificaban desde el mundo de dos dimensiones de la superficie hacia el espacio tridimensional del resto de la habitación.

—Son ustedes —articuló el ser.

La muchacha observaba la escena desde una ventana. A pesar de conocer el plan, el impacto de ver aquel ser luminoso quebró la concentración solo una fracción de segundo.

El hombre se abalanzó sobre el ser, llevando una patada para establecer primero una distancia y adelantarse para conectar un puñetazo, luego un rodillazo, pero el ser dio dos pasos para esquivar lo primero y un giro para evitar el impacto de la rodilla.

La iniciativa seguía en manos del hombre con una serie de patadas que eran bloqueadas o desviadas, mientras el ser simplemente parecía bailar cuando esquivaba los golpes que su oponente intentaba conectar. Los movimientos del hombre marcaban una sincronía única y una precisión en cada detalle, al levantar su patada desde el suelo, realizaba cada movimiento para no perder el equilibrio y acumular velocidad en cada golpe sucesivo que intentaba conectar.

Cada golpe del viejo estaba más cerca de acertar en el cuerpo del ente. A pesar de su incorpórea presencia, se podía definir una figura humana. Un cuerpo estilizado y de características andróginas, además de dos metros y medio de altura. La luz propia que irradiaba mantenía sus facciones ocultas en una penumbra eterna.

Lentamente los movimientos del hombre acorralaron al ser, que cada cuanto también intentaba responder, pero su prioridad era clara, mantener la distancia. En un giro, su empeine se desplazó desde el nivel de piso a toda velocidad hasta el cráneo del ente, impactando de lleno por primera vez.

El ente que había visto un patrón en la danza de combate del hombre había previsto recibir ese golpe para sorprenderlo con la guardia baja. La patada había provocado que el hombre siguiera girando, descuidando solo por una fracción mínima de segundo su flanco izquierdo. Sin dudarlo, el ente aprovechó el mismo impulso del golpe para enviar una patada ascendente en la región costal, suficientemente poderosa para convertir sus entrañas en un amasijo de carne y huesos.

Pero el golpe no impacto al hombre. Había logrado no solo esquivar, sino que había dado un giro en el aire aprovechando la pierna del ser, extendiendo sus piernas hacia el cielo.

Súbitamente, y sin posibilidades de esquivar el golpe, el ente recibió una patada descendente en el medio de su calota, con la fuerza suficiente para estampar el mentón luminoso del ente en el suelo. Sin dudar, el hombre se abalanzó con vehemencia para rematar al ente. Pero este se alzó rápidamente.

—Creo que haces trampa.

El hombre no respondió. Su respiración jadeaba.

Quedaba poco tiempo.

El ente estiro sus extremidades mientras el hombre esperaba paciente otra oportunidad, confiaba completamente en las habilidades de Josefina, a pesar de que parecían odiarse. Habían logrado el primer golpe, y era cosa de tiempo en la que quizás podrían tener doblegado a ese monstruo.

Y en solo una fracción de segundo, sintió que su cuerpo giraba en la casa.

Tardó otra fracción mínima de tiempo, para sentir un entumecimiento de la mandíbula debido a un golpe. Cuando volvió a orientarse, la figura ante él intentó volver a golpearlo. Se preparó para el impacto, pero Josefina intervino advirtiéndole sobre la trayectoria del golpe.

Y durante un segundo, reveló su posición.

—Estás acompañado, tramposo.

—La pelea es conmigo —respondió el hombre que nuevamente estaba de pie. Escupió un diente sobre el piso.

El dolor no lo dejaba llegar a su total concentración, pero su convicción no le permitía abandonar la pelea.

—Mejor, sin ella serías un caramelito.

El hombre toco su mentón, sangraba. Pero podía seguir peleando, lo que necesitaban era tiempo y no acabar con el monstruo.

La distracción para el espectáculo final.

—No malgastes mi tiempo y pelea —comentó el hombre.

Entonces la figura se esfumó ante sus ojos.

El viejo sintió aun la presencia de Josefina en su mente. No había ido por ella.

—¿Dónde mierda estás?

El hombre sentía su presencia, pero el ser estaba oculto físicamente. De todas maneras, se dio cuenta que no podía hacerle daño mientras estaba invisible, o si no ya estaría muerto. Pensó en la posibilidad de que escapara, pero sabía que no sería así. Aplicó lo que sabía del Rakizuam y calmó su respiración, intento sincronizar el cuerpo con su mente para alcanzar su Kimün y mantener su conexión con Josefina y poder predecir los movimientos del ser.

Sintió una brisa leve a su espalda. Se volteó y observó cómo una presencia luminosa comenzaba a materializarse.

Josefina había visto cosas que desafiaban la intuición y la lógica desde que era niña. Había nacido para enfrentar ese mundo misterioso que se ocultaba detrás de una cortina tenue, pero impenetrable. Aun así, dudaba de lo que experimentaba. Le habían dicho que podría ver alucinaciones, que algunas cosas, por muy reales que parecieran, no eran más que ideaciones de su mente. Pero esto... esto era más que una alucinación.

Un resplandor inundó la habitación. Ni párpados ni muros bastaban, la luz lo atravesaba todo, enceguecedora e ineludible.

El hombre prácticamente ciego, logró esquivar un apéndice luminoso que intentó atravesarle el cuello flectando las piernas, respondiendo inmediatamente con un gancho desde abajo, aprovechando el impulso. Pero la entidad desapareció antes de que el golpe la alcanzara. Buscó con todos los sentidos restantes al ser, pero no pudo percibirlo.

—Ustedes, seres inferiores, no entienden nada. Todo esto es por ustedes —la voz de la entidad se materializó directamente en las mentes del hombre y la muchacha.

—¡Sal de mi mente! —gruñó el hombre. Aún cegado por el destello, dio un paso adelante y casi al mismo tiempo, giró violentamente lanzando una patada directa al cráneo de la forma. La patada se detuvo en seco cuando la entidad tomó su tobillo con una fuerza sobrehumana. Su altura comenzó a aumentar mientras levantaba con facilidad el cuerpo del hombre. El agarre fue lo suficientemente fuerte como para destrozarle la tibia y el peroné. Un grito de agonía escapó de su garganta mientras sentía la calidez de la sangre recorrer su pierna.

Dolor.

Desconcentración.

Dejó de percibir a Josefina en su mente. Miró hacia donde se debería encontrar la muchacha.

—No entienden que nos necesitan—comentó la presencia.

—Pero tampoco entienden que no pueden con lo que somos —se respondió a sí misma.

Josefina acercó el hacha a su cuerpo. Durante el segundo que siguió, solo pudo pensar en cómo había llegado hasta ese lugar, en cómo la realidad se había corrompido ante sus ojos.

Debes ser fuerte, se dijo a sí misma.

El ser atravesó el corazón del hombre con su brazo. Este cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Un grito se atascó en la garganta de Josefina. No sentía aprecio por el viejo, pero su muerte no podía resultarle intrascendente.

El ser observó el cuerpo que aún se estremecía.

—Veo que no mueres con eso —dijo, paseándose en círculos alrededor del moribundo—. Eso me causa aún más intriga.

Posó uno de sus brazos (si es que a sus apéndices luminosos se les podía llamar así) sobre la herida abierta que había dejado.

—Me pareces interesante, así que te haré unas preguntas.

Su brazo comenzó a envolver el cuerpo y, desde la herida, un árbol empezó a florecer.

—Hoy no morirás.

El hombre permaneció en silencio, pero no por voluntad propia. Sus ojos reflejaban un miedo irracional. Su rostro no respondía, su voz estaba apagada y su cuerpo se encontraba invadido por una extraña sensación de tranquilidad… una tranquilidad que le provocaba el mayor terror que jamás había sentido.

El fin justifica los medios.

Esa fue la primera frase que el oráculo le había dicho, tantos años atrás, cuando aún creía en una justicia inherentemente humana. Una convicción que con el tiempo se corrompió hasta reducirse a la insatisfacción de su amarga existencia. La justicia… los años se habían encargado de borrarla.

Por un instante insignificante recordó las últimas palabras del oráculo:

Si tú estás ahí, nada saldrá mal para el plan.

Una última lágrima recorrió su piel lignificada. Sabía, en ese último segundo, que todo encajaba como un reloj de precisión en algo que, desde su limitada perspectiva humana, carecía de sentido. Pero intuyó, con una certeza aterradora, que ya no importaba lo que hiciera. El mecanismo se había puesto en marcha.

Josefina se mantuvo quieta. El miedo invadía cada centímetro de su ser.

No hagas nada hasta que sientas que debes entrar, las verdades del mundo están al alcance de tu mano, pero debes tener cuidado del miedo. Entrar y salir son lo mismo, pero desde diferentes perspectivas, recordó.

Pero ¿Cuándo sería el momento preciso para intervenir? Y lo más importante, ¿Qué podía hacer?

Era la prueba más difícil a la que se había enfrentado. A pesar de su juventud e inexperiencia, había sobrevivido a situaciones extremas gracias a su capacidad de concentración y su destreza física. Pero esto escapaba a todo lo que creía posible.

—¿Cómo supieron dónde estaba? —preguntó el ser.

El hombre no respondió.

—¿Cómo supieron, además, que estaría vulnerable?

Levantó al hombre por el cráneo, obligándolo a mirarlo.

—Y lo que es más importante… ¿Qué cosa eres tú?

El hombre no respondió con palabras. Sonrió y escupió las últimas gotas de sangre que aún brotaban de su boca.

El ser limpió su rostro (si es que se le podía llamar así) con calma, pero cierto enfado se filtró en su tono cuando habló

—No tienes modales. Entiendo la fascinación que Ella sentía por ustedes, pero no la comparto. Si fuera por mí, su existencia habría terminado hace tiempo.

» Dar paso a algo mejor… monstruos malagradecidos.

El hombre permaneció en silencio. Su transformación había terminado. Ahora era un árbol que emitía un tenue resplandor.

Depositó el cuerpo en el suelo con suavidad. Inmediatamente, las raíces comenzaron a extenderse bajo él. Sin embargo, él aún respiraba. Lenta y de forma imperceptible, su pecho se alzaba y descendía.

La entidad empezó a cambiar. Su forma se tornó más definida, adquiriendo rasgos ambiguos, casi humanos que ya no se ocultaban en su resplandor. Con voz delicada, comenzó a tararear una melodía desconocida para la muchacha, pero era un ritmo armónico.

Aroma a flores.

El corazón de Josefina, acelerado hasta ese momento, comenzó a calmarse, como si la melodía tuviera un efecto anestésico. Entonces se fijó que, frente a ella, una flor hermosa de color azul, similar a una rosa abierta creció frente a ella.

La flor parecía observarla, o al menos así lo sintió. La atmósfera había cambiado. Sintió unos brazos cálidos envolviendo lo que ella llamaba su propia esencia.

Desesperación.

Josefina quiso gritar, quiso moverse, pero no pudo. El arrullo que la rodeaba no era un consuelo, sino una prisión silenciosa. No era calma… era opresión.

El oráculo me dijo que no debía temer, murmuró Josefina para sí, aferrándose a esas palabras como si fueran su única ancla en medio del caos. Buscó una paz interna que se le escapaba, cerró los ojos y dejó que la frase se convirtiera en un mantra. Se sincronizó con su respiración, sumergiéndose en sus propios pensamientos.

Recordó las sesiones de entrenamiento. Sincronizar la respiración con un mantra. Extender la voluntad sobre su propio cuerpo. Comprender que la realidad no es más que una percepción limitada por los sentidos.

Ese trance de sincronía le permitía alcanzar lo que su maestro llamaba Rakizuam.

Entonces evocó el primer día en presencia del oráculo, el día que cambió su vida.

No confíes en mis intenciones ciegamente.

Fue la primera frase que el oráculo le entregó. Las palabras con las que sellaba el destino de un iniciado para convertirlo en un artífice.

Josefina recordaba esa sonrisa gentil, el aura maternal que envolvía al oráculo. La sensación de pertenencia que le brindaba su tribu, su clan, los suyos… todos ellos con una fe ciega en aquel ser.

Recordó también su visión. Y las palabras con las que había concluido

Pero siempre acierto sobre lo que debemos hacer para ser libres.

Josefina abrió los ojos.

Se incorporó lentamente, y por primera vez, la entidad la vio.

—A su imagen y semejanza —susurró el ser.

Su cuerpo se alzó, creciendo hasta alcanzar tres metros de altura. La muerte susurraba en su oído, pero Josefina no tembló. No retrocedió.

La casa donde se encontraban desapareció de golpe.

El mundo se redujo a una pequeña porción de tierra flotando en la nada, bajo un cielo nocturno donde la luna yacía destrozada con sus fragmentos desparramados hasta el horizonte.

Josefina sintió su cuerpo pesado, su respiración se hacía dificultosa. El cielo y el mar se hicieron enormes, y la percepción de estar envuelta en una fina capa de algo sobrecogió sus sentidos.

Poco a poco, su cuerpo comenzó a desvanecerse.

Primero, perdió el equilibrio. Luego, el gusto y el tacto se extinguieron, como llamas apagadas por el viento. La vista fue lo siguiente. Finalmente, toda conexión con su propio cuerpo se deshizo, como si nunca hubiera existido.

En ese segundo interminable, sintió el peso de la eternidad.

La inmensidad del cielo ya no estaba sobre ella, sino que se había vuelto una extensión de su ser. La delgada barrera que la separaba del resto del universo se disolvió, y en su lugar emergió un océano sin orillas un mar de sí misma.

No hubo pánico.

Solo la sensación de regresar a la matriz de todo.

Cuando el instante terminó y su percepción se reconfiguró, contempló un universo distinto.

Su cuerpo material permanecía inerte, atrapado en un espacio definido dentro de un plano que se extendía en todas las direcciones. Mientras tanto, ella flotaba en la nada.

No hubo necesidad de un dialogo, pues los sentidos de Josefina se encontraban desconectados por su incorporeidad, lo que le permitía a ella misma poder encontrarse con nuevas sensaciones, una nueva interpretación de la realidad.

¿Su entrenamiento había sido para este momento? Se preguntaba mientras todo a su alrededor parecía volver a moverse.

Una epifanía consumió su atención.

Moriría.

Vio todo en cámara lenta, incluyendo la entidad. A pesar de las cosas extrañas para las que había sido preparada, su nuevo estado escapaba de toda posibilidad de entendimiento.

Cuando fue capaz de poner en orden todas las nuevas sensaciones, observó al ente que se movía sin prestar atención a su nueva presencia, acercándose a su cuerpo con cierta precaución a pesar de la demostración de poder que había entregado anteriormente con su compañero.

Josefina se mantenía inmóvil, primero por miedo. A pesar de sentirse inconmensurablemente diferente, la presencia del ser antropomorfo no dejaba de ser intimidante. Y segundo, aunque percibía la realidad a una velocidad ralentizada, sus movimientos eran igual de lentos, incluso más que los de la entidad.

Cuando estés frente a la más grande adversidad, tu entrenamiento te salvará. Saldrás victoriosa cuando el alma de tu temor esté simplemente en tus manos, y deberás elegir entre no tener misericordia o fracasar.

Josefina cerró los ojos.

Eres el cosmos observándose a sí mismo, pero también eres el cosmos definiéndose como ser individual dentro de él.

Se vio a sí misma en un espacio oscuro. Sus sentidos parecían ajenos a la estancia, y en ese mismo lugar, una puerta blanca destacaba en contraste con el fondo negro. Intentó avanzar hacia ella, pero fue inútil.

No supo medir el tiempo, no sabía si avanzaba o retrocedía. La sensación era nauseabunda, una confusión sin nombre que la mantenía inmóvil. Entonces, sin previo aviso, la puerta se abrió de golpe y, en un movimiento súbito, sintió que caía libremente hacia ella.

—No tengo respuestas para tus preguntas —escuchó una voz de calidez maternal.

Alzó la mirada y vio a una mujer tejiendo.

—Pero puedo decir que te he esperado mucho tiempo… más del que me gustaría admitir.

En la penumbra, Josefina se contempló. Observó cada detalle de aquella persona ajena, sintiendo una extraña reacción en su mente.

No entendió lo que sucedía. Se veía a sí misma, pero al mismo tiempo no era ella. Su rostro, sus manos, el color de sus ojos… nada coincidía. Y, sin embargo, lo sabía con certeza.

Era ella.

La mujer le sonrió.

—No temas.

De golpe, la oscuridad la envolvió de nuevo.

Josefina pareció no tener el control de su mente, un par de destellos fugaces del ente aterrado, sangre en sus manos, su mente y cuerpos agitados. La mujer sonriendo, un ruido de fondo ensordecedor, hasta que solo encontró paz.

Cuando volvió a abrir los ojos, la luz del sol la encandiló.

Su mente divagó, preguntándose si todo había sido una ilusión.

Pero entonces lo vio.

Bajo sus pies, un cráneo aplastado. La sangre inundaba el suelo a su alrededor.

Frente a ella, el ente que había acabado con su compañero estaba de rodillas… sin cabeza.

Y lo que antes fuera su compañero ahora decoraba con su cuerpo lo que quedaba de la habitación.

Josefina intentó mantenerse en pie, pero su cuerpo no le respondió. Cayó de rodillas sobre el charco de sangre y vomitó.

Fue entonces cuando lo comprendió.

No había tenido elección.

El Oráculo había hablado. Su destino ya estaba escrito.

Y luego, solo reinó la oscuridad.

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