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El día que Sara supo que había aprobado selectividad, el mundo parecía exactamente como siempre había sido.
Normal.
El sol entraba por la ventana de su habitación, iluminando los apuntes de biología que aún estaban abiertos sobre la mesa, como si su vida siguiera girando en torno a células, órganos y fórmulas que sí tenían explicación.
Todo tenía lógica.
Todo menos aquel latido extraño en su pecho.
Su móvil vibró.
"NOTAS DISPONIBLES."
Durante unos segundos, no respiró. Sentía el pulso en la garganta, en las manos, en cada parte de su cuerpo. Había trabajado demasiado para ese momento. Demasiadas noches sin dormir. Demasiadas veces repitiéndose que lo lograría.
Entró.
Nota: 12,8
Se quedó mirando la pantalla sin reaccionar.
Luego sonrió.
Después rió.
Y finalmente, lloró.
-Mamá -susurró, con la voz rota-. Lo he conseguido.
Ese día, Sara pensó que su vida empezaba de verdad.
No sabía que, en realidad, estaba a punto de romperse en dos.
Porque esa misma noche, mientras celebraba con sus amigas en una pequeña plaza iluminada por farolas cálidas, algo ocurrió.
Algo imposible.
Lo vio entre la gente.
Un chico.
Alto, quieto, observándola como si la conociera de toda la vida.
Sus miradas se cruzaron.
Y entonces, el tiempo se detuvo.
Literalmente.
Las voces desaparecieron. Las luces dejaron de parpadear. Incluso el viento pareció congelarse en el aire.
Sara dejó de respirar.
Pero él... él seguía moviéndose.
Y caminaba directamente hacia ella.








