Capítulo 1: El chico de la sección de literatura
Capítulo 1: El chico de la sección de literatura
Siempre pensé que las personas exageraban cuando hablaban de los lugares seguros.
Decían que existían sitios capaces de hacerte sentir protegido, como si el resto del mundo desapareciera apenas cruzabas una puerta. Durante mucho tiempo creí que era una tontería. Después de todo, cuando crecés acostumbrado a caminar sobre terreno inestable, terminás entendiendo que la tranquilidad suele durar poco.
Sin embargo, si alguien me hubiera preguntado cuál era mi lugar favorito en el mundo, probablemente habría señalado aquella librería sin pensarlo demasiado.
No era especialmente grande ni particularmente hermosa. Las estanterías eran viejas, algunas tablas estaban desgastadas y los dueños parecían negarse a cambiar la decoración desde hacía décadas. Pero me gustaba precisamente por eso. Nada allí parecía esforzarse por impresionar a nadie.
A diferencia de las personas.
Aquella tarde había ido con la intención de comprar un libro y volver a casa. Ese era el plan.
Los planes, sin embargo, rara vez sobrevivían intactos.
Estaba revisando la sección de literatura contemporánea cuando escuché una voz detrás de mí.
—Si sigues observando los libros con esa cara, van a empezar a sentirse rechazados.
Giré la cabeza inmediatamente.
Mi primera reacción fue de molestia.
La segunda fue preguntarme por qué un desconocido me estaba hablando.
—¿Perdón? —pregunté.
El hombre señaló el estante.
—Llevas como cinco minutos sosteniendo el mismo libro.
Bajé la vista.
Tenía razón.
—Tal vez estoy pensando si vale la pena.
—¿Y cuál es el veredicto?
—Todavía no lo sé.
—Entonces el libro está ganando.
Fruncí el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido del mundo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Lo observé unos segundos.
Él me devolvió la mirada con una tranquilidad irritante.
—Eres extraño.
—Me lo han dicho antes.
—Lo creo.
Su sonrisa se amplió.
Y para mi desgracia parecía bastante orgulloso de ello.
—Michael —dijo finalmente, extendiéndome una mano.
Miré su mano como si fuera un problema matemático.
No porque fuera difícil estrecharla.
Porque implicaba una decisión.
Las personas siempre empezaban con algo pequeño.
Una conversación.
Una sonrisa.
Una coincidencia.
Y después, cuando menos lo esperabas, terminaban ocupando espacio en tu vida.
A veces demasiado.
Finalmente estreché su mano.
—Valentino.
—Mucho gusto, Valentino.
—Todavía no estoy seguro.
Michael soltó una carcajada.
No una risa falsa ni exagerada.
Una real.
De esas que salen sin permiso.
Y por alguna razón me encontré sonriendo también.
Lo cual fue un error.
Porque cuando sonríes, la gente suele pensar que tiene permiso para quedarse.
—¿Vienes seguido aquí? —preguntó.
—Sí.
—Yo también.
—Qué bien.
—¿Eso fue sarcasmo?
—Tal vez.
—Perfecto. Me agrada el sarcasmo.
—¿Y hay algo que no te agrade?
—Las pasas de uva.
Parpadeé.
—¿Las pasas de uva?
—Son una traición.
—Es la respuesta más extraña que he escuchado hoy.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Negué con la cabeza.
Normalmente ya habría encontrado una excusa para marcharme.
Era lo que hacía siempre.
Las conversaciones me agotaban.
La gente me agotaba.
Incluso cuando eran amables.
Especialmente cuando eran amables.
Porque la amabilidad despertaba esperanza.
Y la esperanza era peligrosa.
Pero Michael seguía hablando como si nos conociéramos desde hacía años.
Y lo peor era que no parecía hacerlo por obligación.
Parecía disfrutarlo.
—Déjame adivinar —dijo mientras tomaba un libro del estante—. Te gustan las historias tristes.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque estás en esta sección.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
—No.
—Sí.
—Otra vez estamos haciendo esto.
—Porque tengo razón.
Lo miré durante unos segundos.
Después suspiré.
—Quizá un poco.
—Lo sabía.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Y por primera vez en mucho tiempo me descubrí riendo sin esfuerzo.
No porque hubiera escuchado algo particularmente gracioso.
Sino porque durante unos minutos había olvidado estar pendiente de todo.
De mis pensamientos.
De mis preocupaciones.
De mí mismo.
Y aunque todavía no lo sabía, ese desconocido que acababa de aparecer entre los estantes de una librería estaba a punto de convertirse en una de las personas más importantes de mi vida.








