Damiano Marchetti
Mi cabeza pesa como una roca. Apenas puedo pensar con claridad para estirar el brazo y apagar el maldito reloj despertador que olvidé quitar anoche. 6:00 a.m. Joder.
Me paso la mano por la cabeza, frustrado, sintiendo el cabello al ras bajo mis dedos. Me volteo en un reflejo automático y me encuentro con el vacío. Mi cama está completamente desierta.
¿Acaso fue un sueño? ¿Acaso la espectacular rubia que me tuvo loco toda la noche fue solo una alucinación de mi mente borracha?
Me levanto rápido. Un mareo repentino intenta derribarme, pero me sostengo mientras quito el edredón de un tirón. Y ahí está. La huella rojiza sobre la sábana blanca me aclara que todo fue real. Que anoche esa mujer espectacular fue mía, y que solo ha sido mía. Diablos, una virgen. Jamás estuve con una virgen antes. Mucho menos con una que decidió entregarse a mí sin saber mi nombre, ni yo el de ella.
Me quedo mirando el espacio vacío mientras mi mente viaja a toda velocidad. ¿O tal vez sí lo sabe? Digo, la constructora de mi padre es la más grande de Miami, mi apellido está en los edificios más altos de esta maldita ciudad. Tal vez la rubia de tetas perfectas solo quería entregarse a alguien con estatus...
No, no. Qué idiota soy. ¿Cómo putas sabría ella que yo estaría ahí? Si mi plan inicial de anoche era completamente diferente.
Solo iba a salir a cenar en un pequeño restaurante con el imbécil de Lucas. Claro, ese era el maldito plan. Pero el muy puto se enredó en unas sábanas ajenas con una mina y olvidó por completo que su mejor amigo lo estaba esperando. Después de clavarme dos horas esperándolo como un estúpido, me llegó su mensaje de texto: «Che, Marchetti, no llego. Me enganché con una piba increíble. No me extrañes». El muy hijo de puta.
Salí del lugar de un humor de perros, dispuesto a regresar a mi penthouse y dar la noche por perdida. Pero mientras caminaba hacia mi auto, un letrero de neón brillante capturó mi atención en medio de la noche de Miami: Paradise.
El nombre de la discoteca me pareció casi un chiste cínico para el humor que cargaba, pero el pulso de la música que retumbaba desde el interior me arrastró. Decidí entrar solo por el simple placer de ahogar mi frustración en alcohol.
Al ingresar, la oscuridad, las luces parpadeantes y el tumulto de gente bailando me aturdieron por un segundo. Iba distraído, buscando la barra con la mirada fija, cuando el impacto me obligó a dar un paso atrás.
Choqué de lleno con un cuerpo pequeño pero firme.
Bajé la vista y me quedé sin aire. Era una rubia preciosa. Llevaba un vestido increíblemente sexy que dejaba al descubierto una de sus piernas tonificadas y una buena parte de su abdomen marcado. Justo ahí, en medio de su piel bronceada, brillaba una perforación en el ombligo que me obligó a tragar saliva.
Antes de que pudiera disculparme, ella levantó esos ojos marrones, me fulminó con la mirada y su boca perfecta escupió veneno:
—Fíjate por dónde caminas, imbécil —dijo la pequeña rubia con una seguridad que me congeló.
Sonreí de medio lado, divertido por su audacia. Me recuperé rápido del impacto, clavándole los ojos con descaro.
—Vaya... definitivamente este es el paraíso y acabo de chocar con un ángel —repuse, bajando el tono de mi voz para hacerme oír sobre la música—. ¿Cuál es tu nombre, mi cielo?
Ella ni siquiera parpadeó. Me dedicó una mirada cargada de desdén que solo consiguió encenderme más.
—¿Qué te importa? Quítate.
Se dio la vuelta y se perdió entre la multitud. Vaya genio el de esa belleza. Me quedé estático un segundo, incapaz de apartar los ojos de su espalda. Solo pude sonreír mientras la observaba alejarse, clavando la mirada en su trasero redondo y perfecto, y en esas caderas que se contorneaban deliciosamente con cada paso que daba.
El bar estaba a reventar. Decidí que no valía la pena buscar a una desconocida que claramente quería picarme el orgullo, así que caminé hacia la barra en busca de un lugar. Olvidé a la rubia por un buen rato; después de todo, había demasiados angelitos en este paraíso. Para distraerme, saqué a bailar a una mexicana preciosa.
Pero cuando estábamos en medio de la pista, moviéndonos al ritmo de la música, llegó la sorpresa.
La vi de nuevo.
A unos metros de mí, la rubia compartía la pista con dos chicas: una pelirroja exuberante y una morena de infarto. Las tres se movían con una complicidad salvaje que acaparaba las miradas de medio club. De pronto, el ambiente se prendió fuego: las tres se unieron en un beso de tres, lento y desinhibido, en medio de la pista.
La mexicana con la que bailaba seguía refregando su trasero contra mí en lugares bastante sensibles, pero mi atención se había desviado por completo. Me aparté de ella como pude, hipnotizado por el trío que tenía enfrente. Joder, aquello estaba a punto de convertirse en un beso de cuatro. Me acerqué con paso firme justo cuando la pelirroja se separó un poco y gritó para romper la distancia:
—¡Joder, veinte años, tía! ¡Te has subido al segundo piso!
¿Veinte años? ¿Era su cumpleaños?
Aproveché que la discoteca cambió el ritmo y comenzó a sonar una canción perfecta para la ocasión. Me deslicé entre la gente y me pegué a la rubia por detrás, inclinándome lo suficiente para que sintiera mi calor.
—Hola, guapa. Feliz cumpleaños —le susurré al oído.
Ella reaccionó al instante. Levantó la vista, girando el hombro para mirarme la cara. Sus ojos marrones se abrieron con fastidio.
—¿Joder, de nuevo tú? ¿El imbécil ciego que casi me aplasta?
Una carcajada limpia me salió desde lo más profundo del alma. No me dolió el insulto; al contrario, me encantaba que no me tuviera miedo. Continué pegándome a ella mientras la música nos envolvía. Hips Don't Lie retumbaba en las bocinas y la rubia, a pesar de sus protestas, comenzó a moverse como una auténtica diosa contra mi cuerpo.
Para mi sorpresa, esta vez no se apartó. Al contrario, la química entre nosotros se elevó a tope en un segundo. Me miró fijamente y me sonrió. Esa sonrisa me desarmó: la agarré suavemente del brazo y la puse de frente para detallarla. Dios, es perfecta. A pesar de las luces parpadeantes de la discoteca, pude notar unas diminutas pecas en su nariz y el precioso hoyuelo que se formaba en su mejilla izquierda al sonreír. Desde esa distancia, sus senos redondos se estallaban contra mi pecho con cada respiración.
Sentí cómo mi entrepierna comenzaba a reaccionar de inmediato, tensándose con fuerza. Hacía un calor de los infiernos en el lugar. Entre el sudor de los cuerpos, la música vibrando en las paredes y el trago que ya me raspaba la garganta, me sentía un poco perdido, flotando en una nube de pura adrenalina.
No sé cuántas canciones bailamos así, rozándonos, midiéndonos las fuerzas. Solo recuerdo que, en un momento de la noche, la pelirroja se acercó a nosotros con una botella en la mano. La sostuve del cabello con suavidad para ayudarla a empinarse un largo trago de tequila directo del pico. Cuando recuperó el aliento, la chica se giró hacia mí, revelando un marcado acento español:
—¿Sabías que esta hermosa está cumpliendo veinte años? —me soltó la española con una sonrisa cómplice—. Dale el feliz cumpleaños, tío...
acercó nuestras cabezas lo suficiente como para que el mundo exterior desapareciera. En ese segundo, el aroma de la rubia me inundó las fosas nasales. Era un perfume dulce, a fresas quizás, o cerezas... no lo sabía con certeza, pero olía delicioso, adictivo.
—Bésala, pedazo de imbécil —sentenció la española, dándonos la bendición final antes de perderse de nuevo en el caos de la noche.
Miré a la cumpleañera. Ella me miró a mí, con esos labios gruesos entreabiertos y el pulso acelerado. Ya no había malditas reglas que nos salvaran.
Sin pensarlo mucho, la agarré por la cara con ambas manos y le di un beso.
Al unir nuestros labios, una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal; sentí que la erección iba a salirse de mi pantalón de lo jodidamente rápido que me encendió. Ella no se quedó atrás ni se mostró tímida. Al contrario, metió su lengua en mi boca con una osadía que me tomó por sorpresa y se pegó aún más a mí, halando mi camisa con fuerza, como si necesitara sostenerse o devorarme entera.
Cuando me aparté de ella apenas unos milímetros para tomar aire, pude ver su cara de excitación bajo las luces de la discoteca. Su respiración entrecortada y sus ojos encendidos me indicaron que ella estaba igual de caliente que yo. El autocontrol se me estaba yendo directo al piso.
—Eh, Bionda, ¿cómo te llamas? —le susurré contra los labios, buscando un maldito nombre al que aferrarme.
Ella no me respondió con palabras. Se pegó a mi cuello, dejando un camino de besos húmedos que me hizo apretar la mandíbula, antes de subir de nuevo para darme otro beso que me dejó sin aliento.
—Eso no importa —me dijo con la voz rota por la agitación, mirándome con una determinación salvaje—. Solo sácame de aquí.
Y la saqué. Vaya que lo hice.
Parpadeo, sacudiéndome el recuerdo de la cabeza, y la cruda realidad me golpea en la cara. Sigo aquí, de pie en la enorme habitación de mi penthouse, completamente solo a las seis de la mañana.
Miro de nuevo la huella rojiza en la sábana blanca y luego el espacio vacío donde debería estar ella. Me dejó su inocencia, me dejó el recuerdo de su cuerpo perfecto y el aroma dulce de su perfume de fresas flotando en el aire. Pero se llevó su nombre, su paradero y mi maldita cordura.
Acepté sus estúpidas reglas anoche porque estaba demasiado caliente para pensar con claridad, pero no soy un hombre que se conforme con las migajas de nadie. Se equivoca si cree que esto se va a quedar como una aventura de una sola noche.
Me encamino al baño con paso firme mientras la frustración se me instala en el pecho. Puede haber huído antes del amanecer, pero Miami es mi territorio. Voy a encontrar a esa pequeña rubia de lengua afilada y hoyuelo en la mejilla, aunque tenga que buscar debajo de cada piedra de esta maldita ciudad.








