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Gardea: volviendo a casa

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Summary

Tenía una meta: ganar lo suficiente y volver a casa. Fácil, ¿no? Con lo que Arisbeth González no contaba era con formar una familia lejos de su hogar. Ahora, su objetivo ha cambiado: Volver, pero esta vez, todos juntos. Sobrevivir, por lo visto, podría ser opcional. Y no enamorarse de un alienígena, ¿fácil? No. Pero Gardea esconde mucho más de lo que parece.

Genre
Scifi/Romance
Author
Beli
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

La partida.

Veintitrés años; ese era el tiempo que Arisbeth González llevaba existiendo en el mundo. Solo un poco de tiempo compartiendo su vida con otros, y aun así, sentía haber vivido miles de años. La vida nunca fue fácil para ella ni para nadie que tuviera la suerte de nacer en el único planeta que tenían. Aunque todos se esforzaran por salir adelante, era difícil; ella lo veía todos los días. El hambre era cada vez mayor, la falta de medicamentos era terrorífica. Irónico: o morías de inanición o de alguna rara infección; así era la nueva realidad en la Tierra. Aris apretó fuerte el formulario en su mano. Estaba enojada —aunque no recordaba mucho no estarlo—; no quería trabajar para las minas de Gardea. Tan solo pensarlo la hacía querer llorar, y hacía mucho que no lo hacía.


Sus hermanos morían de hambre, su pobre madre ya no podía seguir trabajando en el mar; solo pensar en verla tosiendo sangre de nuevo le daba aún más fuerza de voluntad. Pero tenía miedo. Sí, eso era lo que sentía: miedo. Aunque le costó identificarlo, lo había encontrado. Volver de las minas de Gardea siendo minero era igual a encontrar una aguja en un pajar. Solo las personas de clase alta volvían, y eso era algo que sabía muy bien. Pero se quedó sin más recursos; esta era la única manera.


—Cielo, ¿terminarás ese formulario sí o no? Hay personas esperando —escuchar la voz chillona de la chica del mostrador trajo a Aris de regreso; su hermano siempre la culpaba de tener la cabeza en las nubes.


—Sí... Ya enseguida lo termino, lo siento —vio la lástima en la mirada y hasta ella misma sintió pena.


—Tenemos otras ofertas. Si aún tienes dudas, podrías ir de acompañante; el trabajo no es tan duro y es bien pagado.


—No... Gracias, pero no —allí estaba otra vez, una emoción que sí conocía bien: la rabia. Era algo extraño haberla extrañado.


Aris tomó su formulario y lo entregó. Estaba lleno incluso antes de caminar las quince horas de recorrido que le llevó llegar a la oficina de selección. Esta era la última oportunidad que tenía su familia y ella se la daría. Pensar en ellos hacía que su pecho se oprimiera; le recordaba a cuando trabajaba con su madre de buceadora de tesoros. Hubo un tiempo donde su pie quedó atrapado en un arrecife; llevaba un rato sumergida, así que no tenía casi oxígeno. Era un dolor insoportable. Cuando su madre pudo sacarla del mar, Aris estaba desmayada; le tomó meses olvidar el dolor de sentir tus pulmones colapsando. Su hermanita Adri le preguntó una vez que del uno al diez cuánto había dolido aquello, y Aris respondió: «seis». Lo recordaba bien. Pero en este preciso momento se sentía a una profundidad peor que la de esa vez. En este momento no había oxígeno desde que salió de casa; el dolor que sentía al dejarlos era diez mil veces peor que el de esa vez.


—Como quieras. Toma, esta es tu visa de viaje estelar; si la pierdes, no podrás volver a la Tierra.


Aris se quedó pensativa durante un rato al ver el papel arrugado que le estaba entregando la recepcionista.


—¿Bromeas, no? —Era imposible que aquel papel fuera su viaje de regreso; era peor que el formulario que ella misma había arrugado.


—Mira, cariño, entre tú y yo, las dos sabemos muy bien que nadie vuelve de Gardea, así que deja tu carita sorprendida porque tú misma firmaste tu ida al infierno.


El silencio no solo quedó entre Aris y la mujer, sino en toda la sala.


—Ahora sé una buena chica y déjame hacer mi trabajo. Dentro de un momento vendrán los Orlows para recoger a los mineros, así que espera a mano derecha, cerca del puerto espacial. Gritarán tu nombre. —En sus ojos, Aris vio otro poco de lástima—. Que Dios esté contigo, cariño.


Aún mientras caminaba por los largos pasillos de la oficina, Aris escuchaba la voz de esa mujer. “Dios esté contigo” , mierda, “Ojalá Dios esté conmigo”, oró en silencio.

El puerto espacial siempre había sido algo místico para Aris; siempre que escuchaba algo al respecto sobre este lugar, sentía escalofríos en todo el cuerpo. Aunque no lo quisiera admitir, siempre soñó con verlo, aunque en este momento no se sentía tan increíble. Era muy parecido a un embarcadero: solo dos naves gigantes en medio de un espacio sumamente grande. El cielo se apreciaba aún dentro del edificio.


Aris sabía que el material con el que estaban hechas las naves y todo lo relacionado a la tecnología Orlows era el Diamenio, un material tan resistente que aguantaba hasta ocho veces la velocidad de la luz. Por dicha razón, los Orlows necesitaban mano de obra, y esa mano éramos los humanos: del tamaño perfecto para entrar en las profundas cuevas, además de poseer la resistencia que ellos creían necesitar.

Con todo eso en su mente, Aris no podía dejar de ver las naves; eran terroríficamente hermosas. Le recordaban a ese sentimiento de ver una ballena por primera vez: de un color tan negro que reflejaba todo a su alrededor, muy parecido a un avión de combate, aunque sus alas eran sumamente puntiagudas.


—Los trabajadores asignados a las minas, hagan una fila —Aris volteó al escuchar a un hombre joven, de unos veintitantos años, alto y delgado, que estaba cerca de una de las naves. Algunas personas se iban acercando; ya había un grupo formándose.


—¡¡ARISBETH!! ¡ARISBETH, POR FAVOR! —Todo su cuerpo se paralizó. “Es mamá”, pensó.


—Señora, por favor, si no tiene visa espacial no puede estar aquí.


—Mi hija está aquí, por favor déjeme entrar, ¡se lo ruego! —Ana no sabía qué hacer. Su hija solo había dejado una carta diciendo: “Haré lo que tenga que hacer”. Ella tenía que detenerla; la conocía, era capaz de morir por ellos, pero Ana no resistiría una muerte más—. Por favor, déjeme, tengo que encontrarla —suplicó.

—Mamá, ¿qué haces aquí? ¿Y mis hermanos? Deberías estar en casa.


Allí estaba su niña. Aunque todos pudieran verla como una adulta, para Ana aún era su pequeña de cabellos revueltos. Aun estando tan cerca, ni siquiera podían tocarse, ya que las puertas del puerto solo abrían para aquellos con visa.


—Ma, estaré bien, ya verás. He sobrevivido a todo tipo de trabajo. Puede que muchas personas no hayan podido volver, pero yo lo haré, mamá... así que... yo... estoy feliz de verte, mami. De verdad quería verte.


—Aris, mi amor, encontraremos una manera las dos juntas... Ya lo verás, por favor no lo hagas —aun sabiendo que era inútil, Ana no podía dejar de intentarlo—. Mi amor, ven a casa, ¿sí?


—Moriremos de hambre, ma. Y yo no puedo verlos morir de hambre.


A su Aris de pequeña las personas solían creerla fría, pero Ana la conocía mejor que nadie: era el ser más dulce del mundo.

También sabía que solía no comer para guardar reservas para sus hermanos. Se iría, lo sabía.


—Los asignados a la minería, último llamado.


Aris no creía en las despedidas; por esa razón no quería decir adiós a nadie, y por eso mismo había salido de noche, a escondidas.


—Ma, siempre fui feliz. Todo el tiempo. Claro, había momentos duros, tristes y hasta desesperantes, pero el solo hecho de estar contigo y mis hermanos me daba vida. Me dan vida. Pensar en ver cómo mi vida se apaga y no hacer nada es peor que caer en el mismo infierno... así que... hasta luego, mami. Sé que te volveré a ver, lo sé.


Aris intentaba ver el rostro de su madre, su cabello negro tan parecido al suyo al igual que sus ojos ámbar, pero cada vez era más difícil, como intentar ver algo debajo del agua. Así que se permitió una última mirada y volteó.

Aún mientras escuchaba los gritos de su madre, avanzó. Se formó en la larga fila y esperó para entrar a esa nave e irse lejos de todo lo conocido. Tenía que volver. Dios, tenía que volver. La fila avanzaba muy despacio. Alguien sollozaba con fuerza y, solo en un momento, Aris se dio cuenta de que era ella misma. Siguió avanzando hasta que dejó de escuchar a su madre y sus propios sollozos. Allí supo que no había vuelta atrás.


No había asientos. Arisbeth juraba que deberían tener asientos. La nave era igualmente imponente por dentro. Aris trató de buscar a un Orlow; según había escuchado, ellos eran los que manejaban las naves, pero no había algo parecido a un lugar de mando. Todo era extrañamente liso; solo había pantallas por todo el lugar, lo cual lo hacía aún más terrorífico.


—Supongo que se estarán preguntando cómo será el viaje y les tengo una excelente noticia: ni siquiera lo sentirán.


La sonrisa de ese hombre le daba escalofríos a Aris.


—Será una experiencia muy cómoda. Estarán completamente dormidos. Como bien saben —ironizó—, o tal vez no, el viaje no está hecho para que nuestro cuerpo lo asimile, así que entraremos en un sueño profundo. Denme un momento.


Aris lo siguió con la mirada. Él tocó una extraña pantalla y, de pronto, salieron unas cápsulas gigantes.


—Este aparatico que ven aquí los mantendrá muy seguros durante nuestro viaje. Vigilará sus signos vitales y mantendrá la gravedad estable para sus cuerpos. Así que, sin más preámbulos, vengan de uno en uno—hay una palabra para las personas como el antipático si era un antipático


—¿Crees que eso nos afecte de alguna manera? —Aris volteó a ver a la mujer que tenía a un lado, la cual, por alguna razón desde que entraron a la nave, la tenía agarrada del brazo —. Yo... no sé si sea seguro.


—No creo que nos quieran muertos antes de llegar a trabajar, así que no te preocupes —Aris apretó su mano suavemente—. Ya verás que todo estará bien. Me llamo Arisbeth, por cierto.


La mujer por fin miró a Aris y hasta se sorprendió un poco, lo que le causó algo de gracia. Era sumamente hermosa; parecía una de esas mujeres que aparecían en las antiguas revistas. Su piel parecía haber recibido sol de manera constante. Su cabello estaba sujetado, pero aun así se veía precioso; sus rizos eran muy lindos, pero lo que más sorprendió a Aris fueron sus ojos: le recordaron al café que solía tomar su mamá.


—Oh, Dios, lo lamento mucho, estaba tan nerviosa. Perdóname —hasta su forma de hablar era bonita, pensó Aris—. Me llamo Alma, un placer.


—Ustedes, las dos últimas, ¡avancen!—cara de wasabi ese sería su apodo pensó Aris con sorda


Aris intentó no mirar mal a ese sujeto, pero tenía unas ganas inmensas de darle un golpe.


—Bueno, Alma, estaremos bien. Ya verás que será seguro para los tres.—intento calmarla


Alma abrió tanto los ojos que Aris pensó que se le iban a salir. Aris siempre había pecado de imprudente y, a pesar de que Alma intentaba tapar su barriguita, era algo notorio.


—¡Ay, no! Perdón, no llores, en serio no quise hacerte sentir mal— Allí estaba Aris y su bocota; ni había salido del planeta y ya estaba metiendo la pata.


—No, no, disculpa, no es tu culpa. Estoy muy sensible, eso es todo —sollozó—. Solo... es que yo pensé que nadie lo notaría.


—Ya verás que todo saldrá bien. O sea, es tecnología extraterrestre, no creo que sea malo, ¿no? —Eso le ganó una sonrisa de parte de Alma y un carraspeo del tipejo aquel—. Bueno, Alma, nos vemos en otra galaxia.


—Nos vemos en otra galaxia —respondió riendo.


Aris se acercó al instructor y notó por qué le causaba tanta rabia: la miraba como lo solían hacer sus antiguos jefes, con desdén, como si fuera menos. Las personas tendían a lastimar a los demás solo por el simple hecho de estar más "arriba", y Aris odiaba a ese tipo de gente. Así que hizo lo mismo: lo miró directamente a sus fríos ojos y esperó. Al final, el pobre quitó la mirada. Se acercaron a las urnas; el "wasabi" abrió una, le explicó a Aris cómo entrar y luego la cerró con un portazo. Aris estaba justo enfrente de Alma, así que le sonrió en señal de saludo. Un humo que olía extrañamente a azúcar derretida llenó el lugar y todo se volvió oscuro.


"Viaje cómodo, su culo", pensó Aris. Le dolía muchísimo la cabeza y su cuerpo estaba extrañamente cansado. El solo hecho de intentar abrir los ojos se sentía sumamente agotador.


—Arisbeth... Arisbeth...


Escuchó la voz de Alma, pero en este momento no le parecía hermosa; su cabeza estaba estallando.


—Te escucho, Alma... mierda, y eso que dijeron que era cómodo. Poco más y muero—y dios ojalá hubiera muerto el dolor de cabeza la estaba matando


Cuando sus párpados al fin le respondieron, Aris pudo abrir los ojos. Lo primero que notó fue que nadie parecía estar cansadísimo ni casi muerto como ella.


—¿Por qué parece que todos están bien? —soltó apretando las manos.


—Arisbeth, tú eras la única que se ha tardado en despertar. Estaba muy preocupada.—

"Es tan amable", pensó Aris.


—Puedes llamarme Aris, Alma. Mis amigos lo hacen —"Aunque no tengo amigos"—. Bueno, ¿qué se le va a hacer? ¿Dónde estamos?


Apenas había notado que no estaban en la nave; parecía una enfermería.


—No lo sé. Desde que despertamos estamos aquí. Solo han venido una vez a ver si todos estábamos bien y luego a revisar por qué no despertabas—Aris aceptó el vaso de agua que le ofrecía Alma.


—¿No te sientes mal, Alma? ¿Cómo estás? Y qué viaje "cómodo", no me imagino si hubieran dicho incómodo —al tomar el agua, Aris se sintió de nuevo un poco más humana.


—Pues estuvo bien, la verdad no sentí nada —si las miradas mataran, Alma ya no existiría.


—Oye, ya despertó la bella durmiente —Aris volteó sus ojos mientras el imbécil se carcajeaba—. Imagínate, se desmaya y ni ha empezado a trabajar —exclamaba burlonamente.


—Imagínate tú, tu mamá no terminaba de tenerte y ya sabía que eras un idiota—

Vio como sus orejas se ponían de un rojo intenso. Gabriel era el nombre de ese idiota y como lo sabía por qué desde que estaba en la fila para el formulario no había dejado de hacer sentir mal a los demás y ella se moría por ponerlo en su lugar los guapos siempre se creen más pero Aris hasta vio el futuro: este me traerá problemas. ¿O será que no era el futuro sino el presente? Porque Gabriel ya venía con la mano levantada. Qué susceptible, pensó Aris.


—Veo que ya estamos todos listos —de nuevo cara de estar oliendo popo—. Ahora síganme y les enseñaré lo que será su nuevo hogar.


Alma ayudó rápidamente a Aris a levantarse, haciéndole sonreír. Avanzaron poco a poco por lo que parecía un pasillo de un hospital, lo cual era sumamente confuso; Aris pensó que el lugar sería puras rocas o algo así. Mientras seguía al grupo, se lamentaba de no haber visto el planeta.


—Este lugar es estrictamente para personas enfermas, los mineros se mantienen normalmente en las minas —explicó Wasabi—. No tienen permitido salir sin su supervisor impuesto y solo ese se encargará de sus gastos y condiciones. Como bien saben, el dinero que ustedes ganen en las minas será enviado directamente a la Tierra —se detuvo un momento para mirarnos—. Oh, también olvidé decirles que serán seleccionados por los jefes de equipos; son aquellos que tienen más tiempo y experiencia dentro de las minas.


"Ahora sí que parece un lugar muy extraterrestre", Estaban en lo que parecía un domo gigante; no se podía ver absolutamente nada del exterior, lo que la hacía sentir un poco abrumada. Todo se veía metálico a su parecer.

Aunque olía extrañamente a tierra húmeda era gigantesco tanto que la hacía sentir pequeña.


—Bienvenidos a nuestro hogar, humanos. Nosotros, los Orlows, estamos agradecidos por su labor


Aris estaba teniendo un deja vu bastante incómodo. Recordó cuando salió con su hermanito Nicolás al mercado; ese día, por casualidad, vieron al hijo del carnicero al cual le faltaban los brazos. Aris recordaba la carita de su hermano, esos ojos marrones tan parecidos a los de su papá están llenos de curiosidad, casi llegando a fascinación, y también recordaba regañarlo por imprudente. En este momento se estaba disculpando telepáticamente con Nicolás; de verdad que eran hermanos.


Aunque ella estaba segura de que nadie podía juzgarla: ¡estaba viendo un Orlow por primera vez! Y si eso no era emocionante, no sabía qué más lo sería. El Orlow era más bajito de lo que ella creía, se veía casi de su tamaño —y Aris medía un metro cincuenta— pero era fascinante mirarlo. Su cara parecía sacada de un sueño, era muy apuesto; sus facciones eran tan delicadas que casi parecía una mujer. Lo único que lo hacía ver extraterrestre eran sus ojos, los cuales eran totalmente negros. Eran terroríficamente parecido a los humanos.


—Estamos encantados de ver que aún siguen haciendo esta gran labor para nosotros los Orlows, porque bien saben que nuestra naturaleza no nos permite ser tan primarios como la suya, así que estamos agradecidos y hablo por casi toda mi gente.


"Es un idiota con voz y cara de ángel", sentenció Aris


—Ya no les quito más tiempo a los jefes de equipos y empecemos por las elecciones de grupo; cada momento hablando es un momento sin trabajar.


Los jefes de equipo venían; al parecer ya tenían escogidos a sus trabajadores antes de la presentación, ya que casi todos los del grupo de Aris habían sido escogidos menos ella y Alma, que aún esperaban. Era algo que se temía desde un principio: ellas eran las únicas mujeres que habían. Bueno, ellas y Gabriel, pero ya lo habían escogido.


—Señorita Alma y señorita Arisbeth.


Aris miró al hombre que tenía delante. Era un hombre mayor, casi cincuenta años tendría, su cabello era muy canoso y era bastante alto para el estándar humano. Se veía grande por todos lados, tanto que Alma apretó su mano como si quisiera estrangularla.


—Soy el señor José del equipo 10. Las dos estarán registradas en mi grupo. Síganme, les presentaré al resto de nuestro equipo y su nuevo hogar.


"Es amable", pensó Aris, pues se agachó para hablarnos casi como si quisiera verse más pequeño. Era alguien amable. Aris soltó el aire que ni sabía que estaba conteniendo y tomó la mano de Alma. Las dos siguieron al señor José por lo que parecía un túnel; luego este abrió lo que parecía una alcantarilla.


Aris solo pudo pensar: «Hogar, dulce hogar», ¿no? A pesar de que todo se veía futurista y extraterrestre, Aris no pudo evitar pensar en la ironía de las cosas. Allá afuera —bueno, el afuera de hace un momento— se veía magnífico, glorioso; parecía sacado de una vieja película. Esto aquí es igual a casa.

Ella no podía evitar pensar en eso: cabañas casi destruidas, un pozo viejo donde ojalá saliera agua... El lugar, aunque sea, era lo suficientemente alto para que el señor José pudiera estar de pie, lo cual era algo bueno. Las paredes tenían agujeros por doquier tapados con sábanas viejas, y ya; eso era lo único que se podían dar el lujo de tener. Ni siquiera lejos de la Tierra nos dejas de tratar como ganado, ja.


—Oh, perfecto, ya llegaron los demás. Vengan, niñas, déjenme presentarles a sus compañeros.


—El señor José se ve buena persona, ¿no? —Aris apretó en silencio la mano de Alma para confirmar.


De una de las paredes salió una chica de la misma edad de Aris. Su cabello parecía estar lleno de canas, lo que sorprendió a Aris. Era una chica guapa; tenía unos hermosos ojos azules. Era algo alta para el estándar de Aris. Tenía un overol, y eso le recordó a Aris que el señor José también tenía uno, como casi todos los jefes de equipo. Bueno, ella solo podía torcer los dedos para que le dieran uno a ella; en su vieja mochila no cabían muchas cosas.


—Arisbeth, señorita Alma, les presento a Cassie y a Elliot. Por el momento somos los únicos en nuestro pequeño grupo.


—¿Elliot? —Aris estaba un poco confundida; no había nadie más. Miró con extrañeza al señor José.


—Elliot, es de mala educación no saludar —Cassie reprendió a algo en su espalda

.

En ese preciso momento, Aris sintió como todo su cuerpo se congelaba. Se sintió apretar tan duro sus dientes que los escuchó crujir y, por el duro apreón que sentía en su mano, Alma estaba reaccionando igual. Elliot era un niño de no más de nueve u ocho años. Era tan pequeño, casi igual a su hermano Nicolás. «Dios, ¿qué hace este niño aquí? No es justo», eso repetía simultáneamente su cabeza. No, claro que no es... tan adorable. Tenía rizos en su cabello castaño y unos ojos tan brillantes como el mismo Diamenio. Parecía haber pasado mucho tiempo en el sol, aunque no se veía muy bien por el sucio de las minas.


—Hola, un placer conocerlas —hasta su voz era aún tan tierna.


—Elliot, ¿por qué no vas a jugar en la cabaña? Ya terminamos por hoy la labor— le digo Cassie y también movió de una manera extraña sus manos


José notó la incomodidad de Aris y Alma enseguida; era algo lógico. Él mismo había reaccionado de la misma forma el día de la elección cuando conoció a Elliot. Aún recordaba su tierna mirada; estaba tan confundido y sus ojos llenos de lágrimas. Su pobre niño parecía haber envejecido años desde ese día.


—Apenas es un niño... ¿Cómo es que...? Este lugar... Yo...—tartamudeo sin parar


José sonrió con tristeza al ver la incertidumbre en esa jovencita. «Un niño», decía, y no notaba que ella misma era una niña; en sus ojos lo veía: el peor enemigo de este lugar, inocencia. Aún había de eso en su mirar, intentando parecer adulta y segura con ese cabello sumamente alborotado.


Cuando la vio entre los nuevos reclutas, con su mirada desafiante mientras tomaba la mano de la otra chica que parecía sumamente aterrada... «Son tan jóvenes». Sus piernas actuaron primero que él mismo y las escogió sin remordimiento. A pesar de que Alisa probablemente lo regañaría sin cesar, valió la pena.

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