Capítulo 1
La primera vez que Lady Eleanor Ashford vio Blackthorne Manor, pensó que ningún lugar podía parecer tan vivo y tan muerto al mismo tiempo.
El castillo se alzaba al final del camino como una sombra antigua, clavado sobre la colina entre los páramos húmedos del norte. Sus torres oscuras desaparecían entre la niebla, y las ventanas, estrechas y profundas, parecían observarla con la misma severidad con la que la había observado toda Inglaterra desde la muerte de su padre.
El carruaje avanzó lentamente sobre el barro. A cada lado del camino, los árboles se inclinaban bajo el peso del invierno, desnudos, torcidos, casi humanos. Eleanor mantuvo la espalda recta, las manos quietas sobre el regazo y el mentón alto, aunque por dentro sentía el mismo frío que se colaba por las rendijas de la puerta.
—No es demasiado tarde para regresar, milady —murmuró la señora Vale, su dama de compañía.
Eleanor no apartó la vista del castillo.
—Sí lo es– le contestó a la mujer removiendo las manos que tenía sobre su regazo con nerviosismo.
La mujer guardó silencio.
Desde Londres le habían aconsejado no venir. Su tía había llorado. Su primo Edward había enviado tres cartas insistiendo en que Blackthorne no era lugar para una joven dama sin esposo, sin hermano y, según él, sin juicio suficiente para comprender la magnitud de su situación.
Pero Eleanor comprendía demasiado bien. Su padre había muerto, su fortuna estaba comprometida, su nombre se discutía en salones, despachos y periódicos.
Y Blackthorne Manor, aquel castillo olvidado que nadie en la familia mencionaba sin bajar la voz, era lo único que él le había dejado. No el título. No las propiedades vinculadas al condado. Solo Blackthorne. Como si en aquel montón de piedra, humedad y secretos hubiera querido dejarle una respuesta. O una condena.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal. Nadie salió a recibirla de inmediato. Durante unos segundos solo se escuchó el viento, un sonido largo y quejumbroso que se filtraba entre las torres.
Eleanor esperó. Un minuto. Dos. La lluvia golpeaba el techo. Finalmente las puertas se abrieron y Eleanor sintió como si se hubieran abierto las puertas de un mundo desconocido, lleno de misterios, y no pudo evitar que un mal presentimiento se instalara en ella.
Apareció un anciano alto y delgado vestido con un impecable frac negro. El hombre descendió los escalones con dignidad solemne.
—Lady Eleanor Ashford —dijo inclinando la cabeza—. Bienvenida a Blackthorne Manor. Soy Alfred Pembroke, mayordomo de la casa.
Eleanor bajó del carruaje. Miró discretamente detrás de él. No había nadie más.
Extraño.
Una propietaria llegaba por primera vez a una residencia familiar y ni un solo miembro de la administración principal había salido a recibirla.
—Gracias, señor Pembroke– le dijo al mayordomo mientras alisaba su vestido.
—Su viaje debió de ser agotador milady
—He sobrevivido– contestó ella con voz notablemente cansada.
Una sombra pareció cruzar el rostro del mayordomo.
—Eso mismo esperamos todos, milady.
La respuesta era peculiar.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba, Pembroke se hizo a un lado para permitirle entrar.
El vestíbulo era inmenso. Las paredes de piedra se elevaban hacia un techo abovedado apenas iluminado por lámparas de gas. Retratos cubiertos con telas grises descansaban a ambos lados. Algunos espacios permanecían vacíos, como si los cuadros hubieran sido retirados.
Todo estaba limpio. Pero también inmóvil. Parecía que la casa había dejado de respirar.
—¿Cuántas personas viven aquí? —preguntó Eleanor.
—Diecisiete empleados permanentes– contestó Pembroke con el semblante de un capitan de barco que había llevado a su tripulación a sobrevivir una tempestad.
—¿Y quién administra la propiedad?– volvió a preguntar girándose hacia el.
El mayordomo tardó apenas un instante en responder.
—El señor Whitmore– La expresión del mayordomo no cambió.
La respuesta pareció alterar ligeramente el ambiente. Era la primera vez que escuchaba aquel nombre. La doncella que apareció en el relleno de la escalera bajó la vista.El lacayo que transportaba los baúles redujo el paso.Y por primera vez desde su llegada, Eleanor tuvo la impresión de que habían pronunciado un nombre que no debían.
—¿Se encuentra aquí?– quiso saber, y de ser así se preguntaba porque no habría salido a recibirla.
—Sí, milady.
—Entonces imagino que lo conoceré durante la cena, ya que no tuvo la decencia de estar aquí a mi llegada- Aunque en realidad esperaba no hacerlo.Si el señor Whitmore era tan desagradable como sugería la expresión del mayordomo, la cena prometía ser larga.
—Quizá– fue lo único que obtuvo como respuesta.
La respuesta volvió a parecerle extraña, pero no podía identificar porque.
Antes de que pudiera insistir, algo llamó su atención.
Al final de uno de los corredores laterales había una puerta oscura. Nada extraordinario, excepto por la pesada cadena de hierro que cruzaba el centro.
—Las habitaciones de la familia han sido preparadas– la voz del mayordomo la desvió de sus pensamientos.
Eleanor volvió la vista al frente. Decidió no preguntar por la puerta. Todavía.
Pero subiendo las escaleras empezó a hacer una lista mental de todo lo que deseaba saber con respecto a esa casa, su historia, sus habitantes, y sobre ese administrador que tan desagradable parecía ser pero que no podía evitar que sin conocerlo la pusiera nerviosa. Al final solo era una joven dama sin compañía masculina ni nadie que velase por ella.
En el rellano superior los esperaba la joven criada que debía atenderla.
—Esta es Mary, milady. Se ocupará de sus aposentos.
La muchacha hizo una reverencia.
—Si me acompaña– dijo Mary, parecía muy amable.
Mientras avanzaban por los pasillos, Eleanor observó el estado de la casa.Necesitaba reparaciones. Muchas reparación. Tejados, ventanas, tapices. Quizá incluso algunas alas completas.
Pensó en las cifras que había visto en Londres. Cualquier persona sensata habría vendido el castillo. Ella también lo habría pensado… de no ser por la carta. La última carta de su padre.La que había encontrado entre sus documentos personales dos días después del funeral.
No contenía explicaciones.Solo unas pocas líneas.
“Si alguna vez deseas comprender quién fuí realmente, ve a Blackthorne.Y no permitas que nadie te convenza de venderlo.”
Junto a la carta había otro descubrimiento. Documentos de inversión. Acciones ferroviarias adquiridas años atrás. Una fortuna discreta. Suficiente para mantener la propiedad durante algunos años. Suficiente para luchar. Pero no suficiente para cometer errores.
No sabía como su padre había logrado dejarle esa pequeña fortuna a su disposición siendo una mujer sin esposo.
Mary abrió finalmente una puerta.
—Sus aposentos, milady– dijo retirándose a un lado y dejándola pasar.
La señora Vale pasó detrás de ella.
La habitación ocupaba una esquina de la torre oriental y era más grande que el salón principal de muchas casas respetables de Londres.
Un enorme ventanal arqueado dominaba la pared opuesta, permitiendo que la luz gris de la tarde se derramara sobre el suelo de madera oscura. Más allá del cristal se extendían los páramos interminables, cubiertos por una niebla que parecía no abandonar jamás aquellas tierras.
Las paredes estaban revestidas con paneles de roble envejecido. El tiempo había oscurecido la madera hasta darle un tono casi negro en algunos lugares. Entre los paneles colgaban delicados tapices descoloridos que representaban escenas de caza y bosques antiguos.
Una cama con dosel ocupaba el centro de la estancia. Las cortinas de terciopelo color vino habían perdido parte de su brillo, pero conservaban una elegancia indiscutible.
Junto a la chimenea de mármol blanco se encontraban dos sillones tapizados en verde oscuro. El fuego crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre el techo abovedado.
Un tocador de nogal con espejo ovalado descansaba cerca de la ventana. Sobre él había una caja de plata ligeramente empañada, un jarrón vacío y un cepillo de mango de marfil que parecía pertenecer a otra época.
El aire olía a leña, cera de abeja y al leve aroma de lavanda que alguien había colocado discretamente.
Por primera vez desde Londres, Eleanor sintió algo parecido al alivio.
Hasta que se acercó a la ventana. Desde allí podía ver gran parte de la propiedad. Los establos, los jardines abandonados y una figura.
Un hombre caminaba cerca de los límites del bosque. Demasiado lejos para distinguir su rostro. Parecía revisar algo junto al antiguo muro de piedra. Permaneció allí apenas unos segundos. Luego desapareció entre la niebla.
—¿Quién es? —preguntó Eleanor.
Mary siguió la dirección de su mirada.
La joven palideció.
—No lo sé, milady–pero mintió tan mal que Eleanor supo inmediatamente que acababa de encontrar un misterio.








