VIVOS Y MUERTOS
La luna se presenta
y en el silencio de la noche
me abrazan unas alas blancas,
blancas como algodón,
suaves como terciopelo.
En los charcos del suelo
iluminados por hilos de estrellas
se refeja un rostro jóven,
el de un ángel
que acaba de caer
Me pregunto qué hace aquí,
pequeño e indefenso.
¡Corre, vuela alto!
antes de que el cazador
dispare su última bala
y el cielo pierda un ángel
Posado en mi cabeza
me susurra
que no quiere volver al cielo,
que no quiere volar más,
que no quiere esconderse
entre espíritus olvidados
Pero los vivos también se olvidan,
como un mensaje sin respuesta,
como el café que nunca llegó,
como el sofá del salón de la abuela
que espera que alguien
vuelva a sentarse a merendar








