Chapter 1
La tarde estaba nublada.
El viento movía lentamente las ramas de los árboles mientras un pequeño niño de cinco años descansaba recargado sobre un árbol viejo cerca del campo. Sus tenis estaban llenos de tierra y tenía pequeñas raspaduras en las rodillas por haber jugado solo durante horas.
A veces le gustaba estar ahí porque podía pensar tranquilo, todos le decían “Burrigan”.
Nunca entendió por qué tenía ese apodo, pero estaba acostumbrado a escucharlo todos los días.
Aquella tarde parecía normal… hasta que alguien apareció.
Un muchacho caminaba lentamente por el sendero de tierra. Tendría unos diecinueve años. Llevaba una sudadera oscura algo mojada y sus pasos eran pesados, como si estuviera demasiado cansado.
El niño lo observó curioso, había algo extraño en él.
Algo demasiado familiar.
El joven llegó hasta el árbol y se dejó caer cerca, soltando un suspiro largo. Durante unos segundos ninguno habló. Solo se escuchaba el viento rozando las hojas.
Entonces el muchacho habló:
Desconocido — Hola… sé que te preguntarás quién soy.
El niño frunció el ceño, la voz le parecía conocida.
Desconocido — Pero solo escucha un rato, ¿sí… Burrigan?
El pequeño levantó la cabeza rápidamente, sintió un pequeño escalofrío recorrerle el cuerpo.
Burrigan — ¿Cómo me dijiste?
Desconocido — Burrigan.
El niño se quedó mirándolo fijamente.
Burrigan — ¿Cómo sabes ese apodo?
El muchacho bajó la mirada un momento, como si hubiera esperado esa pregunta.
El niño dio un paso hacia atrás, ahora podía verlo mejor.
Se parecía demasiado a él:
Los mismos ojos oscuros.
La misma nariz.
Incluso la forma de mover las manos era igual.
Solo había una diferencia.
Ese muchacho parecía apagado, como si algo dentro de él se hubiera roto hace mucho tiempo.
Burrigan — ¿Quién eres? —preguntó el niño más serio—. Porque a mí me dicen Burrigan… así que dime cómo sabes eso.
El joven apoyó los brazos sobre las rodillas.
Desconocido — Digamos que sé muchas cosas sobre ti.
Burrigan — No, quiero tu nombre de verdad.
Por un instante, el muchacho pareció quedarse sin palabras.
El viento volvió a soplar entre las ramas.
Desconocido — Los nombres a veces no cambian nada —murmuró.
Burrigan — Sí cambian.
El pequeño no apartaba la mirada.
El joven levantó apenas los ojos hacia él, había tristeza ahí… una tristeza difícil de explicar.
Desconocido — Solo vine porque necesitaba descansar un momento.
El niño siguió observándolo en silencio, notaba detalles extraños.
Las ojeras.
La manera en que evitaba mirarlo directamente.
La forma en que hablaba, como si estuviera recordando cosas que dolían demasiado.
Burrigan — ¿Te pasó algo malo? —preguntó finalmente.
El muchacho soltó una pequeña risa sin alegría.
Desconocido — Muchas cosas.
Otra vez el silencio, a lo lejos se escuchaban perros ladrando y el ruido del viento golpeando una lámina.
El joven recargó la espalda en el árbol y cerró los ojos unos segundos.
Desconocido — ¿Sabes algo, Burrigan? A veces uno se cansa aunque no haya corrido.
El niño inclinó un poco la cabeza, confundido, no entendía del todo lo que decía, pero sentía algo raro en el pecho al escucharlo.
Como si esa tristeza también le perteneciera un poco.
Burrigan — ¿Por qué me llamaste así? —insistió.
El muchacho abrió lentamente los ojos.
Desconocido — Porque ese también fue mi apodo.
El pequeño abrió mucho los ojos.
Burrigan — Eso no puede ser.
Desconocido — Lo sé.
Burrigan — Entonces dime quién eres.
El joven lo observó fijamente.
Y por primera vez el niño sintió miedo.
No porque el muchacho pareciera peligroso…
Sino porque era como mirarse a sí mismo muchos años después.
Más alto.
Más cansado.
Más solo.
Burrigan — Dime tu nombre —repitió el niño en voz baja.
El muchacho tragó saliva.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla, pero ni siquiera intentó limpiarla.
Después soltó una sonrisa triste.
Desconocido — Porque yo ya viví lo que tú apenas vas a empezar.
El viento sopló con fuerza.
Y el niño sintió que, por primera vez, quería levantarse y correr… aunque no sabía exactamente de qué.








