La huésped
¿Crees en los vampiros? ¿De verdad existen?
Sí.
Siempre supe que existían. De alguna manera, siempre han estado presentes en mi vida. Creo firmemente en una fuerza sobrenatural... en algo que me observa en la penumbra y me inquieta, poniendo mis nervios al límite. No dudo de su existencia; sé que puedo atraerlos de una u otra manera con mi propia energía, aunque su chakra se siente tan absurdamente pesado.
Aún así, siempre pensé que todo esto no era más que una simple ilusión, una idea fantástica en mi cabeza... hasta que lo descubrí con mis propios ojos.
Eran casi las cinco de la tarde. El clima estaba lluvioso y el frío calaba hasta los huesos, algo completamente normal en Londres. Me llamo Evangelin Spencer, tengo dieciocho años y apenas estoy cursando mi primer semestre de Medicina. Me mudé a la capital para estudiar en la University College London tras un incendio repentino en las residencias universitarias donde me hospedaba, lo que me obligó a evacuar la zona a toda prisa.
Nací y me crié en Rye, un pueblo bastante retirado del bullicio urbano. No me quejo, la verdad; siempre fue un lugar muy tranquilo y acogedor. Sin embargo, por recomendaciones de unos conocidos de la iglesia, terminé aceptando mudarme a una supuesta residencia estudiantil aquí en Londres... sin imaginarme jamás que no se trataría de un simple edificio para jóvenes, sino de una enorme y sombría mansión.
—Ya llegamos, señorita —anunció el taxista, echando un vistazo preocupado a través del retrovisor—. Creo que esta «residencia» queda algo retirada del centro de la ciudad, ¿no le parece?
—Pues sí, pero no pasa nada, se ve bastante tranquilo —respondí mientras abría la puerta y me disponía a bajar mis maletas.
—Cuídese mucho, señorita —insistió el hombre antes de arrancar.
—Muchas gracias, igualmente.
Me quedé sola frente a la entrada. Al alzar la vista para observar la propiedad, me di cuenta de que se trataba de una imponente estructura de arquitectura victoriana y aspecto lúgubre.
«Esto definitivamente no es una residencia... parece la casa de un millonario con un gusto gótico bastante marcado», pensé para mis adentros.
Aun así, intenté no darle demasiada importancia y caminé a través del patio hasta la entrada principal. De pronto, me percaté de la presencia de alguien parado junto a las puertas de madera: un hombre de baja estatura, algo encorvado y vestido con un impecable traje de mayordomo. Al notar mi llegada, me dirigió una mirada fija y se acercó a paso lento.
—Un placer. Henry... ¿Evangelin, cierto? —se presentó con una inclinación educada.
—Ehh... sí. ¿Cómo sabe mi nombre? —pregunté con cierta timidez mientras le estrechaba la mano.
—Supe que vendría una linda jovencita, aunque no sé si mis señores estén al tanto.
—¿Sus señores...? —repetí, confundida.
—Je, je... Pase, jovencita —dijo tomando mis maletas con agilidad—. Su habitación está arriba, es la última puerta a la izquierda.
—Muchas gracias, Henry.
—No hay de qué. Voy a subir su equipaje; si gusta, puede quedarse aquí un momento para observar la mansión.
—Sí, claro... Por cierto, ¿y los demás estudiantes?
—¿Estudiantes? ¿Qué? —Henry soltó una risa baja y misteriosa.
—Ehh... sí, se supone que aquí viven más estudiantes... —insistí.
Pero Henry no respondió. En un abrir y cerrar de ojos, ya se había encaminado hacia las escaleras con mis maletas, dejándome sola en el gran vestíbulo.
—Ok... esto es muy raro —murmuré inquieta en voz alta.
Empecé a observar el interior con detenimiento: los techos altos, la madera oscura y los candelabros. En una de las mesas de centro, me llamó la atención una copa de cristal con un líquido espeso de color carmesí que parecía ser vino.
—Ya están sus maletas en la habitación, jovencita —resonó la voz de Henry justo detrás de mí.
—¡Oh! ¡Me asustaste! —exclamé dando un pequeño salto, llevándome la mano al pecho.
—Disculpeme, no era mi intención asustarla. Me retiro, que le vaya bien.
—G-gracias... Henry.
Me di la vuelta por un segundo para acomodarme el abrigo, pero al voltear de nuevo, Henry ya se había esfumado sin hacer el menor ruido.
—¿Ok...?
Solté un suspiro para calmar los nervios y subí por las enormes escaleras rumbo a mi nuevo cuarto. Al abrir la puerta, me encontré con un espacio bastante amplio, de techos elevados y un balcón con vista directa al jardín principal. Tenía un toque acogedor, pero conservaba esa misma vibra sombría que envolvía a toda la propiedad.
—Wow... es muy hermosa, pero me sigue dando un poco de miedo —admití para mí misma.
Comencé a desempacar mis cosas: la ropa, mis cuadernos de Medicina, algunos adornos y mis posters. En medio de la tarea, el tono de mi teléfono rompió el silencio de la habitación. Era Fátima, mi madre.
—¡Mami! Qué bueno que llamas —contesté de inmediato, esbozando una sonrisa—. Justo acabo de llegar a la residencia... Aunque debo decirte que es una mansión en toda regla. ¿Segura que no debo pagar alquiler? Porque esto parece hecho para gente millonaria.
—¿Qué? A mí no me dijeron que fuera una mansión ni nada por el estilo, hija... —respondió mi madre al otro lado de la línea, sonando igual de sorprendida que yo.
—Ok... supongo que me dieron mal las indicaciones, pero no pasa nada de todas maneras —dije mientras acomodaba un par de suéteres en los cajones del clóset.
—Tu padre aún no llega del supermercado. Te llamaremos por videollamada más tarde para darte tiempo de desempacar e instalarte bien, ¿te parece?
—Está bien, mami. Llámame en la noche.
—Sí, hija. ¡Uhibuk! —se despedió cariñosamente.
—Uhibuk, mamá —respondí en árabe antes de colgar.
Cayó la noche y la luna llena iluminó el cielo oscuro de Londres. Apenas había terminado de ordenar la habitación cuando un ruido sordo me hizo sobresaltar: el rugido de varios motores acercándose a la mansión.
Me asomé rápidamente por el balcón y observé con detalle los vehículos que aparcaban abajo. Todos eran coches de altísima gama, pero uno en particular captó toda mi atención: un auto de aspecto clásico, completamente negro y de líneas imponentes... un Ford Mustang Mach.
¡Bum! El sonido seco de la puerta del conductor al cerrarse resonó en la noche. De él bajó un chico de cabello castaño muy oscuro, extremadamente alto y de piel pálida. Llevaba los brazos cubiertos de tatuajes que alcancé a divisar a la distancia. Clavé mis ojos en él, intrigada... pero entonces, como si hubiera sentido mi mirada a metros de distancia, giró la cabeza inmediatamente hacia mi balcón, fijando sus ojos directamente en los míos.
Un escalofrío helado me recorrió la espalda. ¿Qué miedo... cómo pudo darse cuenta tan rápido?
Inmediamente me escondi en la habitacion y cerre las grandes puertas corredizas incluyendo las cortinas, me sentia algo asustada por alguna extraña razon, aun asi, decidi no darle tanta importancia...pero de repente las puertas de la mansion se abren y se empiezan a escuchar muchos pasos de mucha gente, supuse que eran los otros estudiantes riquillos...jaja..que tan equivocada estaba. He tomado la maravillosa idea de salir de mi habitacion por curiosidad y para ver a los ¨estudiantes¨ que habian llegado.
-¿Que carajos es lo que huele asi?- dice una voz masculina con un timbre de voz algo fuerte,_¿que huele de que?, me pregunte en voz alta mientras apenas iba bajando las escaleras.
-Huele tan dulce, ¿quien hizo postre y no me aviso?- vuelve a decir esa voz masculina que me exalto al principio.
Terminé de bajar el último escalón, sosteniéndome con firmeza del barandal de madera. Al levantar la mirada, mis ojos se cruzaron directamente con los del chico alto del Mustang negro. Estaba parado en el centro del vestíbulo, rodeado por los demás, pero su atención se clavó por completo en mí. No había ningún postre en la mesa. El olor del que hablaban... era yo.
El silencio en el vestíbulo se volvió denso, sofocante. Al darse cuenta de que no había ningún plato sobre la mesa y que todas esas miradas estaban fijas exclusivamente en mí, un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.
No caminaban como personas normales. Sus movimientos eran demasiado fluidos, casi desnaturales, y en un abrir y cerrar de ojos, la distancia entre ellos y la escalera simplemente desapareció.
—Vaya... pero si no es un postre —murmuró uno de ellos, apareciendo a pocos centímetros de mí con una velocidad que mi cerebro ni siquiera pudo procesar.
El aire a mi alrededor se volvió pesado. Antes de que pudiera dar un paso hacia atrás, el grupo entero se desplegó en un semicírculo perfecto alrededor del pie de la escalera. Me tenían acorralada. Pude ver la palidez casi marmórea de sus pieles, la fijeza depredadora en sus pupilas y la forma en que sus miradas descendían hacia mi cuello.
Mi mente de estudiante de ciencia intentó buscar una explicación lógica, pero el instinto fue más rápido: No son humanos. Las leyendas, las historias antiguas que siempre creí que eran puros mitos de fantasía... eran reales. Y estaban a un metro de mí.
El pánico se apoderó de mi cuerpo. Sin pensarlo dos veces, me di la vuelta violentamente, empujé el barandal y eché a correr escaleras arriba con el corazón batiéndome a mil por hora en los oídos. Escuché un par de risas bajas y murmullos resonar a mi espalda, pero no me detuve a mirar.
Irrumplí en mi habitación, cerré la puerta de golpe y le pasé el seguro con manos temblorosas. El aire me faltaba.
—No... no, esto no es posible —maldije en un susurro desesperado mientras me abalanzaba sobre mi equipaje, que apenas había terminado de desempacar.
Con la adrenalina al límite, empecé a agarrar mi ropa, mis cuadernos y mis pertenencias a manotazos, tirándolo todo dentro de la maleta sin importar el orden. Tenía que salir de esa mansión de inmediato.
—No puede ser cierto... tiene que ser una broma, los vampiros no existen, ¡no existen! —repetía en voz alta, tratando de convencerme a mí misma mientras la cremallera de la maleta se atascaba con la prisa.
Escuché pasos firmes aproximarse lentamente por el pasillo exterior. Mi respiración se cortó por completo. Estaban del otro lado de la puerta.
Estaba a punto de cerrar el último cierre de mi maleta cuando la madera de la puerta crujió suavemente. Un escalofrío me congeló la sangre. El seguro estaba puesto... estaba segura de que lo había girado.
—No sé si notaste que el seguro no funciona del todo aquí —dijo una voz grave y cavernosa desde el interior del marco.
Antes de que pudiera asimilar cómo la puerta se abría sin el menor esfuerzo, una figura gigantesca —un vampiro de cabello rubio y presencia abrumadora— llenó la entrada. Detrás de él, una chica de cabello oscuro y postura elegante me observaba con una mezcla de curiosidad y superioridad.
Retrocedí instintivamente hacia la ventana, buscando una salida, pero el aire a mi espalda cambió de repente. Un calor frío y una presencia helada se pegaron a mi piel. Una mano pesada, de dedos largos y pálidos, se posó sobre mi hombro con firmeza.
—Solo queremos saber por qué estás aquí —murmuró la voz de aquel chico pelinegro justo al lado de mi oído, tan cerca que sentí el roce de su aliento contra mi cuello.
El pánico explotó en mi pecho como una descarga eléctrica. Exaltada, solté un grito ahogado y me zafé de su agarre con un movimiento brusco, empujando a un lado la maleta y lanzándome de lleno hacia la puerta de la habitación.
Salí disparada al pasillo. Mis pulmones quemaban y mi corazón latía desbocado mientras buscaba desesperadamente la salida. Llegué a la parte superior de las enormes escaleras de la mansión. Los escalones de mármol se veían infinitos bajo la luz tenue de las lámparas, pero no lo pensé dos veces y empecé a bajarlos a una velocidad suicida.
Un paso, dos, tres...
En mi desesperación por huir, el talón de mi zapato resbaló en la orilla del mármol. El equilibrio se me fue por completo.
—¡Ah! —ahogué un grito cuando mi cuerpo se estrelló contra los escalones. Rodé un par de metros hasta que mi pierna impactó violentamente contra el suelo del descansillo.
Un dolor agudo y punzante atravesó mi pierna, sacándome las lágrimas. Por un segundo, el impacto me dejó sin aire, pero el miedo a ser alcanzada por esas criaturas pudo más que cualquier dolor físico. Tragándome el llanto y usando la fuerza de mis brazos, me pisé con rabia, me puse en pie ignorando la cojera e intenté correr con todas mis fuerzas renovadas hacia la enorme puerta principal de la mansión.
Faltaban solo unos metros. La libertad estaba del otro lado. Estiré la mano hacia la manija de bronce, convencida de que lo lograría...
Pero en una fracción de segundo, la penumbra se distorsionó. Tres sombras se cruzaron frente a mí a una velocidad inhumana, bloqueando el marco de madera como una pared infranqueable.
El gigante rubio, la chica y el pelinegro de los tatuajes estaban parados allí, cerrándome el paso por completo. El pelinegro me miraba desde arriba con los ojos fijos en mi pierna lastimada, entre la sorpresa por mi resistencia y esa fascinación peligrosa que no podía ocultar. Estaba acorralada. Otra vez.








