Capítulo 1: La casa de los secretos
El camino parecía más largo de lo que realmente era.
—Te juro que si alguien dice “¿ya llegamos?” otra vez, me bajo del coche —dijo Valeria sin apartar la vista del camino.
—¿Ya llegamos? —preguntó alguien desde atrás.
—Te odio —respondió ella, aunque se estaba riendo.
Lucía miraba por la ventana sin decir mucho.
Los árboles pasaban rápido, como si el tiempo también tuviera prisa por llegar a ese lugar.
A esa casa. Aquel sitio no era nuevo para ella. Pero tampoco se sentía igual que antes.
Habían pasado años desde la última vez que estuvo ahí. Años desde que las risas eran más ligeras, desde que los veranos parecían eternos, desde que no había cosas que no se decían.
Y, sobre todo… desde Diego.
No sabía exactamente cuándo había dejado de verlo. Solo sabía que un día dejó de aparecer. Y nunca preguntó demasiado.
—Estás rara —murmuró Valeria, mirándola de reojo.
—No estoy rara.
—Estás en modo “pensando en cosas profundas”.
Lucía suspiró.
—Solo… me acordé de muchas cosas.
Valeria sonrió un poco.
—¿Diego es una de esas cosas?
Lucía giró la cabeza rápido.
—No.
Demasiado rápido.
Valeria soltó una risa baja.
—Claro.
Cuando llegaron, la casa seguía ahí. Grande. Antigua. Como si el tiempo no la hubiera tocado.
Tenía ese aire de lugar donde siempre pasa algo, aunque nadie lo diga en voz alta.
—Sigue igual… —murmuró Lucía.
—Da miedo —dijo alguien.
—Es hermosa —corrigió Valeria.
Pero Lucía no estaba escuchando del todo. Su mirada se quedó fija en la entrada. En la puerta.
En la sensación extraña de estar regresando a un capítulo que no había terminado.
Dentro, todo era movimiento. Maletas. Risas. Gente reclamando habitaciones.
—Yo quiero la de arriba —dijo Sofía inmediatamente.
Lucía la observó sin decir nada.
No la conocía mucho. Pero había algo en ella que le parecía… intenso. Como si siempre estuviera midiendo algo que no se ve.
—Yo me quedo con esta —dijo Lucía al final.
La habitación era simple. Perfecta.
Con una ventana grande hacia el jardín.
Y un pequeño armario antiguo que parecía más decorativo que útil.
Todo parecía normal. Hasta que lo dejó de ser.
El teléfono de Valeria vibró. Lo miró y frunció el ceño.
—Oye…
—¿Qué? —preguntó Lucía.
Valeria levantó la vista.
—Hay alguien preguntando por ti.
Lucía parpadeó.
—¿Por mí?
—Dice que lleva años queriendo conocerte.
Sofía, que estaba cerca, volteó rápido.
—¿Quién?
Valeria sonrió de lado.
—Se llama Mateo.
Lucía no sabía ese nombre.
Pero algo en el ambiente cambió apenas lo escuchó. Como si la casa misma hubiera reaccionado.
Más tarde, cuando todos bajaron a la cocina, él ya estaba ahí.
Mateo.
Sonrisa tranquila.
Mirada curiosa.
—Así que tú eres Lucía —dijo sin rodeos.
—Depende de quién pregunte —respondió ella.
Él soltó una risa.
—Me caes bien.
—Ni siquiera me conoces.
—Diego no deja de hablar de ti desde hace años. Siento que sí te conozco.
Lucía parpadeó.
—¿Diego?
El aire cambió otra vez. Como si ese nombre hubiera abierto algo invisible. Sofía apretó los labios. Demasiado rápido. Demasiado obvio.
Lucía giró un poco la cabeza, buscando sin querer. Y entonces lo vio.
Diego.
Apoyado cerca de la barra de la cocina. Más alto. Más serio. Distinto. Pero era él.
El mismo que alguna vez conoció sin darse cuenta de que lo estaba guardando en algún lugar de su memoria.
Sus miradas se cruzaron. Y por un segundo, el ruido desapareció. Como si toda la casa se hubiera quedado en silencio solo para ellos.
—Hola —dijo él al fin.
Lucía tragó saliva.
—Hola.
Y nada más.
Pero fue suficiente para que algo, muy adentro, se moviera otra vez.
Sofía lo notó. Siempre lo notaba todo. Y esa noche, cuando todos subían a sus habitaciones, decidió algo.
Algo que todavía no entendía del todo. Pero que ya estaba empezando a doler.
Lucía no supo en qué momento ocurrió. Solo sintió que su puerta se cerraba. El clic. El seguro.
Y luego la voz de Sofía del otro lado.
—Es por tu bien.
—¿Qué?
—Si Diego te ve… todo va a cambiar.
Lucía se acercó a la puerta.
—¿De qué estás hablando?
Sofía respiró hondo.
—Si él te ve a ti… no va a mirarme a mí.
Silencio.
Lucía parpadeó.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que sí.
—No funciona así.
—Sí funciona —dijo Sofía, más bajo—. Solo… no puedes estar aquí.
Lucía soltó una risa incrédula.
—¿Me estás encerrando?
—Solo por un rato.
—Sofía, esto es absurdo.
Pero no hubo respuesta. Solo pasos alejándose.
Y el silencio.
El teléfono vibró.
Un mensaje de Valeria.
Valeria 💕Lu,, ¿dónde estás?
Lucía suspiró.
Tecleó rápido.
Lucía: Encerrada en mi cuarto.
Segundos después.
Valeria 💕¿QUÉ?
Diego te está buscando.
Lucía levantó la mirada hacia la puerta.
Y por primera vez en mucho tiempo…
sonrió.