CAPÍTULO 1 — Raven Black

—¡Black Halo, Black Halo!
El público coreaba nuestro nombre; un frenesí de gritos, aplausos y emoción desbordaba el estadio. El humo y las luces a ratos nos cegaban durante el show, el sudor pegaba el cuero de mi ropa a la piel, pero la adrenalina mantenía lejos el fastidio y el agotamiento.
Habíamos esperado ese momento durante siete años, desde que Logan y yo fundamos Black Halo. Él como guitarra principal y yo rompiendo la escena con mi voz.
Volteé hacia un lado cuando su solo inició.
Cada cuerda de la guitarra contaba una historia con voz propia y la euforia del público estallaba. Logan dominaba el centro del escenario con su melena castaña cayéndole sobre los ojos y esa sonrisa descarada que siempre aparecía cuando empezaba a destrozar la guitarra. Bajo el reflector principal parecía nacido para eso.
Verlo allí me recordó cuando tocábamos en las calles, movidos por un sueño que empezó a tomar forma cuando nos presentamos a las audiciones de Eclipse. Jamás imaginamos que una banda improvisada como la nuestra captaría la atención de alguien importante, pero pasó.
Ethan Becker, una de las estrellas más grandes del rock, nos escuchó y decidió ser nuestro mentor durante el programa. Nos llevó hasta la final y a la victoria.
En el proceso se ganó mi confianza y algo mucho peor.
Allí estaba él junto al escenario, en el backstage, con su apariencia impecable, moviendo la cabeza como otro miembro de la banda más. Solía llevar su larga cabellera dorada atada en una coleta, aunque en nuestros ensayos la soltaba para que ondeara libre mientras sonreía con esa satisfacción impresionante.
Cuando iniciaron los últimos acordes del solo de Logan, era mi turno de unirme con la guitarra rítmica. Levanté a mi fiel Nightwing, la Gibson Les Paul que yo mismo modifiqué a lo largo de los años hasta hacerla una extensión de mí.
Una gigantesca ovación se extendió.
Los fans solían decir que cuando levantaba a Nightwing en escena, el cuervo de mi pecho desplegaba sus alas. Yo mismo me sentía volando libre.
Era mi lugar. El sitio para el que había nacido.
—¡Gracias a todos por venir, cabrones!
Mi corazón bombeaba a un ritmo errático. Era como un orgasmo épico, solo que frente a miles de espectadores. Logan rio, Seth y Rex también.
—Estamos a dos días del concierto, Raven —añadió Rex, dejando atrás su batería para acercarse con la sonrisa burlona de un niño que planea una travesura—. No querrás desaparecer en un mundo de fantasías antes.
—Claro que no —respondí, todavía emocionado. Luego me crucé de brazos para mirarlo con una ceja alzada—. Pero para el concierto te prohíbo usar camisetas de monos chinos.
Los chicos se soltaron a reír. Rex sacó su celular para grabarnos en modo selfie.
—Black Halo terminando de ensayar —soltó entusiasmado—. Esto será épico, muchachos. ¡Hagan bulla, que estamos en vivo!
Logan y yo hicimos muecas tontas mientras gritábamos:
—¡Solo dos días!
Seth se quitó el bajo y lo dejó recostado al bombo. Tomó las toallas que traía una asistente y nos dio una a cada uno. Las luces del escenario podían convertirlo todo en un verdadero infierno; por eso sudábamos como puercos, incluso Rex y eso que era el único de los cuatro que usaba el cabello corto. Sin embargo, la adrenalina nos impedía sentir el cansancio durante esa transmisión improvisada.
Seth se atravesó con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia, su enorme anatomía y larga melena rubia revuelta ocupaban casi todo el espacio en cámara.
—¡Oye, no nos vemos, cabrón! —lo regañó Logan, pero le importó un demonio.
—Parece que lo hicimos tan bien que nuestro líder se fue de viaje por Narnia durante el ensayo —soltó Seth mientras se pasaba su toalla desde la frente hasta su larga barba trenzada.
—¿Qué dices? —repliqué y le di un empujón—. Si hasta noté que estuviste fuera de tiempo tres veces. Tienes que arreglar eso.
Seth me miró con cara de ofendido.
Los otros dos se echaron a reír.
Las bromas y comentarios se extendieron un rato hasta que Rex despidió el live y todos gritamos: “¡Nos vemos en dos días, cabrones!”.
Reímos como idiotas. Sin embargo, pronto noté la ausencia de mi novio, Ethan. Durante los ensayos y presentaciones él solía acompañarnos, incluso se acercaba a darnos su opinión o instrucciones.
—Oigan, ¿han visto a Ethan? —pregunté de repente.
Los tres negaron, pero enseguida Rex comenzó a abrazar a Logan por la espalda, emulando una escena de Titanic.
—No me sueltes, Jack —decía el idiota de Logan.
—No lo haré, aquí estoy —respondió Rex—. Pero soy Ethan, mi endemoniado cuervito.
Seth casi se ahoga de la risa. También algunos utileros que seguían trabajando cerca.
—¡Pendejos!
Dejé el escenario rumbo al backstage mientras esos idiotas seguían con sus parodias.
—Ni que Ethan y yo fuéramos melosos —murmuré, pasando la toalla por mi frente.
La asistente de mi novio, Yeri, pareció escucharme porque noté cómo intentaba disimular una pequeña risa.
—¿Y tú qué?
—Disculpa, Raven.
—Yeri, ¿Ethan está aquí?
—No, me temo que no pudo llegar.
—¿En serio? El ensayo se alargó más de lo esperado, ¿cómo es que no pudo?
—Ha estado ocupado entre reuniones con nuevos talentos del sello, pero juró que pasará por ti para cenar.
—Bien, gracias.
Sonreí. Habría querido su presencia en el ensayo general, pero entendía la importancia de su trabajo y sus múltiples ocupaciones.
Me fui al camerino a refrescarme.
Mientras el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo, mi mente volvió a perderse un instante en esa fantasía: el concierto, el público y la adrenalina.
El vapor me siguió de regreso al camerino y aunque la euforia me mantenía en las nubes, el ruido en mi cabeza empezaba a crecer otra vez. Abrí mi mochila, tomé el estuche negro del fondo, como si se tratara de mi celular, y lo abrí.
La jeringa ya estaba lista.
Subí la pierna y me pinché el muslo. El líquido viscoso entró despacio, con ese ardor leve que ya conocía de memoria.
Exhalé.
Mi mente se calmó lo suficiente para volver a pensar y sentirme seguro.
Guardé todo otra vez, como si nada.
Me vestí con mis jeans oscuros, una camiseta negra ancha y mis botas tipo militar. Me apliqué el delineador de siempre.
—Ya casi —susurré sonriente a mi reflejo.
Si íbamos a cenar juntos, podía esperarlo en su depa. Incluso podría sorprenderlo con algunas cositas.
Me despedí de los chicos. Ellos volvieron a burlarse de mi relación con Ethan.
—¡Jódanse, cabrones! —les grité mientras subía a uno de los autos de Ethan con Yeri como chofer—. Supongo que mi novio no estará en el nido aún, ¿cierto?
—No, Raven, habría venido él mismo hasta aquí a verte como siempre.
Sonreí.
—Bien. Hagamos unas compras primero y luego me llevas a su departamento.
Ella sonrió con complicidad. Me conocía desde hacía años, lo suficiente para entender qué tipo de celebración planeaba.
Pasamos por una tienda discreta donde compré algunos juguetitos y accesorios para sorprenderlo esa noche. Después elegimos una botella de vino especial que llevaba semanas queriendo probar para celebrar el concierto.
Yeri me dejó en el edificio de Ethan y se marchó.
Un par de chicas que salían del lugar me pidieron autógrafos y fotos. Ni cómo negarme. Black Halo ganaba cada vez más popularidad y yo me sentía flotar en las nubes.
Subí al departamento sonriente, anhelaba contarle a Ethan cada detalle del ensayo. Estaba tan feliz y orgulloso por todo lo que ocurría en mi vida que ni siquiera noté los gemidos detrás de la puerta.
Entonces entré y los vi.
Ethan, mi novio, el productor que me juró el cielo, la luna y las estrellas, retozaba en el sofá con una chica.
Y no cualquiera.
Nessa.
La maldita vocalista de Moonhaul. Nuestros rivales desde Eclipse.
La hija de puta cabalgaba sobre él; ambos resoplaban y gruñían, ajenos a todo.
Por un segundo mi cuerpo no reaccionó. Solo los observé como si no fuera yo.
Como si todo eso estuviera pasando en otra vida y yo fuera demasiado cobarde para cerrar los ojos.
«Mátalos».
La voz volvió. Esa de siempre.
Intenté ignorarlos, respirar, contar hasta diez como me dijeron en la terapia inútil que me obligaron a tomar meses atrás. Todo falló. Quise dar la vuelta y largarme… pero no pude.
Algo dentro de mí estalló.
—Sí, toda una reunión con nuevos talentos.
Mi voz salió seca, rozó la ironía.
—Raven… —balbuceó Ethan mientras intentaba cubrirse torpemente—. Puedo explicarte.
—No digas ni una mierda —le advertí.
La sonrisa de satisfacción en Nessa no pasó desapercibida. Quise agarrarla de esos pelos platinados y arrastrarla por el pasillo, pero me contuve.
Giré sobre mí mismo.
—Mi endemoniado cuervo, aguarda…
Eso me rompió, incluso más que verlo con ella.
Escucharlo llamarme así, como si no hubiera visto lo que hacía… Como si hubiera sido… nada.
Tuvo la osadía de apretarme el brazo y fue entonces cuando reaccioné.
Le metí el primer puñetazo con tal fuerza que su nariz crujió.
El segundo lo mandó al suelo.
Y sobre él seguí.
El demonio tomó el control conforme su sangre me salpicaba.
—¡Ethan! —gritó Nessa al fondo—. ¿Qué te pasa, loco de mierda? ¡Lo vas a matar!
No entendí lo que hacía hasta que fue demasiado tarde.
Nessa volvió a gritar y luego dejé de escuchar. Tal vez huyó del departamento y llamó a emergencias.
Yo respiraba, jadeante.
La voz se apagó.
Y me quedé solo con lo que había hecho. Noté el rostro del hombre que yacía inerte debajo de mí. Aquello no parecía Ethan o siquiera humano, era un pedazo de carne tan empapado de sangre como mis puños.
—Mierda... Ethan —balbuceé temblando—. No te mueras...
La imagen me impactó tanto que ni siquiera fui consciente del momento en que la policía apareció en el departamento y me esposó. Todo era una mezcla de miedo y confusión. Los flashes me cegaron, el revoltijo de voces me confundía y solo retorné a la realidad cuando los oficiales me subieron esposado a una patrulla, donde las luces bicolores parecían burlarse.
«Mierda, qué hice».
Desconocía el estado real de Ethan. Esperaba que no se muriera. Sin embargo, mi suerte estaba echada, faltaban solo dos días para el gran concierto y posiblemente, yo seguiría encerrado.
Arruiné mi carrera con mis propias manos.








