El eco del pasado
Habían pasado dos años desde que Daniel destruyó el Sistema de las Mentiras.
La vida en 1964 era tranquila.
Ya no existían las dos lunas.
Ya no había pantallas azules flotando frente a sus ojos.
Ya no podía alterar la realidad con simples palabras.
Y, aunque había perdido todos aquellos poderes, nunca se había sentido tan libre.
Trabajaba cada mañana en el taller mecánico del pueblo.
Sus manos estaban llenas de grasa y pequeñas heridas causadas por el trabajo diario.
Era una vida sencilla.
Una vida normal.
Una vida real.
Y eso le gustaba.
Elena seguía formando parte de sus días.
A veces caminaban juntos por las calles del pueblo.
Otras veces pasaban horas en la biblioteca hablando de libros y de sueños para el futuro.
Por primera vez, Daniel estaba construyendo algo que no provenía de una mentira.
Sin embargo, la tranquilidad no duró para siempre.
Todo comenzó con los sueños.
Al principio aparecían una vez por semana.
Luego cada noche.
Y después cada vez que cerraba los ojos.
Siempre eran iguales.
Oscuridad.
Silencio.
Y una pantalla azul rota flotando en medio de la nada.
Fragmentos de código caían como lluvia.
Las palabras aparecían y desaparecían constantemente.
Y entonces una voz susurraba:
“El sistema nunca desaparece...”
La pantalla se agrietaba aún más.
“...solo cambia de dueño.”
Entonces Daniel despertaba.
Empapado en sudor.
Con el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho.
—Otra vez... —murmuró una madrugada.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
La luna brillaba sobre el pueblo.
Una sola luna.
La verdadera.
Aun así, no podía deshacerse de aquella sensación.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Durante semanas intentó ignorarlo.
Se convenció de que eran simples pesadillas.
Consecuencias de todo lo que había vivido.
Pero los extraños sucesos comenzaron poco después.
Una mañana llegó al taller y encontró una llave inglesa flotando durante un segundo.
Solo un segundo.
Luego cayó al suelo.
—Debo estar cansado.
Se repitió lo mismo cuando vio una fotografía cambiar por un instante.
O cuando escuchó una radio transmitir una canción que aún no había sido compuesta.
Pequeños errores.
Pequeñas grietas.
Como si la realidad estuviera fallando.
Como si algo intentara abrirse paso desde el otro lado.
Entonces ocurrió algo imposible.
Una tarde Elena llegó corriendo a la biblioteca.
Su rostro estaba pálido.
—Daniel.
—¿Qué sucede?
Ella dejó un libro antiguo sobre la mesa.
—Encontré esto.
Daniel observó la portada.
Parecía extremadamente vieja.
Mucho más antigua que cualquier libro de la biblioteca.
El título estaba escrito con letras desgastadas.
“Crónicas de los Portadores.”
Daniel sintió un escalofrío.
Abrió el libro.
Las primeras páginas estaban llenas de nombres.
Cientos de nombres.
Algunos pertenecían a siglos pasados.
Otros parecían aún más antiguos.
Y junto a cada uno aparecía la misma frase.
“Consumido por el sistema.”
Daniel pasó las páginas rápidamente.
Su respiración se aceleró.
Había demasiados.
Demasiados para ser una coincidencia.
Demasiados para ser una leyenda.
Entonces encontró una ilustración.
Un hombre vestido de negro.
Con un sombrero antiguo.
El mismo anciano que había conocido.
—No puede ser...
Elena lo observó confundida.
—¿Lo conoces?
Daniel no respondió.
Porque debajo de la imagen había una nota escrita a mano.
Una nota que parecía haber sido añadida recientemente.
No décadas atrás.
No siglos atrás.
Recientemente.
Y solo tenía una línea.
“Si estás leyendo esto, significa que el nuevo portador ya ha despertado.”
El corazón de Daniel se detuvo.
La tinta de la página comenzó a moverse.
Como si estuviera viva.
Lentamente aparecieron nuevas palabras.
Palabras que nadie había escrito.
Palabras dirigidas exclusivamente a él.
“Encuéntrame antes de que sea demasiado tarde.”
Y debajo apareció una dirección.
Un lugar que no figuraba en ningún mapa del pueblo.
Un lugar abandonado desde hacía décadas.
Un viejo observatorio en las montañas.
Daniel sintió el mismo miedo que había sentido la primera vez que vio la pantalla azul.
Porque en el fondo ya conocía la respuesta.
El Sistema de las Mentiras no había muerto.
Solo estaba esperando.
Y alguien más acababa de encontrarlo








