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El chico roto del callejón [vmin]

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Summary

Chimmy amó tanto a Tata que prefirió romperle el corazón antes de convertirse en una carga. Tata no olvidó a Chimmy. No olvidó el viejo departamento, las noches difíciles ni al chico que lo amó con todo lo que tenía, aunque nunca creyó merecer nada bueno. Ahora Tata regresa a México convertido en veterinario, con un futuro estable y el mismo amor atorado en el pecho. Pero Chimmy ya no es el chico que dejó atrás. Está perdido, hundido y convencido de que alguien como Tata no debería volver a ensuciarse las manos por él. Porque Tata volvió por su primer amor,pero Chimmy ya no sabe cómo ser amado. Segunda parte de "El chico lindo del OXXO". Lenguaje Mexicano. No todo es humor.

Genre
Drama
Author
yoon-gichi
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Reencuentro

Muchas veces, cuando terminas una relación con alguien que no solo fue tu pareja, sino, tu mejor amigo y única compañía por años, es difícil mantener la compostura. Específicamente, si lo tienes frente a ti después de meses sin saber absolutamente nada de él.

Tata está mucho más alto. El traje negro se ajusta a la nueva figura que desarrolló; hombros anchos, espalda firme, brazos musculosos y piernas trabajadas. Sus ojos rasgados lo miran con intensidad, la mandíbula está marcada por completo y los labios siguen siendo lo más hermoso de su cara.

En el pasado, habría dado un paso al frente sin dudar. Habría acariciado su mejilla, sonriendo al verlo acurrucarse contra su tacto; despeinado los hermosos rizos que cubrían sus ojos y enredado los brazos en su cuello para besarlo en un piquito, sintiendo que tocaba el cielo en el momento que era abrazado por la cintura.

Pero ahora... son solo dos extraños del pasado. Tata ahora estudia, tiene un presente digno y un futuro brillante. Si decide continuar como hasta ahora, no duda que podrá ser todo lo que soñó alguna vez de adolescente cuando su madre lo rechazó por elegir a su padrastro.

Mientras que Chimmy, sigue escondiéndose en aquel callejón donde se conocieron. Aún visita la habitación donde lo esperan sus clientes, aún compra aquella sustancia con la que puede soñar e imaginar que tiene al amor de su vida frente a él. Sigue viviendo en una vida de mierda, y no quiere lo mismo para Tata.

—¿Cuándo llegaste?

Vete a la verga Chimmy, ¿neta no se te ocurrió algo mejor?

—Hoy en la mañana—susurra, la voz aún le tiembla por el llanto—. Me gustan tus trenzas, son lindas.

—Pues ahuevo que sí, yo las hice—sus manos inevitablemente se dirigen a su cabello, jugando con él—. Quería el cabello largo.

—Lo sé.

Ah, mierda. Tata sabe tantas cosas de él que está seguro puede adivinar incluso lo que piensa en ese momento.

—¿Qué tal la fiesta? —nota como avanza lentamente hacia él—. Desde una cuadra atrás se escucha a Nelzon Kanzela.

—Yoongi intentó la quebradita con Jungkook y lo tiró—la risa que suelta Tata le aprieta en el pecho—. Está a toda madre, pero ya me iba.

—Es muy temprano—murmura, mirando la hora en su reloj—. ¿Sigues viviendo donde siempre?

—Pues... si, wey. No tengo varo para mudarme, aunque quiera—bien, va a hablar—. Vivir en ese departamento es un infierno, ¿sabes lo jodido que es irte a dormir a una cama donde muchos años alguien se acostó a tu lado? —inevitablemente, golpea su pecho—. ¿Tienes idea de lo culero que es no tener a quién darle los buenos días?

—Tú me terminaste—ataca Tata, claramente afectado—. Decidiste por mí que lo mejor era tomar la pinche beca y largarme a la chingada con la estúpida excusa de que era lo mejor para mí—lo toma con fuerza del cuello de la camisa del traje para jalarlo hacia él—. Ahora yo te pregunto, ¿sabes lo ojete que se siente subirse a un puto avión sin nadie que te lleve al aeropuerto? ¿No tener a quién llamar para contarle lo que estoy aprendiendo? ¡Claro que no! —lo suelta cuando las manos le tiemblan—. ¡Preferiste ser un cobarde de nuevo!

—¡No quería arrastrarte a mi mierda!

—Yo elegí estar en tu jodida vida. Yo acepté estar con alguien que tenía un pasado oscuro, porque te amaba—las lágrimas vuelven a brotar—. ¿Tú me amaste, Chimmy?

Las palabras mueren en su garganta cuando siente los labios de su ex pareja sobre los suyos, reclamándolos sin un toque de suavidad o delicadeza.

Muchas veces en el pasado, cuando tenían una pelea o discusión, Chimmy prefería callarlo con un beso. Decía que, era mejor demostrarle el amor que le tenía antes de que el enojo le nublara la poca capacidad mental que tenía y terminara arruinando todo o diciendo tonterías.

Solo que, este beso es diferente. No puede identificar si hay cariño, amor o aprecio. Su cuerpo reacciona en automático ante el tacto en su pecho por encima de la camisa del traje, en cómo enreda los dedos en su cabello castaño y en la manera de roza su hombría contra él.

Tata se aferra a su esbelta cintura. Es tan delgada que teme poder romperla, porque si hace un poco más de presión, sus dedos se rozarían. Deja de pensar en el momento que un gemido sale de la boca de Chimmy, y es suficiente para mandar al carajo todas las palabras ensayadas en el vuelo.

Lo acorrala contra la pared, metiendo las manos con desesperación por debajo de la camisa para acariciar el abdomen que extrañó. Pero, de nuevo, la sensación de las costillas marcadas contra la yema de sus dedos lo hace estremecerse.

Este no es Chimmy.

Se aparta de golpe, tratando de acomodarse el traje y regularizar su respiración. Mira al hombre frente a él, que mantiene el rostro sereno, la respiración agitada y los ojos brillosos. La mirada de amor que le dedicaba meses atrás, es sustituida por una de odio y rencor puro. ¿Por qué?

—Vayamos adentro—extiende la mano en su dirección—. Nuestros amigos se están casando y no he podido siquiera felicitarlos.

—Muy tu pedo—Chimmy se acomoda el traje y saca su celular para ver la hora—. Despídeme de ellos.

Tata aprieta el puño en el aire cuando quiere detenerlo, pero él es más rápido.

Chimmy siempre ha sido rápido para irse. Rápido para cambiar el tema, para esconder una herida detrás de una grosería, para soltar una carcajada cuando estaba a nada de romperse. Rápido para besar cuando no quería hablar. Rápido para dejarlo con la mano extendida en medio de una vida que, durante años, solo tuvo sentido si él estaba dentro.

Tata observa su espalda alejarse por la banqueta, con las trenzas moviéndose sobre sus hombros y el traje azul ajustándose a un cuerpo que no debería verse tan delgado.

La música dentro del salón golpea las paredes. Las risas, los gritos, el sonido de alguien cantando mal al micrófono y la voz de Nelson Kanzela se mezclan con el frío de la noche.

Debe entrar, porque sus amigos, Yoongi y Jungkook, se están casando. Las personas que, de una forma u otra, también formaron parte de la historia que dejó tirada en México cuando se subió a ese avión con una maleta, una beca y el corazón hecho mierda.

Debe entrar, sonreír, abrazarlos, felicitarlos. Debe fingir que no le tiemblan las manos, que no acaba de ver al amor de su vida mirarlo como si lo odiara por haber sobrevivido lejos de él.

Debe hacerlo, porque eso haría el Tata de ahora. Es un hombre “civilizado” que estudia en el extranjero y ha aprendido el idioma natal del país; también, ha dejado atrás los insultos y las palabras mal dichas porque ha aprendido a comportarse como es debido.

Pero entonces Chimmy baja de la banqueta, cruza la calle sin mirar y Tata siente que el pecho se le parte con una violencia conocida.

No podía verlo irse de nuevo. No después de meses repitiéndose en otro país que, tal vez, si hacía todo bien, si terminaba la carrera, si conseguía trabajo, si regresaba siendo alguien digno, Chimmy iba a mirarlo como antes.

Como cuando vivían en el viejo departamento y se daban los buenos días, aunque no hubiera nada bueno en sus mañanas. O como la vez en la que Chimmy le preparó un café tan amargo que tuvo que tomárselo porque el brillo de ilusión en sus ojos lo estaba matando. Y qué decir de los besos que se daban en la cocina entre platos despostillados, creyendo que el mundo podía caerse afuera mientras ellos siguieran juntos.

—¡Chimmy!

El aludido no se detiene. Incluso acelera el paso, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón como si con eso pudiera desaparecer.

—¡Chimmy, espérate!

—¡No chingues, Tata! —grita sin girarse—. Métete a la fiesta.

—¡Me vale madre la fiesta!

Chimmy suelta una risa seca, sin humor. Esa risa que Tata conoce demasiado bien. La que usa cuando ya no tiene fuerzas para llorar, pero tampoco quiere darle a nadie el gusto de verlo vencido.

—Qué novedoso—la sonrisa sarcástica no puede verla, pero sabe que está ahí—. Ahora sí te vale madre.

Tata lo alcanza a media cuadra, justo donde la luz de los postes empieza a fallar. No lo toma del brazo, aunque ganas no le faltan. No porque no quiera detenerlo, sino porque conoce demasiado bien lo que Chimmy hace cuando se siente acorralado.

—No puedo entrar —confiesa, con la respiración agitada.

Chimmy por fin se gira. Tiene los ojos rojos, la mandíbula apretada y esa forma horrible de levantar la barbilla como si el orgullo fuera lo único que todavía pudiera sostenerlo de pie.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Todo. Tiene todo que ver contigo.

Tata traga saliva. Las palabras se le amontonan en la garganta, pero ninguna parece suficiente. En el avión practicó discursos completos. Imaginó que lo vería, que lo abrazaría, que le diría que nunca dejó de amarlo. Imaginó tantas versiones de este reencuentro que ahora, frente a él, todas le parecen ridículas.

Porque Chimmy no quiere discursos. Se niega a escuchar excusas, promesas sin cumplir, ilusiones que solo vivirán en un rincón de su corazón. Incluso, no quiere su amor, y está bien.

Tata lo sabe desde el momento en que lo besó afuera del salón para no responderle si todavía lo amaba. Lo besó porque era más fácil abrirle la boca que abrirle el pecho. Porque Chimmy siempre ha sabido usar el cuerpo como escudo cuando el alma le queda demasiado expuesta.

—Tiene que ver contigo porque vine por ti.

Chimmy parpadea, como si la frase le hubiera pegado directo en la cara. Pero la sonrisa burlona que aparece en su rostro lo hace temblar.

—No digas mamadas.

—Vine por ti —repite Tata, dando un paso al frente—. Vine a verlos a ellos, sí. Vine a la boda, sí. Pero también vine porque ya no podía seguir allá fingiendo que no me faltabas.

—Pues qué pena por ti.

—Chimmy...

—No, qué pena por ti —lo interrumpe, señalándolo con un dedo tembloroso—. Porque yo no soy un pinche premio que dejaste guardado en México para venir a recoger cuando ya terminaste de hacer tu vida.

Tata aprieta los labios, indignado de lo que sus oídos están escuchando. Él jamás pensó que era un premio de consolación, o algo que podía esperar. ¡Fue Chimmy quien terminó todo! ¿Por qué la culpa era suya?

—Nunca pensé eso.

—¿No? —ríe de nuevo, pero esta vez se le quiebra la voz—. ¿Entonces qué pensaste? ¿Qué ibas a llegar con tu trajecito negro, tu cuerpo de hombre hecho y derecho, tu carrera casi terminada y yo iba a correr a tus brazos como si no me hubiera podrido todos estos meses?

—Pensé que ibas a insultarme, a mandarme a la verga, a decirme que ya no me querías ver. Pensé que ibas a hacer exactamente esto —susurra Tata, mirando sus ojos brillosos—. Pero también pensé que, si existía una mínima posibilidad de verte, aunque fuera para que me rompieras la madre, tenía que tomarla.

Chimmy aparta la mirada porque aquello logra demostrar la pequeña fractura que crece dentro de él.

Tata debería aprovecharlo para hablar. Para pedirle perdón, para explicarle que también estuvo solo, que también lloró, que también hubo noches en las que tuvo que morder la almohada para no marcarle. Debería decirle que no lo buscó porque creyó estar respetando su decisión, aunque cada día se sintiera más como una condena.

—Qué bonito discurso —murmura Chimmy, retrocediendo—. Guárdalo para alguien que sí te crea.

Tata entiende entonces, con una claridad que lo asusta, que no va a obtener nada más de él.

Chimmy no va a darle su dolor, porque eso sería reconocer que todavía le importa. No va a darle su amor, porque eso sería aceptar que nunca se fue. No va a darle una oportunidad, porque está convencido de que Tata merece un mundo limpio, amplio, luminoso; uno donde él no exista ensuciándolo todo con sus heridas.

Tata se acerca, Chimmy abre la boca para insultarlo, pero no alcanza a hacerlo por el beso que recibe sin permiso. Lo besa con hambre, con rabia, con una tristeza acumulada que le quema en las manos cuando por fin se atreve a sujetarlo de la cintura.

Chimmy se queda rígido apenas un segundo. Sus dedos se aferran al cuello de la camisa de Tata, arrugando la tela con desesperación. Le responde con la misma fuerza, como si también hubiera estado esperando ese momento y lo odiara por comprobarlo.

Tata debería volver a apartarlo para mirarlo a los ojos y decirlo que siente, pero su cuerpo no puede. No después de meses tragándose su nombre. No después de imaginarlo en cada calle desconocida, en cada cama fría, en cada madrugada donde el silencio del extranjero le recordaba que no tenía a quién darle los buenos días.

Tata siente el golpe de su respiración, el temblor de su boca, el sabor salado de las lágrimas que ninguno de los dos acepta estar derramando.

Cuando la noche acabe, todo terminará, y lo sabe incluso mientras lo besa. Lo sabe en la forma en que Chimmy tiembla, en la manera en que no permite que sus manos suban más allá de su cintura, en cómo responde con hambre, pero no con calma.

No recuerda el momento en que tomaron un taxi para llegar al departamento viejo donde vivieron tantos años. Tampoco cuando la ropa es arrancada desde que cruzan la puerta hasta llegar a la habitación en la que hicieron el amor una y otra vez hasta el amanecer.

Tata ve los moretones, los rasguños y las mordidas que cubren el cuerpo de Chimmy, pero ya no puede hacer nada. Ha perdido los pocos derechos que tenía en su vida, porque ahora son solo dos desconocidos que han decidido pasar la noche juntos en honor a los viejos momentos.

Y Chimmy... mierda, no puede evitar las lágrimas en cada beso y roce en su piel. Desde meses atrás, nadie lo tocaba con tanta delicadeza; al menos que el alcohol lo tuvieran a tope como para quedarse dormido sobre él, salvándolo de una noche de sufrimiento.

El momento en el que Tata se pone el condón y decide entrar en él, termina de quebrarse. Enreda los brazos en su cuello para poder esconderse en el pequeño espacio, mordiendo su piel en un intento de ahogar los sollozos de dolor.

—Tata...—gime entre el llanto y el placer—. Hazlo de nuevo, por favor.

No habla, pero acata la indicación. Lo hace una y otra vez, perdiéndose entre los hermosos sonidos que salen de su boca. Adora sentir de nuevo las delgadas manos de Chimmy aferradas a su hombro, jalando sus cabellos o acunando su rostro para poder besarlo con desesperación.

Ah... había extrañado tanto ver el amanecer porque eran incapaces de quedar completamente satisfechos. El amor y la necesidad por el otro siempre fueron tan grandes, que nunca era suficiente.

Lo único que no esperaba, era escuchar a Chimmy en la mañana.

—Ya cogimos... ahora, lárgate.

No le da tiempo de responder, porque toma la ropa anterior del día anterior y sale de la habitación, dejándolo completamente solo en medio del colchón, con la mirada perdida en la humedad del techo y con las primeras lágrimas brotando de sus ojos.

Chimmy no quería ayuda, no la necesitaba.

Esa noche, desde que se besaron hasta que se unieron, Tata fue un cliente más de su lista. Uno, al que sabía que si seguía mirando por tanto tiempo, se volvería adicto.

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