Capítulo El Comienzo
El invierno en Boston no tenía piedad, pero ese martes de enero parecía ensañado con el resto del mundo. A través de los enormes ventanales de arco de la biblioteca central de la universidad, lo único que se alcanzaba a ver era una cortina densa de copos de nieve cayendo a toda prisa y el reflejo de los faroles públicos que apenas empezaban a encenderse.
Adentro, el ambiente era totalmente distinto. El olor a papel viejo, madera pulida y café filtrado inundaba el pasillo de la sección de Ciencias Jurídicas. En medio de ese silencio sepulcral, solo se escuchaba el tecleo rápido de una computadora y el pasar de las páginas.
Elena frotó sus sienes con frustración, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja. Tenía los apuntes de Derecho Civil esparcidos por toda la mesa de roble y una taza de té que ya se había enfriado por tercera vez en la tarde. Faltaban solo dos semanas para los exámenes finales del semestre y, para ella, el segundo lugar no era una opción. Su vida estaba calculada milimétricamente: graduarse con honores, conseguir la pasantía en la firma de abogados más importante de la ciudad y asegurar su futuro. En su agenda mental no había espacio para imprevistos. Y mucho menos para distracciones.
—Elena, por favor, ¿puedes terminar de acomodar el carrito de devoluciones en el ala oeste antes de que arrecie la tormenta? —le susurró la encargada de la biblioteca, interrumpiendo sus pensamientos.
Elena asintió con una sonrisa amable, cerró su computadora de golpe y se levantó. Se colocó el suéter tejido que le quedaba un poco grande y arrastró el pesado carrito de metal, cuyas ruedas chirriaban suavemente contra el suelo alfombrado. Iba concentrada, repitiendo mentalmente los artículos de la ley, ordenando los tomos de cuero uno a uno en los estantes más altos.
Fue en ese preciso instante cuando las puertas dobles de la entrada principal se abrieron de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento helado que hizo temblar las hojas de los escritorios cercanos.
Un chamo entró corriendo, empapado de pies a cabeza, jadeando y riéndose en voz baja de su propia mala suerte. Llevaba una chaqueta de mezclilla mojada, el cabello oscuro revuelto y lleno de nieve, y una cámara réflex colgada del cuello que protegía con ambas manos como si fuera su tesoro más preciado. Era Julián.
Él sacudió su cabeza como un perro mojado, sin darse cuenta de dónde estaba parado, y caminó hacia atrás buscando dónde colgar su abrigo húmedo.
Elena, que venía saliendo del pasillo con el carrito lleno de libros de texto pesadísimos, no tuvo tiempo de frenar.
—¡Cuidado! —alcanzó a exclamar ella.
Pero ya era tarde. El impacto fue inevitable.
El cuerpo de Julián chocó de lleno contra el carrito de metal. El sonido del hierro golpeando el suelo retumbó en toda la biblioteca, seguido por el ruido sordo de más de treinta tomos de derecho cayendo y desparramándose por toda la alfombra.
Elena retrocedió un paso, con los ojos abiertos de par en par, mirando el desastre. Toda su organización, todo su orden perfecto, destruido en un segundo por un desconocido que acababa de entrar de la calle.








