PRÓLOGO
Los paseos con mi papá siempre fueron mis favoritos. A nuestro alrededor, sus conocidos lo miraban con temor; imponía respeto, como si fuera un hombre sabio con una dureza imposible de quebrar. Era alto y, aunque no era corpulento, siempre me pareció la persona más fuerte del mundo. Yo solía culpar a su mirada seria cuando alguien evitaba verlo o nos cedía el paso con tal de no incomodarlo.
Pero, a diferencia de lo que todos pensaban, esos ojos grises y su gesto severo eran solo una fachada: mi padre era el hombre más bueno que he conocido.
A mis dieciséis años, en una de sus raras tardes libres, me invitó a dar un paseo por las carreteras de Vancouver. Era una costumbre nuestra. Solo que ese día… no fue como los demás. Durante el viaje cantamos, reímos y nos confesamos cosas que no podíamos decirle ni a Adelina ni a mi madre. Compartir secretos nos hacía cómplices, nos unía de una forma especial.
Al regresar a casa, el cansancio y el hambre ya se notaban. Mi mamá lo sabía. Siempre dejaba la mesa preparada para nosotros, con esa costumbre suya de cuidar cada detalle: los cubiertos alineados, las copas brillantes y las velas encendidas, como si cada cena fuera digna de reyes.
Empezamos a cenar… y, en un abrir y cerrar de ojos, la casa estaba en llamas. Mi padre intentó controlar el fuego, pero este se expandía sin piedad. Esos destellos naranjas son lo último que recuerdo de la felicidad.
Seis años después, aquí estoy, atrapada en una vida gris que no parece mía. Desde que mis padres fallecieron, mi existencia ha seguido el mismo tono gris. A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo escuchar el rugido del fuego que se los llevó, recordándome que nada en este mundo es permanente. No le encuentro sentido a nada.
Lo peor… es que empiezo a creer que ese fuego nunca se apagó. Se quedó en mi alma, en mi ser, para incinerar cualquier vínculo con el exterior.








