Prólogo
«Parece que estoy condenado a estar solo».
Aquellas palabras pasaban por mi mente en aquel entonces. Mis pasos eran lentos; casi arrastraba los pies por el suelo. Sangre que no era mía manchaba mis prendas de vestir. Tenía la cara hinchada y llena de moretones debido a los golpes que había recibido. Pero, al fin, había llegado a mi destino: aquel enorme portón rodeado de púas y alambres.
Empuñé mi mano y golpeé el portón con todas mis fuerzas...
—¡EDEN!
Aquel grito me despertó de aquella pesadilla. Abrí los ojos sobresaltado; al parecer ya había olvidado aquel horrible sueño. Me di cuenta de que ese último grito que aún resonaba en mis oídos era de mi madre, quien estaba frente a mí, frunciendo el ceño y con una expresión de enojo.
—¡Levántate ya! Llegarás tarde a la escuela.
Con los brazos cruzados, mi madre me pedía una vez más que me levantara de la cama.
—Pero, mamá, solo cinco minu...
Antes de que pudiera terminar la frase, mi madre respondió de inmediato:
—¡No! La última vez que te dejé dormir cinco minutos más llegaste al mediodía a la escuela.
Mi madre suspiró y se llevó una mano al rostro.
—Cielos, aún sigues comportándote como un niño. Levántate ya; te espero en la sala para que desayunes.
Sin tener argumento alguno, no tuve más remedio que levantarme de la cama.
Cuando puse mis pies descalzos sobre el helado piso de mi habitación, no pude evitar pensar en aquellas madrugadas frías de verano. Ya era finales de junio y recordé entonces que faltaba poco más de una semana para mi cumpleaños número diecisiete.
Intentando regresar a la realidad y no quedar consumido por mis pensamientos debido al sueño, me dirigí al baño y me miré en el espejo. Mi cabello negro azabache estaba completamente desordenado, pero no tenía la más mínima intención de peinarme. Me cepillé los dientes, me duché y me cambié a mi sencillo uniforme escolar.
Cuando decidí bajar las escaleras para dirigirme a la sala, me encontré con mi padre sentado a la mesa, leyendo el periódico; tal y como lo había hecho tantas veces que parecía una especie de ritual para comenzar el día.
—Buenos días, Eden. No pareces ser muy madrugador.
Bromeó con una gentil sonrisa.
—Sí... lo siento mucho. Buenos días, papá.
Me senté junto a él mientras observaba a mi madre preparando el desayuno en la cocina.
—Otro más... —murmuró mi padre para sí mismo.
—¿Cómo? —pregunté al sentir curiosidad por lo que quería decir.
—Una peste de rabia. Muchos animales están contagiados. Pareciera que nadie vacuna a sus mascotas.
—Hmm, es una lástima... Al parecer tendrás mucho trabajo.
Expresé mis condolencias al recordar que su profesión estaba destinada a eso. Era veterinario; tal vez el mejor de la ciudad o, por lo menos, el más reconocido en su labor.
—Bueno, bueno, se acabaron las charlas. Es hora de comer.
Mi madre irrumpió en la conversación colocando los platos sobre la mesa.
Mientras disfrutaba del desayuno preparado por ella, no vio una oportunidad más propicia para preguntarme algo.
—Oye, Eden, ¿no planeas salir hoy?
Mi madre se refería a algo que en ese momento no comprendía.
—¿A qué te refieres?
—Hoy es el último día antes de salir de vacaciones de verano. Los padres de Mitsuki me contaron que saldrán de la ciudad de vacaciones. Creo que sería un momento oportuno para invitarla a salir, dado que no se verán durante dos semanas.
Mi madre, muy entrometida en mi relación amorosa, insistía en que invitara a salir a mi novia.
—Es una chica encantadora —comentó mi padre—. Aún recuerdo el día, hace casi un año, en que se te declaró en tu fiesta de cumpleaños. Te quedaste paralizado y, de un momento a otro, te pusiste a llorar de la emoción.
Aquel suceso vergonzoso vino a mi mente y no pude evitar cubrirme la cara. Después de vacilar un poco, accedí a invitar a salir a Mitsuki y mis padres me dejaron terminar el resto del desayuno en paz.
Agarré mi mochila cuando terminé de desayunar y me despedí de mis padres. Salí de casa pensando en las palabras más oportunas para invitar a salir a Mitzuki.
Durante el camino, unos gruñidos de perro invadieron el ambiente silencioso de mi caminata. Volteé a ver las casas de aquel vecindario cercano a la escuela y mi vista se topó con una donde había un enorme perro amarrado.
Los gruñidos provenían de él y, en el momento en que me vio, se lanzó hacia mí. Gracias a las rejas de la casa y a que el canino estaba atado, no pudo hacer más que estrellarse contra ellas y empezar a ladrar con brusquedad.
Una mirada de profunda ira provenía de aquel perro. Sin embargo, lo más notorio era su boca, completamente cubierta de espuma.
Después de pasar frente a aquella casa, una mala sensación empezó a invadirme. Recordé entonces de lo que hablaba mi padre momentos atrás.
«Una peste de rabia. Muchos animales están contagiados. Pareciera que nadie vacuna a sus mascotas».
—Supongo que a eso se refería...
Mientras más caminaba, más pensaba en ello; y mientras más pensaba, más perdido me sentía. Un torbellino de pensamientos invadía mi mente. No sabía en qué concentrarme. Era algo más que un terrible presentimiento; era la sensación de que algo horrible iba a ocurrir.
La confusión empezó a marearme tanto que estuve a punto de caer en un trance.
De repente, una mano tocó mi hombro e hizo que me sobresaltara. Volteé rápidamente y noté que aquella mano pertenecía a una chica a la que estaba acostumbrado a ver todos los días.
Era Mitsuki.
—¡Ey! ¿Estás bien? ¿Te asusté? —preguntó aquella chica, un poco más baja que yo.
—S-Sí, solamente me asustaste. Estaba pensando en algo, no te preocupes...
—¿Pensando en algo? No me digas que...
La expresión de Mitsuki cambió de preocupación a una extrema tristeza.
—¿Planeas romper conmigo?
Aquella sorpresiva pregunta hizo que olvidara por completo lo que estaba pensando segundos antes.
—¡Claro que no! ¿Por qué crees eso?
El nerviosismo y las ganas de aclarar la situación hicieron que hablara de más.
—¡T-Tú todavía me gustas mucho!
La expresión de Mitsuki volvió a cambiar, y esta vez mostraba una sonrisa traviesa.
—Jajaja. Oye, Eden, era solo una broma. Sé que tú no eres ese tipo de persona.
Mitsuki pasó los brazos alrededor de mi cuello y acercó su rostro al mío, quedando a apenas unos centímetros de distancia.
—Después de todo, tú me perteneces a mí tanto como yo a ti.
—¿E-Eh?
Me separé de ella e intenté recuperar la tranquilidad, que para ese momento ya había desaparecido por completo.
Intenté encontrar las primeras palabras que se me vinieran a la mente para olvidar aquel momento vergonzoso.
—Oye, Mitsuki, mis padres me contaron que te irás de vacaciones. ¿Es cierto?
—Sí. Lo siento si no te lo dije antes; mis padres me avisaron anoche. Al parecer me iré mañana, pero no te preocupes, solamente serán dos semanas.
Me sonrió de manera traviesa.
—Entonces... tú... es decir, yo... nosotros...
Mientras buscaba la combinación perfecta de palabras para expresar mi propuesta, ella pareció leer mis pensamientos y se me adelantó.
—¿Quieres salir conmigo esta noche?
—...
Me quedé sin palabras, más por la decepción de que quería ser yo quien dijera eso.
—Es decir, mañana me iré. Me gustaría pasar el resto del día junto a ti.
—¡Claro que sí quiero! Estaría más que encantado. ¿Entonces a qué hora nos...?
Ring Ring
El timbre de la escuela, anunciando el inicio de las clases, empezó a sonar. Me di cuenta de que ya iba tarde.
Me despedí de Mitzuki y acordamos encontrarnos después de clases para hablar sobre la cita.
• • •
Después de que acabaran las clases, me reuní con ella nuevamente.
—¿Qué tal? —preguntó, refiriéndose a las clases.
—Horribles... Supongo que me tendrás que ayudar otra vez con matemáticas.
Dije con desazón.
—Sobre la cita, ¿qué te parece si...?
Brrr Brrr
Mi teléfono empezó a vibrar dentro del bolsillo. Al parecer, era una llamada.
—¿Eh? ¿Quién es?
—No lo sé.
Saqué el teléfono y contesté aquella llamada proveniente de un número desconocido.
—¿Usted es el joven Eden Seiko?
—Sí, soy yo. ¿Qué sucede?
La voz al otro lado de la línea respondió:
—Necesitamos que venga urgentemente al hospital. Sus padres se encuentran en graves condiciones de salud.








