Prólogo
🗓️ 1 de septiembre de 2014
📍 Barcelona, España
🕰️ Flashback — Hace 9 años.
Serena.
Lo primero que dejé de sentir fueron las rodillas, y después las manos. El frío del asfalto me trepaba por los huesos mientras sostenía a Óscar contra mi pecho. Lo apretaba como si la fuerza de mis brazos pudiera retener lo que la sangre ya se llevaba.
La lluvia caía sin piedad, gruesa y sucia, rebotando en los charcos con un sonido de aplausos vacíos. Me empapaba el pelo, me pegaba la ropa a la piel, me diluía la sangre de la frente hasta convertirla en un hilo tibio que me resbalaba por la mandíbula y me goteaba en los labios con un sabor a hierro que sabía a muerte.
Óscar tenía los ojos abiertos, pero ya no miraban. Sus gafas, torcidas, colgaban de una sola patilla, y en el bolsillo de la chaqueta asomaba el borde empapado de una libreta cuya tinta corría como lágrimas azules sobre el papel barato. Le apreté la mano y todavía estaba caliente.
Eso era lo peor: que el cuerpo aún no se hubiera enterado de que ya no había nadie dentro
Grité
Fue un sonido que no reconocí como mío, arrancado desde un lugar del que ignoraba la existencia. El trueno se lo tragó entero, y después solo quedó la lluvia, y yo, y el peso muerto del hombre que me había prometido que todo iría bien.
Meses más tarde, cuando el insomnio y la rabia ya me habían devorado por completo, descubrí el nombre de quien me lo arrebató todo:
Dorian Montrose.
Y juré, por la memoria de Óscar y por cada gota de su sangre que la lluvia se llevó aquella noche, que no descansaría hasta acabar con él.
Lo que entonces no sabía era que el hombre al que fui a destruir iba a ser la única persona en este maldito planeta que me haría sentir viva.
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🗓️ Diciembre de 2023
📍 Londres.
Dorian.
El pasillo no tenía final.
Lo supe de inmediato, cuando te crees dueño de tus propias pesadillas. Él corría delante, descalzo, con la camisa abierta y la respiración rota, y cada pocos metros giraba el rostro y me buscaba los ojos.
Eso era lo que estaba mal.
Las presas no miran. Solo huyen.
Él miraba, con los labios entreabiertos y los ojos oscuros clavándose en los míos el tiempo exacto para que yo no pudiera detenerme. Y después volvía a correr, despacio, torpe, fingiendo que no sabía que lo seguía.
Samuel. El chico nuevo, el guardaespaldas, el que no debería estar aquí y mucho menos así.
La habitación apareció sin puertas. Dentro había velas y unas sábanas blancas que no venían al caso. Samuel se giró contra la pared con una insolencia que llevaba semanas sacándome de quicio en el mundo despierto.
Levantó la barbilla y esperó.
No me acuerdo de haber cruzado el espacio entre los dos.
Solo recuerdo la mano en su cuello, el pulso que le latía bajo la palma, rápido y terco y demasiado real.
Y luego el olor que no debería estar ahí, y la boca buscándose un sitio. No como se busca sangre. Como se busca una excusa para dejar de fingir.
Mordí.
Y el sonido que hizo fue lo que me llevé al despertar, más que la sangre o el calor o la cadera buscándome la mía: una sola sílaba, mi nombre, pronunciada como si le costara desprenderse de ella.
—Dorian.
Abrí los ojos.
Eran las tres y diez. La lluvia golpeaba los cristales y las sábanas se me habían pegado a la piel.
Mi cuerpo reaccionó de la forma que no debía. Físico, con ansias de sed.
Cinco siglos de disciplina, y me acababa de traicionar de la peor de las maneras.
Me incorporé despacio.
Me llevé los dedos al cuello, no a los colmillos que ya no llegaban a tiempo sino al pulso, al mío, al de debajo de la mandíbula, y empecé a contar. En latín. En griego.
No sirvió.
El sabor seguía. El olor también, y esa era la parte que no toleraba: un perfume tenue y persistente que no pertenecía a mi dormitorio ni a esta casa ni a ninguna decisión que yo hubiera tomado. Había entrado con el sueño y se había quedado a esperar.
Pensé en Samuel. En el lunar bajo la clavícula y en el dedo que se llevaba al cuello entre ejercicio y ejercicio.
Cerré los ojos.
Mala idea: la boca volvió, y el cuello, y la sílaba.
Apreté los dientes hasta sentirlos de verdad y no como un recuerdo de los que ya no tenía.
Había sobrevivido a siglos. No iba a derrumbarme a las tres y diez de una noche cualquiera por un chico al que llevaba semanas investigando.
Porque eso era lo que hacía con la gente: la investigaba.
Cara, perfil, utilidad, riesgo, siguiente.
Samuel no se dejaba, y yo llevaba suficiente tiempo vivo como para saber reconocer el principio exacto de una grieta.
Me juré que no volvería a soñar con él.
Apagué la lámpara.
Soñé otra vez con él antes del amanecer.
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