Capítulo 1: El error que se sentó a mi lado
No fue amor a primera vista.
Fue una molestia.
Una de esas que aparecen sin avisar y te arruinan la tranquilidad que tanto te costó conseguir.
El día comenzó como cualquier otro. El mismo uniforme, los mismos pasillos y las mismas caras de siempre.
Perfecto.
Me gustaba que las cosas fueran predecibles.
Porque cuando la vida decide sorprenderte, casi nunca lo hace para bien.
Entré al aula y me senté en mi lugar habitual, junto a la ventana del fondo. Saqué mis cuadernos y me preparé para sobrevivir otra jornada más.
Entonces el profesor entró.
—Buenos días, chicos.
Un coro desordenado respondió.
—Antes de empezar, quiero presentarles a un nuevo estudiante.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
Yo ni siquiera levanté la cabeza.
Hasta que escuché la puerta abrirse.
Y por alguna razón, miré.
Error.
Ahí estaba.
Alto. Tranquilo. Con una expresión que parecía decir que nada en el mundo podía sorprenderlo.
Entró sin nervios, sin esfuerzo.
Como si ese lugar ya le perteneciera.
Algunas chicas comenzaron a susurrar.
Yo volví a mirar mi cuaderno.
No me interesaba.
O al menos eso intenté convencerme.
—Puedes tomar asiento donde haya espacio —dijo el profesor.
Silencio.
Escuché pasos acercándose.
Uno.
Dos.
Tres.
Hasta que se detuvieron justo a mi lado.
Levanté la vista lentamente.
No.
No podía ser.
El único asiento libre del salón estaba junto al mío.
El chico sonrió apenas.
—¿Está ocupado?
—Claramente no.
—Perfecto.
Y se sentó.
Genial.
Justo lo que necesitaba.
Un desconocido invadiendo mi espacio personal.
Durante toda la clase intenté ignorarlo.
De verdad lo intenté.
Pero era imposible.
Porque cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observando el pizarrón con una tranquilidad irritante.
Como si nada le preocupara.
Como si no tuviera problemas.
Como si no fuera humano.
Y eso me molestaba más de lo que debería.
Cuando sonó el timbre del recreo, me levanté de inmediato.
Necesitaba aire.
Pero antes de que pudiera salir del aula, escuché una voz detrás de mí.
—Oye.
Me giré.
Era él.
—¿Qué?
—¿Siempre eres tan amable?
Rodé los ojos.
—Solo con las personas que no conozco.
—Entonces tendré que hacer que me conozcas.
Mi corazón dio un salto extraño.
Uno pequeño.
Insignificante.
Lo ignoré.
—Suerte con eso.
Y me fui.
Sin mirar atrás.
Sin saber que aquel chico nuevo estaba a punto de convertirse en el mayor desastre de mi vida.
Porque algunas personas llegan para enseñarte lecciones.
Otras llegan para romperte.
Y algunas...
Llegan para hacer ambas cosas.