Capítulo 1 — Lo que la Roca no Pudo Sentir
Había una roca en el césped.
No tenía nombre. No tenía dueño. No tenía nada, en realidad, salvo su propio peso, hundido un par de centímetros en la tierra húmeda, como si el suelo mismo la hubiera tragado a medias y se hubiera arrepentido a mitad de camino.
No sentía frío. No sentía calor. No sabía que el invierno la cubría de escarcha hasta blanquearla, ni que el verano la resecaba hasta abrirle grietas finas como venas muertas. El otoño le dejaba encima hojas que se pudrían despacio, capa sobre capa, año tras año, y ella las soportaba sin saber que las soportaba. La primavera la empujaba con raíces nuevas que buscaban espacio donde no había espacio, y un trozo de su costado cedía, se desprendía, caía al pasto sin que nada en ella registrara la pérdida.
El sol salía. El sol se iba. Salía. Se iba. Salía.
Los días empezaron a pasar más rápido de lo que cualquier ojo podría seguir — el cielo parpadeaba de azul a negro, de negro a azul, como un párpado enfermo. Las estaciones se atropellaban unas a otras: nieve, brote, fuego seco, hojas cayendo, nieve otra vez. La roca se erosionaba en silencio, perdiendo polvo, perdiendo bordes, perdiendo lo poco que alguna vez la hizo una forma reconocible. No había dolor en eso. No había nada en eso. Solo desgaste, puro y sin testigos.
Y entonces, sin razón aparente, el tiempo empezó a frenar.
El parpadeo del cielo se hizo más lento. Un día duró lo que antes duraban diez. La luz se quedó quieta sobre la hierba el tiempo suficiente para que algo —alguien— pudiera caminar sobre ella.
Un pie la golpeó.
No fue violento. No fue gentil. Fue, simplemente, un paso más en el camino de un chico de dieciocho años que volvía a su casa, sonriendo.
La roca no sintió el golpe. La roca no sintió nada, nunca, ni siquiera en su último instante de ser pisada y quedar un poco más hundida en la tierra, un poco más cerca de no ser nada.
Pero el chico sí sintió algo. Sintió el camino bajo sus pies, sintió el peso de su propia mochila, sintió —como sentía siempre, como sentía todo el mundo siempre— los músculos de su cara sostenidos hacia arriba, en una curva que ya ni le pedía esfuerzo. La sonrisa era automática. Era una segunda piel.
El edificio donde vivía no era gran cosa. Concreto gris, un portón que rechinaba, un ascensor que olía a metal viejo y a humedad. El edificio no era suyo —nunca lo sería—, pero el departamento dentro de él sí. Su departamento. Pagado con su propio esfuerzo, su propio dinero, su propia espalda, sin que nadie le regalara nada para llegar ahí. Ni un techo, ni una mano, ni siquiera una palabra de aliento. Su familia nunca le compró nada. Ni eso, ni lo de antes. Y eso, pensaba a veces con una mezcla rara de orgullo y rencor, ya era más de lo que tenían muchos.
Subió saludando con la cabeza a una vecina que bajaba con bolsas de mandado. Ella le sonrió de vuelta. Una sonrisa amplia, casi perfecta, casi cálida.
Casi.
El chico entró al ascensor y se quedó mirando su propio reflejo distorsionado en el metal rayado de las puertas. Sonriendo. Siempre sonriendo. Como todos. Como debía ser.
Pero las sonrisas, pensó —y no era la primera vez que lo pensaba, aunque sí era de las pocas veces que se permitía pensarlo con esa claridad incómoda—, no eran todas iguales. Había sonrisas anchas y naturales, de esas que parecían no costar nada. Había sonrisas moradas, tensas en las comisuras, sostenidas con un esfuerzo casi visible, como un músculo al borde del calambre. Había sonrisas neutras, vacías, que ni siquiera fingían ser felices, solo cumplían.
Y había otras.
Esas de las que prefería no pensar mucho. Esas que veía en ciertos ojos, en cierta gente parada en las esquinas, pidiendo, sonriendo igual, sonriendo siempre, porque la calle no perdonaba a quien dejara de hacerlo. Esas sonrisas le daban asco. Asco de verdad, profundo, del que se queda pegado en el estómago.
Al menos nosotros, cuando llegamos a casa, podemos ser normales, pensó, llegando a su piso.
Entró a su habitación y se dejó caer en la cama como un peso muerto. Se quedó así un momento, mirando el techo descascarado, antes de incorporarse y sentarse junto a la ventana. Corrió un poco la cortina —solo un poco, lo justo para mirar sin ser visto— y observó a la gente entrar y salir del edificio de enfrente, del suyo, de la calle entera. Todos sonriendo. Todos cumpliendo.
¿Por qué tiene que ser tan necesario tener un lugar donde vivir?, se preguntó, sin esperar respuesta de nadie, porque no había nadie a quien preguntarle. ¿Qué hay de los que no lo tienen? ¿Los que están obligados a sonreír en la calle solo para no desaparecer? Al menos nosotros, cuando cerramos la puerta...
No terminó el pensamiento.
Porque del otro lado de la pared, como cada cierto tiempo, empezaron los gritos.
Conocía esa voz. El hombre del 4B. Casado, con una mujer que alguna vez —según los rumores del edificio, según lo que se escuchaba sin querer escuchar— le había sido infiel. Más de una vez. Tenían un hijo. Nadie sabía con certeza de quién era.
El chico se quedó quieto, escuchando, porque no había otra opción que escuchar. Las paredes ahí eran finas como papel.
—¡OTRA VEZ! —el grito retumbó, seguido de un golpe seco. Una puerta, tal vez. O una mesa.
La mujer decía algo, baja, rápida, suplicante. Pedía perdón. El chico no podía distinguir las palabras exactas, pero conocía el tono. Lo había escuchado tantas veces que ya no necesitaba las palabras para entender la forma del dolor que las sostenía.
Más golpes. Algo cayendo. Un plato, quizás, o un puño contra la pared.
El chico se quedó mirando el techo, sin moverse, escuchando los minutos pasar convertidos en gritos, en súplicas, en silencios que dolían más que el ruido. Una hora. Tal vez más.
Y entonces, como pasaba siempre, los gritos se cortaron de golpe.
Pasos. Una puerta abriéndose.
El chico, por simple costumbre morbosa, se acercó un poco a la mirilla de su propia puerta y observó al hombre del 4B salir al pasillo junto a su hijo, llevándolo de la mano hacia algún lado —al colegio, a comprar pan, no importaba.
El hombre sonreía.
No era una sonrisa morada, ni forzada, ni vacía. Era una sonrisa casi natural. Casi real. Casi única, como si en verdad fuera la suya, como si los gritos de hace un minuto hubieran pertenecido a otra persona completamente distinta.
El chico se quedó mirando esa sonrisa a través del pequeño cristal de la mirilla durante más tiempo del que hubiera querido admitir.
Después volvió a su cama. Se acostó. Miró el techo.
Y pensó, antes de cerrar los ojos, que tal vez la sonrisa más asquerosa de todas no era la de los que pedían en la calle.
Era esa.





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